La metamorfosis

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Continúo hoy refiriendo mis impresiones sobre aquellos libros que me transformaron. Hoy, en concreto, me ocuparé del segundo que pondría en la lista. Por supuesto, La metamorfosis de Franz Kafka.

2. La metamorfosis. Franz Kafka.

Creo que no tomo drogas porque leí La metamorfosis en el momento justo. A los 17 años. Durante mi adolescencia deseaba distorsionar imágenes. Hastiado del mundo social y sin haber descubierto todavía la abstracción en el arte, sentía la necesidad de que la realidad se quebrase y difuminase de alguna forma. Y las drogas eran una promesa de que esto podría ser posible. Por lo que solía consumir habitualmente hachís o marihuana y planeaba tomar LSD o en su defecto, un éxtasis cuando me fuera posible. Hasta que un viejo amigo, Carlos Vázquez, (una especie de ángel perdido que apareció varias veces en mi vida durante etapas enormemente confusas), vino a visitarme y sin que yo se lo hubiera pedido, me dejó el libro del escritor checo y aquel mítico volumen de Alianza Editorial que aunaba La puta respetuosa y A puerta cerrada de Jean Paul Sartre. Y ese mismo día, comencé a leerlos.

Recuerdo que empecé con las obras de Sartre. Ambas buenísimas. Sobre todo, A puerta cerrada. Un texto con el que conecté inmediatamente como si el existencialismo fuera uno de aquellos cigarrillos que con tanta ansiedad había comenzado a fumar meses atrás. No me costó nada comprender la filosofía del escritor francés y empatizar con sus ideas. Sí. El mundo era un infierno. Y la sociedad, la representación del horror. De eso no tenía dudas. Y fue delicioso encontrar alguien que supiera expresarlo con tanta maestría. ¿Quién deseaba vivir en ese mundo de engaños? Yo que fantaseaba constantemente con mi suicidio y preguntaba en mi entorno si alguien me podía conseguir un alucinógeno para volar lejos, muy lejos de aquella triste ciudad en que había nacido, no. Por supuesto que no. Aunque existía acaso una posibilidad de seguir viviendo. Sí. Volver a leer otro libro más de Dostoievsky o alguna otra de las obras que Cárlos Vázquez me había dejado. Como la novela de Franz Kafka. Y esto es lo que hice.

Y, ¿qué puedo decir? Desde las primeras líneas que leí, empecé a sentir dolor. Cierta angustia. Un mareo. Que las paredes de la habitación se hacían más angostas y el tiempo se difuminaba. Como si hubiera tomado un ácido que no sólo me afectara psicológica y emocionalmente sino también físicamente. El relato sobre Gregorio Samsa se me clavó como un puñal en la piel y casi que me paralizó. Era tal la crueldad que emergía de aquellas páginas, tan feroz la sensación de desamparo de aquel triste funcionario frente a su familia, que mi propia vida, mis indecisiones y angustias pasaron a segundo plano. Y durante minutos, horas, apenas existió para mí aquella narración que me dejó helado y, a la vez, me produjo un gran nerviosismo. Porque mientras la leía, los objetos a mi alrededor se estremecían al tiempo que yo sentía sarpullidos de impotencia y angustia ante lo que tenía frente a mí: una novela que superaba en todo, cualquier horror que yo hubiera podido imaginar y cuyo leve sentido del humor la hacía todavía más terrorífica e inteligente. Un desalmado relato que, al conseguir familiarizarme con la sensación del absurdo, hizo que abandonara las drogas para siempre y me dedicase a buscar impresiones parecidas en los libros. ¿Podía acaso el LSD llevarme a la aciaga colina donde me había dejado Kafka? Lo dudo mucho.

 

Me decía ayer una buena amiga que por qué no me había decidido a intentar publicar algunos de mis libros escritos hasta este momento que pienso (a espera de la editorial que me sea destinada) que es ya el adecuado. Y creo que una respuesta válida es porque desearía que un adolescente al leer El jardinero sintiera algo parecido a lo que yo experimenté al introducirme en el relato de Kafka: una fuerza superior trasportándole a algún lugar lejano del que ya no pudiera regresar siendo él mismo. Y hasta ahora, no me sentía capaz de conseguirlo. ¡Ojo! No estoy hablando de pretensiones ni de egos. De querer tener un renombre ni de estupideces como esas. Lo estoy haciendo de sensaciones. Porque para mí la escritura y, por supuesto, La metamorfosis fue y todavía es una experiencia. En cierto modo, una aventura que trae consigo cierto peligro. Algo que no puede ser medido, jamás debería ser premiado ni pagado. Y debería encontrarse siempre en un espacio maldito al que se sólo se pudiera acceder por un mandato (o castigo) divino y, en ningún caso, por obligación.

Lo mejor, en cualquier caso, del relato del místico checo es que he vuelto a leerlo cuatro o cinco veces más, y he seguido descubriendo aspectos nuevos en él. En la última ocasión, lo que más me impresionó es el comportamiento de los tres huéspedes que los padres de Gregorio invitan a vivir a su casa y las reacciones a su transformación de las distintas criadas. Y, por supuesto, me sigue fascinando el ritmo de una narración que pareciera haber sido compuesta por un escritor centroeroupeo con algún ascendiente árabe o musulmán.

Dejo por último y como homenaje a ese relato que aún me sigue dejando sin palabras, unas reflexiones -todavía sin corregir- que sobre el mismo, pronuncia el psicótico escritor que protagoniza Ruido: “¿Por qué se convierte en insecto Gregorio Samsa en La metamorfosis? Para no ser golpeado por el ruido. Por los cientos de sonidos que se sucedían uno a otro y rompían su armonía cada vez que dejaba su hogar y se dirigía al trabajo. Gregorio Samsa desea quedarse en su cuarto porque entiende que ya no es posible aspirar a una vida equilibrada en sociedad. Y su castigo por tanto, no es exactamente su mutación sino el que ésta provoque un enorme malestar en sus familiares que, furiosos, lo obligarán a experimentar los resquemores de la era del ruido acaso con más intensidad que si hubiera continuado su vida con normalidad.”  Shalam.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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