La motocicleta platónica

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No seré yo quien niegue la originalidad de Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta. Un best-seller inesperado que antes de su publicación, fue rechazado por más de cien editoriales. Su autor, Robert M. Pirsig, no fue un genio artístico pero sí un superdotado. Alguien tan inteligente que estuvo a punto de convertirse en un inadaptado y de no haber cultivado su carácter paciente y observador y su afición por la filosofía budista, probablemente hubiera acabado suicidándose o perdido en algún centro mental de su país. Sin embargo, Pirsig era una persona muy especial. Un hombre que vislumbraba al Buda en cualquier lugar: una pared, una montaña, un llavero o, por supuesto, una motocicleta. Alguien que luchó constantemente contra su ego y sabía que por pura estadística, su novela acabaría encontrando su lugar. Lo imagino, de hecho, afrontando cada rechazo editorial como nos narra en su libro que auscultaba serenamente su motocicleta para detectar una avería y dar con la solución adecuada para repararla. Robert M. Pirsig era un talento extraño. Un intelectual adelantado a su tiempo, que se estremecía tanto ante un paisaje natural como ante un teorema matemático. Alguien capaz de conjugar perfectamente en su discurso a Henry Thoreau con Platón y a Parménides o a Wittgenstein con Emerson que tenía total aversión por los mecánicos. Y no consideraba, como muchos otros viajeros, a su moto ni una amante, ni un tesoro ni un caballo. Más bien, la trataba como si fuera su  hijo. Alguien de la familia. Un valioso objeto cuyo cuidado no se podía dejar en manos ajenas.

El arte del mantenimiento es un texto enorme. Un manual de autoayuda adulto que contiene varios otros libros en su interior. Aunque lamentablemente, el que más ocupa espacio y acaba tomando finalmente el protagonismo, es el relato novelado de los contratiempos sufridos por Pirsig como consecuencia de intentar explicar qué es exactamente la calidad. Qué criterios utilizamos para decir que algo tiene o no calidad. Una búsqueda que prácticamente lo hizo enloquecer y lo condujo a choques frontales contra el sistema educativo que, en parte, explican su amor por los viajes al aire libre. Su romance con el mundo natural.  En realidad, El arte del mantenimiento es un libro que engaña puesto que es más un texto filosófico -un recorrido tan original como personal por los textos esenciales de la filosofía occidental- que zen. Es casi una radiografía masoquista de una psique obsesiva. Pero sin embargo, extrañamente, termina provocando paz. Transmite una sana y reconfortante sensación contemplativa. Porque Robert Pirsig construye una gigantesca montaña de palabras que terminan  desapareciendo. Acaban olvidándose. Fundiéndose con los embriagadores sonidos procedentes de esos bosques de los que tanto disfrutaba cuando montaba en su motocicleta.

Robert Pirsig no era ni un beat ni un hombre del sistema. Era un hombre libre que convertía cada viaje en una meditación. Un hombre racional hasta la irritación capaz de desmitificar con dos frases a los hell angels y con sus profundas reflexiones, hacer que Jack  Kerouac pareciera un inconsciente y los hippies, una tribu de adolescentes. Porque, ante todo, era un hombre respetuoso. Alguien que establecía la misma relación con la tecnología que con la naturaleza y deseaba a cualquier precio fundirse con el cosmos. Transformar su vida en un sendero de iluminación, la Ruta 66 en un camino de aprendizaje, una motocicleta en un universal platónico y una excursión en un viaje interno. Yoga físico y mental. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

Hasta una falsa alegría suele ser preferible a una verdadera tristeza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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