Las islas de la gravedad

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Los poetas son seres utópicos pero están sometidos a gangrenas. Sangran cuando se les clava una aguja y por lo general gritan sin compasión cuando se les tortura. Les gustaría desplazarse por los palacios pero en la mayoría de las ocasiones se tienen que conformar con rememorar una y otra vez su deseo de haber ido. La mayoría de los poetas están desnudos y no saben qué decir. No tienen de hecho por lo general nada que añadir al silencio. Por eso escriben. Porque su vida y el lenguaje no es tanto un fracaso sino un intento de constatar que están vivos. No han muerto todavía. El poeta de hecho no lucha contra la muerte. Al menos el contemporáneo. Más bien, ofrece testimonio de cómo va muriendo y con él el lenguaje. Un perro que intenta domar y las más de las veces se le escapa de las manos ladrando descontrolado. Los poetas están locos porque viven quebrando espejos. Cantando a los paisajes despoblados y los mundos inconexos por donde caen y se desplazan como si fueran arrastrados por un embudo gansos, cisnes y lagartos. Viejos con bastón y corbata que los desnudan con una sola mirada y se jactan de su deseo de conocer los secretos de la vejez y la vida a través del lenguaje.

En fin. Escribo esto tras la lectura de dos intensos y notables textos: Principio de Gravedad de Vicente Velasco y Llegada a las islas de José Óscar López. Ambos dos son conocidos míos. Lo que supuestamente me incapacitaría para mencionarlos en Avería. Pero me ocurre al revés. Esta supuesta prohibición me da alas. Me hace deslizarme a través de las olas sin fin de un océano cuyos límites desconozco sin cesar de reírme. De hecho, últimamente he leído muy buenos libros pero sólo me he sentido motivado a escribir algo sobre aquellos escritos por personas que conozco. Pues al menos a día de hoy, en lo que a mí se refiere, la dinámica de la vida se ha impuesto a la de la literatura consiguiendo que el texto que leo y disfruto o aborrezco o esquivo, sea mucho más importante para mí, e incluso me remita a aspectos diferentes de lo puesto en papel si conozco a las personas a través de las que se volcó al vacío . En cualquier caso, ¿Qué más da? ¿A alguien puede importarle de veras lo que diga aquí? Los libros siguen su camino y lo harán más allá de las palabras que digamos sobre ellos. Sean de elogio o desprecio e incomprensión. Y estos dos textos son un buen ejemplo. Ni me necesitan a mí ni yo los necesito a ellos pero desde luego leerlos me ha permitido -en lo que se refiere al de Velasco- destrozar varios de los segundos del domingo y -en lo referente al de José Óscar- hacer huir el tiempo y el espacio consiguiendo convocar un silencio pleno, casi totalitario, en mi habitación durante este lunes.

Principio de gravedad es el retrato de un funeral. El de un alma atormentada que busca en los símbolos familiares y en el lenguaje un asidero para huir del infierno. O mejor, permanecer en él pero encontrándole un sentido. Ahí radica tal vez la fuerza de este negro conjunto de versos. En su obsesión por dejar testimonio, alguna pieza perdida de este proceso. La habilidad con la que el poeta (o el muerto) lo disfraza con un traje vetusto y elegante, lleno de costras y cicatrices, para seguir incursionando en los agujeros arcaicos de su memoria con aun mayor insistencia. Principio de gravedad parece haber sido escrito a medias por un vampiro que chupa vida y sangre y se alimenta de aquello que escribe (y no tanto de lo que vive o lee) y un conde aislado en un castillo junto a un piano cuyas notas le inspiraran de tanto en tanto unos versos. Le hicieran recordar ciertos momentos de su infancia y existencia que luego volcará en frases que son más conjuros que huellas y signos, barriles barrocos que líneas rectas y en donde lo complejo de ciertos significados tiene más que ver con los pliegues del espíritu retorcido retratado que con un cuestionamiento del propio lenguaje. Sí. Principio de gravedad es un libro de aquellos catárticos que no tienen principio ni final como la vida. O al menos intentan negarle la posibilidad de robarnos la existencia. Razón por la que tal vez este conjunto de versos desgarrados o jirones de piel bien cosidos ni comience ni termine y al fin y al cabo, apueste y tenga como uno de sus símbolos centrales a la figura del astronauta -ese náufrago de las estrellas-. Un jinete de los cielos que en cierto sentido es sinónimo del poeta actual oscilante entre la tradición y el vampirismo, las drogas y el amor, el vicio y la elegancia como preanunciara David Bowie en sus dos odiseas épicas dedicadas al mayor Tom: la heroica (“Space Oddity”) y la destructiva-depresiva (“Ashes to ashes”).

Al contrario, Llegada a las islas es una fiesta. Una celebración de la perplejidad. Una partida de póker con el lenguaje. Un asalto a lo insólito. Un vórtice situado en una colina emergente en algún océano perdido desde la que se mira hacia las más arriesgadas aventuras lingüísticas y filosóficas del pasado siglo. Es una cabeza de Jano que lo mismo  contempla -sin necesidad de citarlos- en un poema a Wittgenstein, Lewis Carroll, Roberto Juarroz o Francis Bacon que a las excursiones críticas de magos y chamanes literarios como Gilles Delleuze, Felix Guattari o Jacques Derridá (¿alguien puede en serio afirmar que eran filósofos?). Un espejismo en un bosque sin hojas poético cuya función parece ser en esencia la de querer disolverse conforme lo leemos y transitamos. A medida que navegamos por sus columnas de madera en las que siempre falta una para que nos sintamos cómodos, confortables y a resguardo. Algo muy difícil y casi imposible en este caso porque Llegada a las islas es en esencia un paseo en barca sin remos, un huracán sin truenos o un libro sin páginas. Una elipsis o un paréntesis que por algún motivo incierto han conseguido encarnarse en papel. Un texto escrito desde el vacío y por el vacío compuesto por poemas que parecen reflexiones, aforismos en forma de cuento breve y versos que nunca terminan de explicar aquello que dicen y desean saltar de la página hacia un nuevo plano de la realidad, como si fueran embarcaciones emergiendo del triángulo de las Bermudas destinadas a perderse de nuevo al dar el salto desde la nada. Tanto es así que se diría que el libro no existe y que para atestiguar algunas de sus vidas posibles tenemos que servirnos de metáforas inexistentes. Aguzar el ingenio imaginando viejos palacios maravillosos situados en el centro de rojos mares por donde campan a sus anchas niños vestidos con pijamas de colorines, antiguos sultanes, condes viejos y conejos vestidos de seda que leen con atención periódicos cuyas líneas desaparecen conforme estos u otros personajes desplazan sus ojos por ellos anticipándose a lo que parece decirnos el personaje-poeta en su no-libro: que todos vamos a desaparecer y no necesariamente cuando muramos. Que todos tal vez de hecho ya estemos desaparecidos o en trance de serlo y que la literatura más necesaria es aquella capaz de ser testigo de esta desaparición. Atreverse a decir unas palabras sobre ella antes de ser capturada también en la elipse y el corrimiento de tierra y aguas en calma que todo lo devoran.

Principio de gravedad y Llegada a las islas son cada uno a su manera dos textos ambulantes. Realizados desde el vórtice. Buscando nuevos grados de la escritura. Rebelándose a ser controlados o encasillados. Luchando por explosionar de algún modo. Encontrar -en el caso de Vicente Velasco- el rincón donde las magdalenas no traen consigo recuerdos sino los rumores de algún futuro tardío y -en el caso de José Óscar- aquella esquina dentro de la biblioteca en la que los libros, imitando el lenguaje de los pájaros, se ponen al fin a cantar haciendo agua cada una de sus páginas. Shalam

 عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

La blanda respuesta, aplaca la ira

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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