Las noches

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Las célebres órdenes de la noche es una hermosa incursión en el terror. Arte asesino y enfermo. Uno de esos textos límite que hacen del lenguaje una frontera, sus versos, una cicatriz y cada poema, una barrera. De esos que parecen no haber sido escritos por un autor sino que la monstruosa, misteriosa mano de la literatura movía la del escritor. Las célebres órdenes es un libro con el sello de Blanchot y de Manganelli, de Vallejo y de Hölderlin. Una ciénaga malsana. Uno de esos territorios áridos surgidos de la esterilidad de la literatura y del esperma marchito de un demonio. La triste mirada de un ángel moribundo a un abismo lleno de estrellas caídas y soles muertos. Es una violación lingüística que escarba y acaricia el mal como el niño que rompe las alas de una mariposa. Y también es un foso, un hoyo, un pozo, un agujero, dolor y destrucción. Además de un reflejo de las sombras de la luna. Diego Sánchez Aguilar erige aquí un castillo. Una fortaleza nihilista llena de ecos ahogados, violentos lamentos, enfermos y asesinos. Un negro paraje lleno de almas destruidas, solitarias y vigas derruidas donde no reina tanto la metáfora sino el silencio, y la poesía quema. Echa fuego por la boca antes de perecer en lagos de heladas metáforas.

Las célebres órdenes de la noche se divide en tres partes. La primera, es una misteriosa oda al destierro y la enfermedad. El hospital y  la angustia. La segunda, es una breve, sencilla y bella excursión por el género slasher. Y la tercera, es una enorme invocación al Anticristo. El señor de nuestra hambrienta era de plástico: Frankenstein. Pero las tres partes, al menos para mí, tienen múltiples pasadizos que las unen. La víctima perseguida por el señor de la sierra en el homenaje slasher podría ser perfectamente el alma moribunda que se mece en los linderos del más allá en la primera parte. Y no cuesta nada intercambiar la imagen del azote de dios, Frankestein, con la del Jason de Viernes 13 o el noctámbulo asesino de La matanza de Texas. De hecho, hasta he llegado a leer el libro como si fuera Frankenstein, incinerado por las antorchas, el desprecio y la moral, el espíritu exiliado que lucha por recuperar la conciencia en medio de esas tumbas llenas de cables y tubos parecidos a gusanos y piojos que son las salas de hospital. No importa en cualquier caso porque lo que exige el libro es cavar. Sumergirse en medio de parajes solitarios y airados en los que las palabras invocan precipicios y las frases, naufragios para dar la bienvenida a la oscuridad. Una oscuridad que se descompone, contornea, recompone y destruye constantemente como reflejo de textos que son insolaciones lunares, dentaduras rotas y cerebros grasientos. Son la imagen desoladora de cientos de niños hambrientos, jóvenes consumistas, adultos corruptos y ancianos frustrados confundiéndose con la de un monstruo, Frankenstein, en cuyo corazón vacío es difícil no reconocerse. Pues es espejo y símbolo de una tortuosa época sin sentido épico y heroico. La era del ego torturado y flatulento.

Al parecer, Las célebres órdenes de la noche fue escrito escuchando a Ben Frost. No sé exactamente qué disco. Pero yo lo leí, mientras sonaban los acordes de By the throat. Un desolador viaje crepuscular y espectral, ideal para escarbar en poemas que son invocaciones, rezos a una criatura, Frankenstein, que es el abuelo y nieto de todos los monstruos que ha habido y habrá. La consecuencia de la crueldad de los dioses antiguos y la raíz del sinsentido actual. Un visceral cruce entre Edipo y Cronos cuyos ojos caídos, sin brillo, y sus manos frías demuestran que el mal no habita ya en el odio sino en la indiferencia. Esos campos llenos de flores muertas sobre los que bailan seres con la mirada perdida incapaces de escuchar los gritos de los moribundos y las niñas heridas. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Los lamentos son el lenguaje de la derrota

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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