Limónov

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Acabo de terminar de leer el Limónov de Emmanuel Carrère y mis sensaciones son contradictorias. Sobre todo, porque no me parece ese gran, extraordinario libro que muchos comentan. La biografía sobre el escritor ruso, desde luego, es muy disfrutable. Se devora. Se bebe a sorbos lentos como un buen vaso de wisky o un vodka una noche de invierno. No hay duda de que sus retratos de Putin, el león en la sombra, y Boris Yeltsin, el cuervo ebrio, se encuentran muy bien conseguidos. Y la forma en que describe el devenir de la Rusia postcomunista es realmente tan brillante y esclarecedora como la manera en que se hilan los destinos de este escritor inclasificable, a medio camino entre un disidente, un anarquista o un fascista punk, con los de su nación y el mundo globalizado. Sin embargo, considero que las continuas incidencias del biógrafo en la historia no terminan de favorecer el libro. Y nos obligan a adentrarnos en la obra del artista ruso para extraer una opinión más real sobre quién es y la potencia de su arte literario que se presume transgresor. Lo cual por otro lado, supongo que no habla mal del texto de Carrère puesto que el objetivo de toda biografía debería ser invitar a conocer mejor al personaje retratado. Y desde luego, ésta lo consigue. Tanto es así que ya tengo en mi lista de futuras lecturas las escasas novelas que hay traducidas de Limónov al español y varias de las que tiene en francés.

Ciertamente, se siente uno un tanto estúpido cuando comienza a gastar adjetivos sobre una controvertida personalidad que desde la aparición del texto de Carrère ha pasado a devenir en un icono intelectual de este lado de Occidente (en Rusia ya lo era mucho antes) pero nunca está de más cuando uno termina un libro, y tratándose de alguien tan inclasificable, hacerlo. Aunque en este caso, me contendré. Tan sólo decir, a falta de leer sus textos, que el escritor ruso me recuerda a aquel grupo, The Replacements, cuya mera presencia en el escenario ya provocaba excitación. Corroía. De hecho, bastaba escuchar uno de sus riffs para sentirse alerta. Comprender que, allá lejos, en la pradera, algo podía estar sucediendo. Una llamada a la libertad y a la rebeldía. Un incendio en la ciudad que sería sofocado con la ayuda de los civiles, arrojando alcohol incesantemente sobre llamas que crecerían y crecerían, haciendo aún más intenso el espectáculo que se estuviera llevando a cabo.

Esa es al menos la lectura que yo extraigo del texto de Carrère. Que nos encontramos ante un artista visceral cuyos libros son, ante todo, bombas. Orgasmos en barrios bajos. Metralletas con las que disparar a diestro y siniestro. Que el escritor ruso es un Cristo nihilista. Alguien que podría morir insultando a la humanidad aunque no obstante, la abrazaría con sumo cariño antes de inmolarse junto con ella en un acantilado. Un esteta enamorado de las mujeres que no dudaba en dejarse dar por culo si eso le daba placer o si actuando así, podía sobrevivir. Un hombre instintivo que más que hijo del comunismo y sus traumas, parecía haber surgido de una de las costillas de Dostoievski. Desde luego, no cuesta nada, absolutamente nada, imaginarlo como personaje en Los demonios. Mirando de refilón a Verjovenski y deslizando con suavidad su mano por una pistola cuando éste pronuncia uno de sus ardientes discursos o tomando varios vinos junto a Stavroguin en una taberna desierta en la que encuentra inspiración para componer algún verso, describir algún sombrío aspecto de su alma o justificar un atentado o revolución en alguna de las ex-repúblicas soviéticas o la misma Rusia. Un país cuya historia le persigue allí donde va. De hecho, Limónov es el vivo retrato de su pasado reciente: el fin del comunismo, la etapa Gorbachov, la neoliberal y capitalista y la vuelta a la mirada de la vieja gloria imperial. Por más que, eso sí, al igual que los discos de Replacements o las más rabiosas odas punks, el anárquico escritor sea un personaje que puede estallar por los aires en cualquier instante. Un espectro e ídolo semi divino, héroe revolucionario y combatiente sin piedad capaz de gozar tanto con la lectura de Lenin, Lautremont o Rimbaud como con la de los sabios taoistas. De matar sin piedad a sus enemigos y dar las últimas monedas que le quedan en los bolsillos a una anciana desprotegida. De seducir a los ricos norteamericanos y ser seducido por los militares serbios.

En fin. Sin dudas, son personajes del cariz de Limónov los que apetece conocer. Hombres capaces de hacer de su vida, un mito y acabar con la imagen del escritor funcionario, profesor, maquiavélico, lameculos del poder y aficionado a los concursos. Hombres que están dispuestos a morir por sus ideas y presumo que son capaces de escribir sin corrección. Sin ortografía. Tratando a la literatura como una puta con la que masturbarse y no tanto una reina a la que besar los pies como hacen cientos y cientos de puercos. Lacayos que buscan la aprobación y no imponerse a la vida y al mundo como este abstruso artista cuya actitud muy probablemente habría complacido a Nietzsche.

¿Había dicho que no me había convencido del todo la biografía de Carrère? Sí. Probablemente tenga errores. ¿A qué viene ese final? Pero en realidad, sí que ha de haberlo hecho, cuando como está quedando de manifiesto, siento ansiedad por leer Historia de un granuja y comprobar si lo que acabo de escribir es un inmenso montón de mierda o la pura realidad: una justa lectura e introducción a un escritor al que venerar y sobre todo, con el que rockear, disfrutar, destruir. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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