Los arcones

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Creo que hay libros, una gran mayoría, de los que recuerdo gozosamente tanto su argumento como el estilo del escritor. Si la palabras se abrían sinuosamente y reptaban, o hacían estallar el lenguaje. Levantaban fortalezas y se apareaban destrozando mundos o bien se deslizaban como gotas de lluvia entre rocas. Tímida o intensamente. Supongo que porque en realidad, esos libros eran mitos. Historias que, situadas en una época más lejana, podrían formar parte de la cosmogonía que funda una civilización. El guardián entre el centeno era una metáfora de Norteamérica. Un país como el adolescente que protagonizaba la novela, incapaz de cuidar de sus hijos y sumido en la soledad más voraz, aunque aparentemente lo tuviera todo. Holden Caulfield experimentaba el castigo de Tántalo al revés. Se le permitía en cierto modo probar cualquier alimento que deseara, pero este hecho en vez de llenarlo, lo vaciaba cada vez más. Madame Bovary, esa novela escrita con el cuidado y esmero artesanal de un arcón florentino, era un anticipo de la anorexia. La vida de una de esas nuevas “rameras” fabricadas en serie por el capitalismo. Mujeres ansiosas, consumidas por el deseo, la fascinación por la moda y el lujo, que eran un reflejo al revés de las vírgenes cristianas. Bovary era víctima casi de un castigo judeocristiano. La fórmula que subraya que el adulterio en esencia, es un camino de infelicidad. A través del personaje, Flaubert realizaba un guiño a la sensualidad griega que acababa siendo pervertido por las rígidas estructuras burguesas que se cernían como garras de cuervos sobre el cuello de su heroína. Casi anunciando el decadentismo y el simbolismo. Aquellas incisiones en los abismos clásicos que de alguna forma, preludiaban las tragedias por cernirse en Europa.

Sin embargo, existen otros libros cuyo argumento casi no recuerdo. De hecho, me acuerdo más de mi estado de ánimo y lo que experimentaba cuando los leía, que aquello exacto que narraban. Lo que no significa que no los disfrutara. Uno de ellos es El hombre sin atributos. Cada vez que releo alguna de sus páginas, siento el impacto de su prosa. Que me encuentro dentro de los pasadizos y recovecos del templo de un grandioso escritor. Pero me es imposible rememorar pasajes del texto. Sí. Obvio que las imágenes, los pensamientos que como gotas exprimidas, emergían de la mente de Ulrich conforme avanza el romance con su hermana, se encuentran muy presentes en mí. Nunca se han ido de mi vida como si fuera yo quien hubiera experimentado ese amor.  Y también, con vaguedad, puedo sentir la angustia y opresión que se cernía sobre mi pecho cuando escuchaba referir durante la narración, ecos de algunas de las asfixiantes reuniones de aquellos pérfidos, malévolos funcionarios del reino de Kakania. Pero apenas puedo traer a mi mente varios pasaje más. La relación de Ulrich con sus padres, o algún detalle o pasaje que, como el hilo de un rodillo, me permita ir reconstruyendo poco a poco imágenes parciales (hasta completar un todo) de este retorcido e inquietante relato.

De todas formas, no creo que esta olvidadiza lectura fuera equivocada. Tampoco digo que fuese la correcta. Pero en absoluto, la considero errónea. Ante todo, porque entiendo que la novela de Musil indaga en la descomposición del yo. La pérdida de la vitalidad individual en beneficio de las gigantescas corporaciones. Una constatación de que Max Weber tal vez se quedó corto. Pues, durante el siglo XX, no ya es que los organismos burocráticos hayan doblegado a los grupos sociales en las supuestamente “ideales” naciones modernas, sino que han acabo imponiéndose a los Estados. Lo que permite leer El hombre sin atributos y ese aparato o evento, La Acción paralela(que tanto recuerda al actual TIPP) cuyo objetivo sería desestabilizar al reino de Kakania, como un retrato concienzudo de cómo el poder económico y empresarial se hace con el control estatal (y burocrático). La forma en que este “acontecimiento” acaba por desintegrar la vida social, ya de por sí bastante alienada, de los ciudadanos de Occidente. Y en parte, precipita las guerras mundiales, comenzando a determinar el aspecto del mundo actual. Pues el modelo de corporación y nación descritas por Musil, son similares tanto a la Comunidad Económica Europea, el FMI, la European Council of Foreign Relations y un amplio etcétera de organismos que maniatan y controlan los países y sus posibilidades de llevar a cabo una política afín a los derechos civiles, presentándose precisamente, al igual que el reino de Kakania o la Acción Paralela, como garantes de sus derechos.

¿Qué tiene que ver esto con mi lectura? Pues con que, al fin y al cabo, lo que describe el libro de Musil es la impotencia del hombre solo ante los Imperios. Como yo me sentí ante sus más de mil páginas durante las semanas en que las leí. El novelista austriaco realizó una novela cuyo principal argumento es la imposibilidad. La imposibilidad de describir -dada su magnitud y complejidad- los movimientos de esos gigantescos monstruos corporativos que controlaban (o deseaban hacerlo) la realidad. En gran medida, nos indicaba que el mundo moderno ya era ininteligible y que para entender lo que ocurría realmente, había que mirar a través del telón, y sobre todo, en las vidas, sentimientos y experiencias de los individuos. Los que sufrían las consecuencias de esas decisiones y la progresiva llegada de un nuevo orden mundial. Lo que en el fondo significa que si probablemente me acuerdo más de mis sudores y angustia cuando leía el texto que de su contenido, fuera porque estaba penetrando en su médula ósea. Comprendiendo que era imposible aprehender las vicisitudes argumentales porque el texto al fin y al cabo, es una radiografía del caos. Se encuentra lleno de pasajes que son un reflejo de la incertidumbre contemporánea precisamente porque no nos dicen nada, absolutamente nada de nosotros y a veces uno piensa que sería lo mismo haberlos leído que no.

Musil murió sin terminar su relato. Algo que no me parece casual porque su propósito, describir las gigantescas corporaciones modernas y los engaños y medios a través de los que alcanzan el poder, estaba condenado al fracaso. Pues su tamaño -también lo entrevió Kafka- como ha quedado demostrado con los años, es colosal. Sus tentáculos se extienden a través de ramificaciones y bifurcaciones económicas a lo largo del mundo en su totalidad. Musil, de hecho, estaba describiendo las primeras acometidas de la globalización en Occidente y en concreto, en el imperio austrohúngaro, y conforme lo hacía, seguramente entrevió que apenas estaba describiendo unos rizos del cabello del monstruo y la tarea que tenía por delante era prácticamente infinita. De esculpir hoy en día el David, Miguel Ángel lo retrataría perdido. Vagando entre sombras, casi como el ciego Edipo, y golpeando por equivocación en su cráneo la piedra que estaba reservada a Goliath. Ante todo, porque ni siquiera sabría dónde apuntar dado el inabarcable cuerpo del gigante filisteo. En Occidente, hace casi dos siglos, que los ciudadanos somos enanos. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

¿Qué ve el ciego, aunque se le ponga una lámpara en la mano?

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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