Los jardines estatuarios

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Jacques Abeille parece un escritor nacido dos siglos atrás. O hace cinco. Un sensible utópata que se aprovecha de la imaginería fantástica para trazar textos que son recuerdos. Vivencias del pasado tejidas entre remembrazas de mundos posibles y viajes nunca realizados. Túneles que ponen en contacto futuros alternativos con épocas olvidadas e instantes ignorados. Consiguen hacer hablar enigmas y conjuros con sencillez y lógica impregnada de un hábil e inquieto espíritu matemático e ilustrado. Los jardines estatuarios tiene alma de cómic, tratado antropológico y fantástico. Nos hace acordar tanto de Los viajes de Gulliver como de Las ciudades oscuras, el ansia de experimentación presente en la década de los 60, los primeros textos de ciencia ficción, algunas epopeyas de Verne, El último verano en Marienbad o las novelas de Italo Calvino. Es un libro escrito con suavidad, acariciando amorosa, pacientemente cada una de sus mágicas frases, que sirve tanto de epílogo de nuestra época (y un vetusto e inexistente pasado) como de frío testimonio de algunas de sus ralas características. Más que nada, porque me resulta inevitable interpretar ese alógeno mundo que nos retrata lleno de estatuas que se destruyen, desaparecen o surgen de manera imprevista, como una evanescente y misteriosa -a la vez que certera metáfora- de la sociedad capitalista.

Exactamente, así leo el texto de Abeille. Como si su protagonista fuera un extratarrestre, un pionero, un ser humano procedente de otra cultura, intentando descifrar signos, símbolos, formas de vida más cercanos a los nuestros de lo que pensamos en un principio. Curioso ante nuestro fetichismo, nuestra excitación, miedo y casi que admiración y respeto malsano por los símbolos del capitalismo. En este caso, las estatuas sinónimos aquí, de las mercancías y fetiches así como las obras de arte (también fetichizadas) que condicionan de una manera u otra nuestra vida, creando tanto una sensación de impotencia e inmortalidad a quien participa de su “esencia” como un cierto grado de malestar cosustancial a su artificialidad. Su rigidez e hieratismo no exento de movilidad que condiciona la vida de los habitantes de un país ignorado, casi inexistente. Como probablemente lo sea nuestro planeta para otros seres que lo contemplan con curiosidad y casi con indiferencia desde su órbita.

Así es cómo el libro me fascina y me inquieta. Contemplando la evolución de las figuras pétreas, su culto y adoración así como el (aparente) azar, los ocultos designios que provocan que, de tanto en tanto,  una de ellas se convierta en el centro de atención, obligando consecuentemente a reescribir la historia de la persona que retrata, como un reflejo evanescente de los símbolos del neoliberalismo. Figuras que ocupan nuestro campo de visión, se imponen desde colosales paredes de rascacielos inertes o aparecen a través de la pantalla, invadiendo espacios de nuestra psique, condicionando nuestra vida y conversaciones con frialdad, inocencia y rigidez, de una manera fluida y feroz. Obligándonos a aceptar o convivir con verdades (casi divinas e inobjetables) -el consumo, el comercio o la competitividad- sin dejarnos más oposición apenas que el lamento, una crítica esquiva o una resistencia condenada a fracasar en cuanto se sostiene por oposición y contraste contra los ídolos pétreos, movedizos, radicalmente obtusos, que desde su mutismo, manejan, fijan y controlan las reglas de la comunidad. Grupos de individuos solitarios o unidos -¿qué importa?- cuyo sentido vital se les escapa. Viven aguardando una orden superior, un acontecimiento o batalla que nunca se produce a medida que el flujo cambiante de estatuas o edificios se contraen y repliegan en sí mismas, invocando palabras, símbolos difíciles de desentrañar. Absolutamente imposibles de comprender.

Los jardines es, no hace falta repetirlo, un texto enigmático y divertido. Aventurado y sencillo. Casi femenino. La primera parte de un ciclo inolvidable de paisajes extraños. Lo que hubiera escrito Marco Polo si hubiera tenido el tiempo suficiente para adentrarse profundamente en los pueblos manejados con fiereza y solemnidad por Kublai Kan. Voltaire transportado al siglo XX. Una lúcida mirada al fantasmagórico espejo surgido de los estertores del capitalismo que insiste no tanto en su grandeza o las trampas que en su interior esconde, sino en su resistencia a caer. Combina las miradas de Kafka y Dino Buzatti con la utópica, creando páginas que retratan la fantasía, describiendo sus ritos y profundizando en su poder ancestral, destrozando algunas de las proclamas del mundo moderno. No hay, por ejemplo, más que constatar la gran separación existente entre hombres y mujeres dentro de ese inquietante orbe retratado por Abeille, para intuir que a través de esos muros de montañas incognocibles y radicalmente diferentes que separan ambos sexos, se nos está sugiriendo dónde acabará antes o después la doctrina igualitaria. En la sumisión total de la humanidad (ambos sexos esclavizados a la máquina, al trabajo) o la absoluta destrucción de la familia. La líbido (o la ideología) convertida en látigo esclavizador. Miradas distantes dando besos a labios tan duros como el mármol, la piedra o cualquiera de los diversos instrumentos con los que se encuentran forjadas las estatuas que dominan las tierras retratadas en este narcótico libro. Un triste y regenerador cántico sobre nuestro inexistente presente. El ocaso de los ídolos y su constante mutación. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

El que no quiere ahorrar, deberá agonizar

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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