Lovecraft y la infancia

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La vida suele ser tan caprichosa como seductora. En la novela corta que estoy ya finalizando, aparece como figura central H.P.Lovecraft junto a varios de los monstruos que creó, e intento homenajear el ambiente sórdido a través del que retrató ese mundo moderno cuya decadencia pocos pudieron otear como él.

En realidad, yo no he sido nunca un fan de Lovecraft. Siempre me ha interesado pero no más de lo justo. He disfrutado a veces más con las adaptaciones de sus relatos llevadas a cabo por Richard Corben, las seductoras imágenes que H.R.Giger extrajo de su Necronomicón o ese malsano y tétrico ambiente de sus creaciones que Ridley Scott supo capturar en su Alien, que de sus propias historias. Sin embargo, llevo mucho tiempo en contacto con su obra. Casi desde los 11 o 12 años. Lo curioso es que había olvidado este hecho y por ello me sorprendió su aparición mientras estaba escribiendo el texto en el que actualmente trabajo. Pero ahora entiendo que la vida y la escritura nos conducen por caminos imprevistos y tienen su propio plan que a veces olvidamos.

Intentaré explicarme mejor. Uno de mis grandes amigos de la infancia se llamaba Fernando. Un muchacho junto al que pasaba muchas de esas mañanas que no parecían acabarse nunca de aquellos veranos de la niñez. En uno de ellos, me transmitió el virus Lovecraft. No recuerdo bien cómo pero tras volver a encontrarnos y ponernos al día de nuestras vidas, comenzó  a hablarme de un escritor y unos cuentos que le habían fascinado y absorbido a niveles que rayaban en la obsesión. Mañana tras mañana, aunque yo estaba más interesado en hablar de fútbol o de cómics, se refería a monstruos venidos de otro mundo que rompían toda racionalidad y destrozaban los conceptos de la lógica. Aunque no quisiera escucharlo, debía de hacerlo pues se mostraba absolutamente embebido con esas narraciones que le ponían en contacto con ciertas verdades oscuras que sentía que estaban detrás de nuestras vida y universos aparentemente confortables. Y llegó a ser tanta su insistencia que por supuesto que terminé por pedirle alguno de los ejemplares publicados por la editorial Alianza de las historias de Lovecraft.

He de reconocer que me gustaron, sí, pero no me fascinaron al nivel que lo habían hecho con mi amigo. En cualquier caso, mi mente se sumergió en esos pozos profundos y tomó contacto con una realidad de arcanos míticos de ultratumba que pensaba que me había rozado levemente pero estoy ahora comprobando que, en realidad, permaneció sumergida en mi inconsciente esperando el momento justo para surgir, casi treinta años después. Una locura, un disparate que sólo puedo explicarme por la magia imponderable de la vida o el hecho de que acaso esos textos fueran mucho mejores de lo que los he considerado hasta ahora. De hecho, releyendo algunos de sus pasajes (varios los he pegado en la novela que escribo, utilizando la técnica del sampleado), he comenzado a sentirme fascinado por un artista al que creo que hasta ahora no había comprendido totalmente ni tomado en serio como debía, puede que por juzgar con demasiada severidad su estilo poco dado a las florituras literarias. Ok. Lovecraft no es Proust pero esto tampoco lo invalida y además, ¿por qué tendría que ser parecido al francés?

Escribiendo el libro, he tomado conciencia de que H. P. Lovecraft era, en gran medida, un gnóstico y que su mundo maléfico, ese infierno del que caen cascadas de semillas de opio, es uno de los más lúcidos y exactos retratos que se han hecho jamás de la sociedad que daría lugar a las dos guerras mundiales; de las fuerzas oscuras que se movían detrás de la modernidad y amenazaban con destruir la vida de millones de seres humanos. Exactamente, la técnica, la ciencia, el progreso son un juego de niños para Lovecraft. En el fondo del planeta rugen las bestias, los monstruos antiguos, los demonios. Ellos son los que controlan los cañones, aviones y metralletas. No el hombre. Un iluso que por creerse señor y amo del planeta terminará por derrumbarse en el ocaso y decadencia de todo lo vivo. Y veo ahora con claridad que las ciudades perdidas, esos paisajes que emergen entre tinieblas de otros mundos antes de ser devorados por la corriente del tiempo tan recurrentes en Lovecraft, aluden a nuestra realidad. La decadencia capitalista. Son unas de las más certeras metáforas sobre la sociedad de nuestra era que no me extraña que fascinaran al nihilista Michel Houellebecq o hayan aparecido de nuevo en mi conciencia, teniendo en cuenta el rumbo apocalíptico y sin control de un mundo que puede acabar perfectamente autodestruyéndose como la Atlántida. Devorado por las entrañas de la tierra donde los monstruos retratados por el escritor norteamericano esperan su momento para emerger.

El arte moderno se ha empeñado en retratar el caos, absurdo y el desemparo del ser humano de todas las maneras posibles durante el último siglo. Casi que este es el tema fundamental de la mayoría de obras que consideramos imprescindibles de entre nuestras contemporáneas. Y, desde luego, pocos llevaron a los últimos límites estos temas como Lovecraft. De hecho, todas las certezas, sostenes y seguridades caen por el suelo en sus creaciones y la verdad y la razón no son más que unas confusas nebulosas, un rayo breve y fugaz en mañanas donde el sol se derrite y extingue para que impere y reine la oscuridad. Tal y como, si nos fijamos, está ocurriendo actualmente en Occidente. Ese territorio que se ha convertido en lovecraftiano e incluso ha ido todavía más allá puesto que los seres humanos y, en concreto, los políticos dan más miedo que los monstruos procedentes de la eternidad que Lovecraft retrató de manera clarividente señalando a través suya (con una potencia, fortaleza y lucidez sólo comparables a la de David Lynch o Edgar Allan Poe) el rostro cruel del país, EUA, donde creció.

Y en este sentido, sí, no es únicamente el profeta malicioso del crack del 29. Lo es del fin de nuestra civilización y nuestra crisis actual. Él, a su manera, ya la había predicho porque toda su literatura es, de alguna manera, la evidencia de que tras el oro reluce la mierda, se esconde la sangre y  el destino de las torres es caer y, por tanto, los edificios de Wall Street terminarán, antes o después, por derrumbarse. Otra cuestión, eso sí, será si el mundo en su totalidad lo hará cuando esto suceda. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Disfruta de la vida. Hay mucho tiempo para estar muerto

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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