Magistral

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Por lo general, no hablo de libros nuevos -¡una expresión odiosa! ¿existen libros nuevos o viejos en el océano de los papeles o la biblioteca marina?- en avería sino hasta que han transcurrido varios meses o un año. No lo hago por ningún motivo ético concreto o un necesario distanciamiento sino porque conforme los compro, se ponen en fila detrás de los que llevan esperando su momento durante meses. Pero con Magistral, la gigantesca uña de ballena lingüística compuesta por Rubén Martín Giráldezhe hecho una excepción no tanto por el revuelo crítico que ha armado sino porque Diego Sánchez me advirtió de su parecido en el tono de la voz narrativa con Ruido. Una novela que aún no sé ni cuándo ni dónde publicaré pero entiendo que cuando lo haga, será el momento adecuado. Y, en fin, lo cierto es que me alegro de haber puesto en primer lugar de mis lecturas a Magistral para empezar porque, siendo sinceros, estaba asustado o más bien, tenía cierto temor de que sus posibles concomitancias con Ruido, anularan mi propuesta. Lastraran su posible originalidad y radicalidad. Pero no es así. Los dos textos no se solapan sino que al contrario, se entrelazan, establecen un diálogo sordo entre ellos y tal vez, leídos en el futuro se complementen a manera de una improvisación distorsionada realizada entre los gritos de multitudes histéricas asistiendo al naufragio de la literatura. A los estertores de ese mundo cultural que, -lo sepa o no y desee reconocerlo o no- ha sido el mayor ejecutor de la escritura. Quien más ha hecho por hundir la literatura en el barro de la extrañeza y la indiferencia, transformándola en una caja vacía llena de palabras que no dicen nada.

¿Qué puedo decir de Magistral? No demasiado teniendo en cuenta que es una obra que se comenta a sí misma. Es un texto caníbal y torbellino. Una indigestión literaria que recoge heces y vómitos culturales en un discurso alterado y crispado. Nervioso y vibrante hasta el punto de descomponerse en palabras que únicamente aspiran a la putrefacción. O mejor, a la ruina. La construcción de una literatura derruida y repetitiva que sondea y alcanza límites que son habitaciones solitarias. Habitáculos cerrados donde el sonido en vez de expandirse, se contrae. Se apaga. Porque Magistral es la exposición de un ocaso. La voz de los muertos enojada por haber sido desterrada del mundo del arte, luchando por volver a un territorio que se encuentra opacado, abollado y vejado por los vivos. La inteligencia cultural. O la mano que asfixia la espontaneidad. Arranca con saña las raíces de la poesía y la creatividad y convierte el mundo, cualquier texto literario, en ininteligible. Creo, sí, que Magistral narra cómo maquinal, obsesiva e impiadosamente -con la cabezonería además de quien se cree con la razón absoluta- la crítica ha destruido la literatura. Y también, las esperanzas y expectativas del lector que más que condicionar, determinan, ejecutan la propia escritura. Magistral, sí, es Pedro Páramo desarrollándose en el interior de los suplementos literarios. O la cabeza de un escritor. Una conversación, repito, entre muertos. O más que un diálogo, un monólogo. El túnel, la novela de Sábato, adaptada a la época del ruido y la esterilidad. En resumen, una zarpa emergiendo de una tumba cerrada intentando capturar el ritmo de la vida, y viéndose imposibilitada para ello. Y también, una garganta tapada entre las miles de gargantas de ese mundo que la información oculta: el de la ira y la violencia de los sanos. Las Universidades, como campos de batalla, los periódicos como trincheras y las televisiones, como bombas nucleares.

Magistral es la literatura muerta intentando sobrevivir antes de que alguien la sumerja en el pozo. Es el grito de un herido. Y más que un ataque contra el mundo mass-mediático al que ignora o más bien, resquebraja, es un lamento estéril sobre la posmodernidad. Una súplica porque acabe ya y una constatación de que su mundo de simulaciones y suplantaciones constantes, en vez de resucitar al ser humano, lo ha enterrado más al fondo. Magistral, sí, no es un artefacto posmoderno. Es una novela viciosa (y viciada) que ruega por su fin. Un tigre fuera del zoológico y la jungla. Corriendo entre semáforos, rugiendo a todo lo que tiene delante. Y lo mismo desprecia a Nabokov que al cómic. O más bien, a los muchos yoes y complejidades aparatosas que surgen del encuentro de la imagen y la palabra además de, por supuesto, la dictadura total que vive el mundo de las letras en general (incluido la española): la de  la literatura norteamericana. Porque entiendo que si Magistral es un violento escupitajo o navajazo al estómago al mundo de la literatura en castellano no lo es únicamente por haber construido un áspero vergel repleto de hojas secas escritas con una sola letra y color -el del dinero, el poder y la uniformidad- sino por su genuflexión -disfrazada de fascinación estética- ante la cultura del dolar, encarnada aquí por la novela (o experimento) de Ben Marcus, Notable American Women, que bien podría ser un inagotable texto de Pynchon o Gaddis o un nuevo texto proclive a caer en la atrofia de significados y referentes. Esa búlimica lucha entre fondo y forma que caracteriza a la novela contemporánea convirtiéndola en muchas ocasiones en un monstruo creativo semejante al monstruo ético que, desde Magistral, enuncia palabra parecidas a cosas. Esa voz que más que con Thomas Bernhard- cuyo aliento al menos yo, apenas escucho  a ráfagas y ratos- emparento con la de un Lautreamont más carnal o costumbrista, la de Charles Olson o cualquiera que internara la literatura en un abismo. La condujera a ese límite desde el que ya no se escucha a los autores sino a la propia literatura en este caso tan ególatra como destrozada. Convertida casi en una parodia de la altisonante escritura de tantos críticos españoles de blogs y revistas -caso de Mallherido o Tongoy- que de alguna manera -probablemente inconsciente- son retratados aquí, poniendo de manifiesto que hace tiempo, que el arte se ha convertido en un barrizal. Una lucha entre caníbales y navajeros, en la que quien grita más fuerte, más rotundamente, y se muestre menos empático, aturdido y más destructivo, vence. De hecho,Magistral deja muy claro esto: la literatura no es asunto del intelecto sino de la bilis. Pero la era contemporánea la ha transformado en un frigorífico terminológico, de tal forma que los críticos tienen que pelearse contra el mundo para honrar la literatura o algo que se le parezca y los escritores, en gran medida, ser sus propios críticos. Crear novelas que lleven la crítica de sí mismas implícita. Porque, en esencia, no hay libertad. Críticos y escritores son nombrados por la voz del poder obligándoles a ser corrosivos y subsistir en los extrarradios marginales de la sociedad, en caso de oponerse a sus mandatos, o integrarse a este mundo habiendo dejado de lado su peligrosidad y una presunta rebeldía que es dinamitada al momento del contacto entre la obra y los receptores. Las ventas.

En fin, Magistral tiene la virtud, a su vez, de actualizar un narrador canalla, más cercano de lo que parece al Pascual Duarte de Cela, que bien podría recitar de su boca los sucios versos de las canciones de Extremoduro. Mostrando lo lejos que la lírica rebelde actual se encuentra de la sostenida con pinzas por la Universidad y la cultura. Y, sobre todo, las contradicciones entre el querer publicar, crear una obra maestra y lo que esto implica. La muerte, el silencio. Pues Magistralhabla en el fondo de la imposibilidad de escribir hoy en día. De crear literatura. Sugiriendo además que la imposibilidad de llevar a cabo una traducción exacta, no es tanto una herejía o motivo de tristeza sino de celebración. Porque, al fin y al cabo, la vida es traición. Lucha. Guerra. Pelea. Que es lo que se niega a reconocer el mundo literario sin cesar de proyectar una imagen destructiva (por encorsetada y ambigua) de sí mismo, que conduce a la demolición. La época de silencio total que vivimos actualmente caracterizada por un ruido constante que intenta quitar la respiración al herido por medio de clubs de lectura, clases sobre el Siglo de Oro o bibliotecas, cuando la única manera de verdad de salvar la literatura, revivir al muerto, es empeñarse en aniquilarla. Asfixiarla y degollarla con libros que sean monumentos festivos y lujuriosas orgías por su próximo y anhelado final. Es decir; conseguir que todos los escritores dejen de una vez ya de escribir o escriban el mismo libro y que sólo el (o la) mejor, sobreviva. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

No hay látigo para aquellos que se engañan a sí mismos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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