Mandarín

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Escuela de mandarines continúa siendo, a día de hoy, uno de los mejores libros que he leído en mi vida. El Auto de fe de la cultura española. Una novela que, a pesar de su extensión, se lee con la agilidad con la que penetran en los oídos, los acordes de un disco de música pop. Pues lo cierto es que -aunque la ingente hojarasca filosófica que brota por todo el texto podría amenazar con devorarlo, sepultarlo en bisagras de incomprensión- Espinosa consiguió dotar a su escritura de levedad. Elasticidad. La precisión y ligereza que exigía Italo Calvino para que alguien se convirtiera en un clásico contemporáneo. De hecho, hay fragmentos de la novela en los que el escritor murciano parece un pintor cubista. Dibujar caracteres, cabezas y cuerpos abstractos con absoluta naturalidad y simpleza. Como un Alfred Jarry más reflexivo y deseoso de profundizar en aquello que narra o un irónico Samuel Beckett que estuviera disfrutando como nunca, contando el viaje de Godot hacia los reinos mandarines. Y existen otros pasajes, en que Miguel Espinosa parece un Rabelais adelgazado de barroquismos y truculencias. Calificativos que no sé si le agradarían teniendo en cuenta su visceral odio a la erudición, la cita estéril y el libro muerto. El universo de funcionarios que retrató con una perspicacia, agudeza implacables y un sentido del humor encomiable capaz de darle ciento y una vueltas a los conceptos de ironía cervantinos y actualizarlos, convirtiendo su novela en un fino carnaval lleno de sutilezas. Un fresco filosófico que, paradójicamente, no cesaba de golpear a la filosofía y a cualquiera de los conceptos e ideas que utilizaba para forjarse, consiguiendo convertirse en un texto absolutamente inclasificable. Maravilloso. Casi asombroso. Un legajo enorme de páginas que, contrariamente a lo que era esperable, fueron forjadas con un lenguaje minúsculo, casi silencioso. Una novela con mimbres de ensayo que utilizaba un habla casi enciclopédica, inventada, procedente de tiempos pretéritos y anquilosada que, sin embargo, era totalmente comprensible. Casi instantánea y momentánea. Una espada afilada que cortaba cabezas incesantemente sin que las víctimas se apercibieran de ello. Dejando el suelo limpio de sangre y barnizado. Como si el lápiz fuera, sí, un arma temible pero también invisible. Logrando que la escritura pasara desapercibida y el esfuerzo de composición de su libro no se notara. Casi que pareciera haber sido engendrado con absoluta naturalidad. Como un torrente lingüístico del que brotaran espontáneamente libelos, doctrinas, artículos enciclopédicos, máximas, aforismos y metáforas procedentes del Siglo de Oro. O si Miguel de Cervantes hubiera reencarnado en un anónimo señor de provincias, y al momento, intuitivamente, comprendiera cuáles eran los pasos a seguir para renovar el léxico de la anquilosada narrativa española del siglo XX.

Se percibe, a lo largo de toda la novela, que Miguel Espinosa estudió leyes. O al menos, se encontraba familiarizado con ellas. De hecho, en su biografía consta que fue abogado. Profesión que no sé si ejerció o no -y en el caso de hacerlo, por cuánto tiempo- pero que desde luego debió influir decisivamente en Escuela de mandarines. Porque Espinosa retuerce el lenguaje, lo domestica, lo elabora y hace legible como los letrados acostumbran a hacerlo. Logrando hacer comprensible lo imposible, entendible lo abstruso y mentir, dejando aparentemente el alma pura. Comportarse como el diablo con la inocencia de los ángeles. De hecho, consigue que sus personajes -en realidad tipos simbólicos- pronuncien las más dificultosas frases con absoluta normalidad. Con la misma precisión y franqueza con que un magistrado recita una tras otra, leyes incomprensibles para el resto de los mortales que por ello mismo, contribuyen a fortificar las murallas del reino mandarín. O la misma autoritaria rigidez con que muchas veces, se dirigen los profesores universitarios a sus alumnos, obligados -además de a fruncir el ceño y mostrar rictus de extrema seriedad- pronunciar complejas palabras que funcionan como escudos. Justificación de sus sueldos y puestos en ese mundo mandarín, que por supuesto únicamente reconoció a Miguel Espinosa tras haber muerto, acaso pretendiendo enterrar la peligrosidad de su mensaje, el corrosivo lenguaje de sus libros en Congresos que, conforme canonizaban su figura, la sepultaban para siempre. Le ponían un sello de defunción depositando la novela en la biblioteca universitaria infinita. Ese mundo lleno de citas y críticas eruditas, lenguaje estéril y cerrado en sí mismo, cuyo verdadero fin -como detectó perfectamente Espinosa- no es otro que asesinar los libros. Destrozarlos. Alzarlos al altar de la cultura donde sólo podrán ser manoseados por los expertos, quedando fuera del sótano rebelde. La habitación de la insurgencia o las escaleras del inconformismo. Hacinados en una mesa perfectamente encerada vigilados por un señor ensimismado que pronuncia en voz alta, sin sentido ni coherencia alguna, citas de cada uno de ellos entre las miradas de indiferencia de la multitud y las de complacencia de los párrocos y capellanes. Las sectas secretas (y no tan secretas) que dominan desde hace milenios las ciudades de provincias españolas.

Lo hermoso, en cualquier caso, de Escuela de Mandarines, además de su lenguaje inventado y purificado de vicios, es -ya lo dije- su sentido del humor. La exhaustividad con la que describe un estado totalitario -la España franquista- de cariz kafkiano sin precipitarse tras las grietas de la desesperación. Caer bajo el peso del abismo retratado. De hecho, es esa ironía -aún casi más que su esfuerzo lingüístico- la que proporciona el cariz genial y refrescante a la novela. Un monumento de sagacidad y lucidez que permite entender de un vistazo, entre otras muchas cosas, porqué el PP gobierna en la región de Murcia casi por decreto, los aforismos mentales de Mariano Rajoy lejos de perjudicarle, le han beneficiado para consolidarse como presidente de gobierno, son tan difíciles de reformar la Universidad y la Constitución o por ejemplo, las razones por las que  la Iglesia continúa sin pagar IBI. Pues Escuela de mandarines es una imprevisible muralla repleta de símbolos y metáforas que describen fríamente el pasado y futuro de la sociedad española. Comparando los reinos de taifas con los mandarines. Y que además, debido a la solidez de sus materiales, entiendo que apunta con sus dardos mucho más lejos de los momentos en que apareció. Ya que yo al menos, concibo el libro como un ataque frontal a La República de Platón. El inicio de la construcción de la jaula occidental. O al menos, de su convalidación. De hecho, creo que sus páginas son uno de los mayores alegatos críticos que se han escrito jamás contra el mundo de las ideas platónicas. El disparate de intentar llevar a cabo en el mundo real, las máximas escritas por los amados, reverenciados filósofos. Y cómo, al intentar hacerlo, Occidente se convirtió no sólo en un paraíso fascista sino en un absurdo e hilarante universo repleto de instituciones sociales gobernadas por fantasmas. Un mundo manejado por corporaciones. Castas. Estatuas a las que se teme actualmente más que a los animales salvajes y epidemias de peste en la antigüedad, porque su corrupción es injuzgable e inmedible. Tienen absoluta impunidad para arrojar mierda sobre las bocas abiertas de sus súbditos, protegiéndose tras muros de lenguaje jurídico, o la trinchera de los tribunales. Shalam

 إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

 El que todo lo juzga fácil encontrará la vida difícil

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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