Menos joven

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Menos joven, la primera novela de Rubén Martín Giraldez, era un delirio. Una historia llena de frases-torbellino y palabras-huracanes que invocaba la destrucción de la propia literatura. Menos joven era un cruce entre las alucinaciones literarias de Antonin Artaud y los fríos y corrosivos films de de David Cronenberg. Entre Heliogábalo y Videodrome. Una locura en la que el argumento -ese programa radiofónico donde se narran las hazañas del concursante Bogdano por devastar e imponerse a sus ídolos- era la mera excusa para corromper y demoler el lenguaje. Menos joven era un libro enérgico y vital, compuesto con escombros. Un libro cuyo caótica estructura brotaba no sólo de una caldera llena de irreverentes e iconoclastas referentes literarios sino de la conciencia por parte de Giraldez de que el lenguaje literario de su época yacía aplastado. Se encontraba derrumbado bajo tal amplia maraña de tópicos y palabras-comodín y frases-sentimiento que cualquier intento de construir un libro “normal” era absolutamente innecesario. Probablemente no era más que otro lametón de huevos al poder. Y por ello, Menos joven no puede ni debe ser leído según los cánones habituales. No es un libro racional ni un libro-libro y puede que tampoco sea una novela. Es más bien, un puñetazo desde los intestinos contra el sistema literario. Una burla contra los carceleros de la creatividad. Un corte de mangas repleto de pensamientos-arpón y palabras-colmillo que invocan el advenimiento de un nuevo paganismo literario. Y pretende la muerte definitiva de todos los padres artísticos para huir del aburrimiento y la absorbente decadencia literaria actual.

Menos joven es una burla. Una farsa literaria que se ríe de la gran “farsa” literaria oficial. Menos joven es un libelo anárquico. Un atentado a la sintaxis y las clases de lengua española. Una llamarada del pensamiento del marqués de Sade expandiéndose en la jungla literaria moderna. Un libro anti-concursos que disfrutaría cerrando la convocatoria de cientos de premios juveniles y cátedras universitarias. Una novela de caballería nihilista. Un texto que no puede ni debe leerse como literatura sino más bien, como si estuviéramos dentro de una carnicería tocando la bilis, hígado y músculos derruidos de cientos de escritores muertos. Es, en definitiva, un libro nervioso y alterado que borra y difumina los contornos literarios actuales para que vislumbremos con meridiana claridad lo manchados que están. La fuerza con la que el sistema literario oficial continúa imponiéndose a “lo imposible”Shalam

                                                        نَّ هَذا الشِّبْلَ مِنْ ذَلِكَ الأَسَدِ

El mejor matrimonio sería el compuesto por una mujer ciega y un marido sordo.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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