Muerte en Venecia

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Muerte en Venecia es un viaje a través de la laguna Estigia en compañía de un muerto: Gustav von Aschenbach. Un hombre al que no hace falta que le deje de latir el corazón para verificarlo. Ha fallecido hace años. Ha pactado con el orden burgués convirtiéndose en un ángel domesticado. Un escritor que recibe premios y condecoraciones, esclavo de sus obligaciones e imagen exterior, de la pedagogía y la utilidad científica literaria, el prestigio, que en realidad apenas tiene nada que transmitir. Palabras regias, discursos que, sí, serán aplaudidos pero no conmoverán, serán aplastados por el protocolo y la rutina. La danza ritual de lo ya establecido. Aunque Muerte en Venecia lógicamente no es sólo esto. No es únicamente el retrato de un desvanecimiento, una descripción más o menos acertada sobre los artistas burgueses occidentales y su decadencia. Un reflejo novelesco de las crisis y tensiones internas que, a principios del siglo XX, vivía el propio Thomas Mann, obligándole a solapar su homosexualidad y escribir con rigidez marcial para no quebrar su sueño de convertirse en el nuevo Goethe o ser expulsado de los cenáculos literarios, conduciéndole posteriormente en un alarde de banal y orgulloso nacionalismo a apoyar la entrada de su país en la Primera Guerra Mundial. Ok. Sí. Por supuesto que en un primer plano, Gustav von Aschenbach es en esencia todo aquello que acabo de afirmar. Pero en otra dimensión, es sobre todo una metáfora del alma alemana. Una búsqueda de sus raíces y un intento de explorar en ellas dónde se encontraba su carácter dionisíaco en trance de extinción conforme el progreso, la racionalidad y el poder de la burguesía industrial emergente socababan los rasgos nocturnos del arte.

Veamos porqué. En primer lugar, es necesario comprender que las raíces germánicas se apoyan en dos supuestos aparentemente antitéticos. Su inclinación por lo griego (lo apolíneo) que la distingue del resto de naciones de su entorno más proclives a lo romano (latino). Y sus presupuestos romántico-dionisíacos que en gran medida no son entendibles sin la derrota sufrida ante Napoleón que obliga a la nación a reconstituirse en torno a un movimiento opuesto al clasicismo ilustrado francés y le permite retomar y fusionarse natural y espontáneamente con su pasado crepuscular: las historias de nibelungos y mitos nórdicos en general. Sin embargo, Von Aschenbach es un hombre muy alejado de esta faz nocturna. Es un hijo del luteranismo, un obrero del conocimiento que camina negando las sombras o al menos sin desear reconocerlas como en gran medida estaba realizando la sociedad alemana de su tiempo apartándose rápida, peligrosamente de ese romanticismo del que tanto se había enorgullecido hasta hacía muy poco tiempo en un proceso que por ejemplo Friedrich Nietzsche no podía valorar más que como una tremenda claudicación ante el espíritu burgués. Significativamente, en la novela de Mann, antes de partir hacia Venecia, Von Aschenbach hace escala en Trieste. Allí donde murió a manos de un delincuente común, uno de los modelos que le inspiraron para componer su personaje: Johann Joachim Winckelmann. El fundador de la historia del arte. Un enamorado de la cultura clásica que en parte contribuyó a enraizar la psique germánica con el modelo de belleza clásico griego. Es decir; nos dirigimos a través de una narración que avanza y retrocede como la niebla aclarando y ocultando indistintamente fragmentos de la realidad, por la memoria de uno de los referentes en fortificar los cimientos del edificio apolíneo y la exagerada racionalidad cultural germánica (Winckelmann) para a continuación caminar hacia Venecia. La ciudad donde murió Richard Wagner. El artífice gracias en gran medida a los delirios del alucinado y melancólico Luis II de Baviera de reconectar el alma teutona con su espíritu dionisíaco, telúrico y confundir su espíritu romántico con el simbolismo creando inmortales monumentos decadentistas donde el espíritu de la naturaleza se derrama en vino y sangre conforme los nibelungos y enanos avanzan sedientos de sangre y justicia a través de los bosques.

El viaje a Venecia es por tanto una búsqueda de identidad individual pero también colectiva. Un intento de brotar vida en raíces que comienzan a estar muertas, malformadas y anuncian casi irremediablemente la llegada de un gran conflicto, la gran guerra, a través de las que canalizar todas las contradicciones que crecen en el corazón de Europa. Una Alemania cuya alma se refleja en la de Thomas Mann y viceversa cuyo edificio está creciendo de espaldas a la vida. Fascinada por el trabajo, el progreso, la racionalidad y un romanticismo utilitario que niega la noche y los mundos lóbregos generando una cultura muerta, una vida muerta que se corresponde con el cementerio que visita Von Aschenbach, antes de su frustrante viaje a Trieste,  en una escena llena de simbolismos, como todo el libro en general, que pudiera indicarnos que en realidad es su propio espíritu el que asiste a su entierro. Aunque todavía no es consciente de su muerte. No ha olvidado quién era. Para lo que tendrá que recorrer de la mano de Caronte  -el gondolero que no le cobra el pasaje y lo conduce a la cuidad del placer y el ocio baldío- el río Leteo. Los canales de una espectral urbe que tal y como aparece en la obra de Henry James, Arthur Schnitzler o Giacomo Casanova, se muestra refulgente y oscura, nocturna, leve y misteriosa. Surge como una alucinación ante nosotros insuflando a la narración un aire de vaporosa fantasía en la que se entrecruzan realidad y sueño, muerte y vida, día y noche, creando el ambiente propicio para que finalmente el apolíneo Aschenbach pueda reconocerse, vía su amor platónico Tadzio,  en el lado dionisíaco y por tanto pueda morir. Pues al igual que no hay día sin noche ni luna sin sol, nadie puede morir si no vive y en gran medida hasta que no cae prendido de ese ángel terrible que es el adolescente polaco, el escritor burgués no revive. O más bien, es totalmente consciente de que ha dejado de vivir hace mucho tiempo y aceptando este hecho, pintándose el rostro y carnavalizándose en una escena que muestra su paso al otro lado del límite, es que al fin puede morir. Olvidarse de sus cargos y premios y acercarse a su “ser”.

Hay muchísimos simbolismos en Muerte en Venecia.Prácticamente no hay ninguna página que no pueda ser leída en clave greco-latina o que pueda conectarse con los procesos internos históricos vividos por la Alemania de principios de siglo y sus intelectuales. Con los inciertos recorridos a través del Averno. Y es inevitable aludir al Fedro platónico y la explicación que hace allí Lisias del deseo como desenfreno para entender el mórbido amor inmaterial que hace perecer a Von Aschenbach. Aunque más que en los simbolismos, en la similitud entre el comportamiento del escritor burgués y esa peste, -lo incierto-dionisíaco extendiéndose por sus territorios de control- me gustaría insistir en la desesperada pregunta que a mi entender planea por toda la narración como lo hizo a lo largo de toda la vida de Thomas Mann. Esto es; ¿cuándo y cómo se legisló el amor?, ¿en base a qué ley el hombre se atrevió a juzgar a otro hombre por sus preferencias amorosas?, ¿quiénes somos nosotros para subrayar lo que es bueno y malo en el amor?, ¿es posible juzgar el acto amoroso?, ¿no es el principio de la racionalización del amor, el consabido amor platónico, el comienzo de su extinción?, ¿quiénes somos cualquiera de nosotros para opinar sobre la vida privada e íntima de cualquiera de nuestros semejantes?, ¿seremos capaces de volver a convertir el amor en un refugio de libertad y no en la cárcel en que se ha convertido actualmente?, ¿ante qué dios hay que protestar por esta afrenta?, ¿cuántas veces tendremos que morir por el mero hecho de querer rozar un cuerpo, desearlo?, ¿cuándo se convirtió el amor en legislable? Preguntas que si nos fijamos insisten en crear trasvases hacia aquella vía lunar que fascinó siempre a Thomas Mann porque tuvo que negarla, reprimirla y contenerla dentro de sí mismo para triunfar. Conseguir la aceptación. Logros que, en su caso, no fueron sinónimos de felicidad sino de derrota y decrepitud. De añoranza veneciana. Pulsión tanática muy alejada de lo erótico que invoca ocasos, declives y decadencias sin fin. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

        No intentes poner recta la sombra de un bastón torcido

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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