Nikolai Berdiaev o el último místico

0

Hace varios años escribí un artículo sobre el gran Nikolai Berdiaev para la revista El coloquio de los perros que con sus respectivas modificaciones, dejo a continuación:

 Nikolai Berdiaev: el último místico

Nikolai Berdiaev (Kiev, 19 de marzo de 1874 — Clamart, París, 24 de marzo de 1948) no fue sólo un gran ensayista y escritor sino, ante todo, un enorme pedagogo. De hecho, creo que si algún pensador dentro del siglo XX nos permitió comprender de manera clara y sencilla los procesos políticos, artísticos y sociales que han llevado al arte del siglo XXI al aparente callejón sin salida en el que nos encontramos actualmente, fue él. Tanto es así que considero que la indiferencia y el desconocimiento absoluto que provocan su nombre, son hechos muy esclarecedores para explicar la época artística confusa, ambigua y desordenada contemporánea. Asunto este que aún produce mucha más angustia y sorpresa cuando se observa la sobreexposición que se le ha concedido a determinadas obras y pensadores posmodernos capaces, sí, en muchos casos de reflexionar con cierta lucidez sobre los fenómenos sociales o artísticos actuales pero, por otro lado, muy poco hábiles para emocionarnos con sus palabras. Tal vez por el punto de vista o el método crítico utilizado —muy cercano al sociológico— demasiado abstracto y mecánico como para dar respuestas universales a los interrogantes humanos.

Supongo que no seré yo el único que opina así. Muchas de las obras filosóficas, políticas, sociológicas o ensayísticas que intentan adentrarse en los procesos que vive actualmente el mundo globalizado nos resultan lejanas. Son casi teoremas del pensamiento porque adolecen de tal falta de perspectiva humanista a la hora de afrontar la cuestión tratada —sea ésta artística, religiosa, política o social— que terminan por establecer una especie de diálogo solipsista consigo mismas que, en demasiadas ocasiones, deja al lector aún más perplejo y confundido tras haber buceado en ellas.

Seguramente, este hecho que acabo de indicar se explique porque gran parte (por no decir la casi inmensa totalidad) de la alta cultura actual procede de aulas y revistas universitarias que evitan abordar los eventos y hechos actuales desde un punto de vista humanista o, como peyorativamente lo denominan, “impresionista”. Una actitud que sería esencial para comprender gran parte de los “acontecimientos” que estamos viviendo hoy en día y que nos conciernen como seres humanos. Algo que Michel Foucault denunció en su célebre ensayo Las palabras y las cosas al afirmar que en la ciencia actual y, por consiguiente, en las distintas materias de conocimiento —como, por ejemplo, la crítica de arte, la filosofía o la crítica literaria— el ser humano había desaparecido.

Una circunstancia que explicaría, en gran medida, el que prácticamente no se hable de ese magnífico ensayista que fue Berdiaev: un soberbio escritor que, desde un punto de vista cristiano, gnóstico y filosófico analizó y diagnosticó como casi ninguno de los reputados pensadores actuales, el estado del ser humano en el siglo XX. Ese oscuro callejón de salida hacia el que se dirigía como, asimismo, el renacer eterno e imperecedero que latía en su seno y podía salvarlo, si se reconocía como hijo de Dios.

Exactamente —entre muchas otras ideas, concepciones y puntos de vista hoy en día totalmente desvirtuados por la crítica actual— este es el punto de partida de la obra de Berdiaev y el que explica tanto su mágica y afortunada concepción como su actual descrédito: haber sostenido frente a las ideologías imperantes en su época como el comunismo, la modernidad, el laicismo, el ateísmo o el positivismo más radical que es el hombre la figura central de este y de todos los tiempos. Y que lo es no tanto por su mente, su capacidad de trabajo o su dominio de la ciencia sino, sobre todo, por la creación de obras de arte que son la manifestación de su capacidad de amar. Su libre manera de responsabilizarse y comprometerse ante sus semejantes. Perspectiva esta en la que, desde luego, se encontraba sumamente cercano al cineasta Andrei Tarkovsky que, bajo mi punto de vista, es el artista con el que más concomitancias tiene y el que mejor y más sabiamente ha rescatado su mensaje a través de su obra cinematográfica.


A este respecto, me parece inevitable referirse a su obra maestra, El sentido de la creación (1916). Un libro que debería ser revisado por lo menos una vez al año y que puede leerse como una plegaria, un ensayo filosófico de dimensiones bíblicas y un tratado místico-religioso sobre las razones de la existencia del arte que dialoga con la filosofía nihilista, la teosofía, la teología mística, la tradición greco-romana o, mismamente, el paneslavismo. Una verdadera maravilla donde Berdiaev ahonda con un lenguaje poético de una belleza casi bíblica en el acto creativo. Explicando a través de distintos movimientos artísticos la importancia del advenimiento de Cristo. El mártir cósmico del Nuevo Testamento que habría roto definitivamente las cadenas de la esclavitud arcaicas. Aquellas fuerzas salvajes y míticas sin atisbo de trascendencia que unían todavía a los hombres y la tierra en el Antiguo Testamento sin permitirles alzarse para buscar las promesas y rosas celestes.

Sí, verdaderamente, Berdiaev, como los grandes gnósticos y su amado Fiodor Dostoievsky —a quien dedicó el libro más sencillo, breve y, al mismo tiempo, más completo de los que se han escrito sobre el genial creador de Crimen y castigo— supo explicar con magia sublime la evolución espiritual que conducía del Adán al Cristo o de la primera mujer, Eva, a María. Logró ahondar en los motivos por los que en el Nuevo Testamento se sentaban las bases de un auténtico renacer ontológico del ser humano que debía asumir responsable, lúcida y conscientemente su propia libertad si no quería autodestruirse para siempre. Una lectura sobre la misión del hombre y el arte que muchos considerarán obsoleta -sin haber leído el libro- pero que al menos yo encuentro totalmente revolucionaria y ausente de todo prejuicio. Tanto que no es de extrañar que, a lo largo de  su vida, se viera obligado a enfrentarse a todo tipo de rechazos e incomprensiones, a pesar de que diagnosticó y profetizó como muy pocos tanto el destino y futuro de su amada Rusia como el del Occidente moderno.

Desde luego, vistos el empuje, fe y coraje crístico de la obra y vida de Berdiaev, no resulta en absoluto extraño que conectase con un escritor como Mihail Bulgákov. Pues sus enseñanzas no están en absoluto alejadas de las propuestas en El maestro y Margarita, de tal modo que podríamos sugerir incluso que ambos autores se retroalimentaron. Trabajaron duramente para reflejar las las dimensiones ocultas de la existencia. Poniendo en primer plano el ejemplo crístico con el fin de conseguir que el ser humano adquiriera una libertad responsable que, en gran medida, traspasó las fronteras y muros ateos levantados por el existencialismo sartreano.

Exactamente, Berdiaev supo combatir y traspasar el nihilismo en el que habían caído progresivamente tanto el arte como el ser humano del siglo XX y sólo por esto ya merecería la pena tenerlo en cuenta. Ya que en un mundo plagado de mensajes confusos, ambiguos, derrotistas y escépticos, fue de los pocos que fue capaz de concedernos una visión sentida, sufrida, razonada y equilibrada del sentido de la vida del hombre. De los motivos por los que merece la pena vivir, aún y a pesar de haber tenido que pasar gran parte de su existencia en el exilio, lejos de su amada patria y ser testigo de algunas de las mayores atrocidades que el hombre haya podido concebir.

Además, me parece necesario resaltar que la prosa de Berdiaev rehuye todo adorno suplementario. Se muestra simple y escueta sin dejar de ser elaborada y meditada y fluye con una solidez como la de muy pocos de los filósofos contemporáneos. Pues —y esta es otra de las claves para comprender la esencia espiritual de su obra— el ensayista ruso se acercó a los fenómenos estudiados con la rigurosidad propia del más avezado crítico pero con alma de poeta, de tal manera que no hay escrito suyo que no mueva el corazón, divierta, conmocione o provoque en su lector las emociones más intensas. Esas emociones que debería concitar la gran filosofía o la gran crítica a la hora de acercarse a comprender la naturaleza de los hechos, la realidad y el arte por fuerza de verse implicada por estos fenómenos de manera ineludible.

Efectivamente, la prosa de Berdiaev es sencilla pero posee tal sabiduría crítica que termina por hacernos partícipes del misterio de la existencia; del material místico que vibra entre los colores de los frescos de Andrei Rublev o en los enigmáticos rostros dibujados por El Greco. De hecho, al leerlo, se siente hablar al arte. Se siente que es el mismísimo arte y las obras de decenas de autores que hasta entonces permanecían silenciosas y ocultas a nuestra mirada, las que nos revelan con espíritu amoroso y amable sus secretos y misterios, permitiéndonos comenzar a vislumbrar cuál fue realmente el motivo de su engendramiento. La razón por la que todavía sentimos fascinación por muchas de ellas.

Pienso que bastan estas palabras para que quienes no lo conozcan, puedan hacerse la idea de quién era este ensayista. Un profeta del verbo que ya advirtió, por ejemplo, en su Una nueva Edad Media, sobre la futura destrucción de las clases medias y el advenimiento de un mundo nuevo dividido entre ricos y pobres. Dejó dicho, por ejemplo, que con el transcurrir del tiempo, se produciría una exacerbación de las nacionalidades regionales que tal vez podría agrupar a decenas de miles de individuos en centros de poder en los que forjar un sistema social sin dueño ni amo alguno muy cercano al de la primera Edad Media.

En fin, finalizando ya, me gustaría insistir en que toda la obra de Berdiaev —y basta asomarse de nuevo a leer su explícita y más que recomendable Autobiografía espiritual— se encuentra escrita como un susurro o mensaje que nadie quisiera o pudiera escuchar pero bajo cuya sombra habita la verdadera rosa profunda que dota de espíritu, cuerpo y alma a los individuos y los pueblos: la fe. De hecho, siendo sinceros, tal vez allí radique el aprecio o rechazo que la obra de este escritor pueda producir: en la fe que poseamos. Una fe en el ser humano y su dimensión espiritual que, como al Domenico que camina taciturno en el film de Tarkovsky, Nostalgia, tendría que permitirnos encontrarnos a nosotros mismos. Llegar a saber distinguir lo accesorio de lo fundamental dentro del caos y comprender el sentido último de la vida humana que, para Berdiaev, se encontraba perfectamente explicado en la simbología cristiana y en la vocación artística.

Exactamente, Berdiaev es uno de los escasos pensadores que nos han permitido dialogar en tiempos de crisis con nuestro pasado y nuestro posible futuro y si esto es así es por la innegable dimensión espiritual de su obra que supo entender como pocas la esencia contradictoria del pueblo ruso tan bien retratada por Dostoievsky y puesta de manifiesto en el reino y arte bizantinos. Vislumbrando perfectamente las trampas del igualitarismo. Razones por las que considero que siempre hay que regresar, antes o después, a la lectura de sus textos como se vuelve a un escuchar una melodía de Johann Sebastian Bach, un pasaje de Nietzsche (filósofo al que el escritor ruso amó, comprendió y supo rebatir como pocos) o una película de Andrei Tarkovsky.

De hecho, es un pensador tan puro y exacto que obliga insistentemente a bucear entre sus páginas para encontrar esa luz que nos devuelva el sentido de lo humano en un mundo cada vez menos interesado en meditar, asumir la responsabilidad individual y el don de la libertad personal y creativa. En verdad, si algo tenía claro el ensayista ruso era que su cometido consistía en mostrar los senderos a través de los que las almas de los seres humanos pueden seguir construyéndose en libertad responsable hacia los demás (el amor) y abolir todo falso apotegma que intentara esclavizarles.

Si el mundo puede ser pensado también puede ser cambiado en la medida en que cada hombre asuma su responsabilidad personal y acepte su propia naturaleza desde un punto de vista ontológico. Fe, creatividad, espiritualidad, libertad y sacrificio son el alimento y los dones del ser humano. Aquello por lo que merece la pena luchar: esta podría ser la última lección de un hombre como Berdiaev ajeno a todos los dogmas, estilos y clasificaciones. Un místico del pensamiento que supo nadar a contracorriente en tiempos difíciles y casi que dio su vida por mantener encendida la llama sagrada del arte como medio de salvar al ser humano. Shalam

 إِنَّ بَعْدَ الْعُسْرِ يُسْرًا

 Decir la verdad es como escribir bien, se aprende practicando

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo