Noviembre

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No sé si existe un grupo contemporáneo con una discografía tan potente y exultante como la de Opeth. Probablemente sí pero o lo desconozco, o no se me ocurre. Lo que sí sé con absoluta certeza es que sólo un capuzón profundo en su música, asfixiándome entre esas melodías surgidas de la mezcla de un vendaval y un poema oscuro, podía ir introduciéndome lentamente en el estado de ánimo necesario para retomar Los puercos. La tercera y última parte de una trilogía del horror, que requiere demasiado de mi parte para ser completada: violencia, asco y frialdad. Sordidez y locura. Escribir con un ojo mirando un retrato de Thomas Bernhard y con el otro, la portada de un disco de Black Sabbath. Rememorando escenas de La profecía, frases de Elfried Jelinek, canciones de Scott Walker y esos rincones del alma oscurecidos por las melodías surgidas de la esquiva mente de Arnold Schoenberg. Llevo dos, tres días escuchando continuamente los tres primeros discos de la banda sueca –Orchid, Morningrise y My arms, Your Hearse– y todavía estoy asimilándolos pero desde luego que ya puedo afirmar que son estremecedores. Gritos de árboles siendo degollados por asesinos furiosos. Profundos anocheceres cayendo sobre el recuerdo de mujeres ahogadas. Salmos bíblicos entonados en mitad de colinas nevadas. Y abrasivos cánticos hedonistas dedicados a bestias, susurrados eso sí, con una delicadeza y una sensibilidad especiales. La furia de un lobo enloquecido y el lirismo de un solitario hippie.

Es fascinante cómo resuenan cada una de las influencias -Iron Maiden, Judas Priest, Metallica, Slayer, Scorpions, el punk subterráneo y el rock progresivo- de Opeth en estos discos y cómo logran hacerlas suyas. No las niegan sino que las muestran con absoluta sinceridad. Una actitud que me parece sumamente loable y que comparto. Porque no se trata en mi caso de, al menos en Los puercos o Ruido, escribir como Thomas Bernhard. Se trata de serlo. Convertirse en Bernhard por unas horas para conseguir escuchar mi voz en la profundidad de las cavernas. Intuirla mientras camino por la ruta que conduce a esa tradición que tantas veces nos aplasta y de seguro nos destruye en el caso de no ser capaces de asimilarla. Desaparecer en su vértigo. Aunque soy de los que opina que en gran medida, debemos dejarnos aniquilar por ella. Permitir que nos corte en rodajas el cuello y las manos y que nos moldee como desee. En parte, a este proceso -el asesinato de la personalidad- lo denomino yo escritura. Crear. Que en gran medida supone ir en busca, sí, de la voz propia pero para enterrarla. Y dejar hablar a la literatura en su lugar. Algo que se percibe claramente en la música de Opeth. Persiguiendo el rastro de la música que aman, encuentran faros, conventos, ventanillas que dan a iglesias donde sentarse a digerirlas, transformándolas en lienzos ásperos y agrios de belleza sangrienta. Las llagas y cicatrices de animales heridos corriendo por bosques donde aparecen espectros y jardineros violentos que cada palabra que emiten es una violación. Una cicatriz en carne viva rascando el pubis de monstruosa señoritas. Un rastrillo arando una tierra estéril llena de cemento y mierda. O una lengua recorriendo la piara cultural sacándola llena de mierda (y dinero).

Existe una característica en la música de Opeth que amo especialmente: la profundidad de campo de cada una de sus composiciones, la cual siempre remite a otros lugares y espacios sin necesidad de adoptar un tono poético o sobreactuar. Pues le basta con dejarse ir. Tratar de la misma forma el black y el death metal que el folk. Cuando además, la música se detiene y se deja de escuchar el furor de los ogros y los tiburones enjaulados, se percibe el silencio. Un silencio total que no rompe ni aturde o sorprende sino que más bien envuelve. Mece en la angustia al oyente. Cada pausa y recodo de paz en los discos de Opeth posee el efecto de una almohada de cuyo interior pueden surgir en cualquier instante, murciélagos y ratas. Porque en esencia, la tranquilidad aquí es silenciosa, sí, pero violenta. Un puñal que destroza ilusiones pero al mismo tiempo corta ligaduras. Permite que los amantes se besen en medio del terremoto. La invasión del enemigo del castillo. Pues la épica de Opeth es la de la muerte. Sus discos no están hechos para el presente sino para conquistar la eternidad. Son destellos de truenos. Fotografías en blanco y negro de tormentas lejanas por medio de las que recuperar el ruido del pasado para conducir sus gritos, quejidos y dolores a través de galerías subterráneas y puentes colgantes, al futuro. El mundo que surgirá tras el Apocalipsis y la llegada de los ángeles sangrientos y valientes. Shalam

إِنَّهُ لَيَعْلَمُ مِنْ أَيْنَ تُؤْكَلُ الْكَتِفُ

El agua que no fluye, termina por ensuciarse

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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