Overlook

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Leyendo el ensayo de Simon Roy sobre El resplandor, Mi vida en rojo Kubrick, descubro varios datos que me resultan fascinantes. La novela brotó de la mente de Stephen King tras albergarse en la célebre habitación 217 del hotel Stanley, situado en las montañas del Estes Park. Allí pernoctaría una sola noche puesto que “el establecimiento, prácticamente vacío, se disponía a cerrar por una temporada larga al día siguiente de su marcha”. Horas después, el escritor norteamericano se despertó agitado. Había tenido una pesadilla que no conseguiría olvidar: “su hijo de tres años corría dando gritos, aterrorizado, por los pasillos del Stanley. Decía que lo perseguía una manguera de bomberos maléfica”. De vuelta a su hogar, “King acribilló la máquina de escribir como un loco: el primer borrador de El resplandor tomó forma en menos de cuatro meses”.

Además de esta impresionante anécdota, Simon Roy revela otras tantas bastante jugosas relacionadas con el hotel Stanley que, obviamente, son más ficticias que reales. Son deliciosas leyendas urbanas o bien creadas por el inconsciente colectivo o bien por publicistas guiados por el deseo de atraer turistas de los propietarios. Señala por ejemplo que “los empleados de cocina aseguran haber oído ruidos de fiesta procedentes del salón de baile. Pero cuando van a ver qué ocurre lo encuentran siempre desierto. Otros dicen haber oído las notas de un piano en el propio salón de baile, estando vacío”. No obstante, sin dudas, la que más me ha gustado de todas es una completamente verídica. Porque entiendo que cierra elegante y oníricamente el círculo abierto por aquella pesadilla de King. Es digna de un filme de David Lynch. Indica Roy: “desde hace años se emite en bucle El resplandor en los televisores de todas las habitaciones del Stanley. En el canal 42, por supuesto”. Shalam

فقط أعداؤنا يقولون الحقيقة

Sólo nuestros enemigos dicen la verdad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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