Paradiso

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Recuerdo Paradiso como una inmensa nebulosa lingüística. Cascadas de adjetivos, rocosos nombres e inéditos verbos unidos como vísceras de cerdo y pelos de gato. Rayos, lluvia y truenos. Una tormenta silenciosa detenida sobre un cielo abierto del que descendían metáforas y hallazgos literarios, símbolos de lo extraordinario, con la misma facilidad con que lo hacían del Popol Vuh. Como si fuera un cofre repleto de tesoros navegando sobre una tabla de madera en medio del océano, abierto de par en par. El rugido de una ballena herida o el de un tiburón al expirar.

Paradiso era un monumento. El estómago literario de un continente. Un faro solitario alumbrando la niebla del diccionario y la etimología. La Biblia del Caribe. El Quijote cubano. Un libro que ni siquiera necesitaba destrozar el lenguaje para crearlo. Convertir el mundo en un reflejo de lo escrito en aquellas páginas inspiradas por Dios. El génesis americano. Pero también su Apocalipsis. Un lienzo en el que los extremos se tocaban y separaban constantemente. Lo más parecido a una excursión por la selva o una inmersión en el Pacífico. Un gigantesco chorro de vida cuyo corazón se abría sin cortapisas ni timideces. Más allá del equilibrio. Lo hacía como un inmenso bananero o los enormes árboles del Trópico. Con un afecto y cariño sin reservas y también sin educación ni excesivos miramientos. Como abraza la tierra húmeda, el barro, el agua del mar a los hombres. Sin esperar ni necesitar que le devuelvan el gesto. Una mezcla de bondad y salvajismo que finalmente revela sabiduría ancestral. Amor arcaico. Y casi divino. Como este libro arrancado de uno de los pedazos de la barba del dios judeocristiano, varias gotas de sudor de los dioses africanos y trozos rotos del vestido de las divinidades caribeñas, isleñas.

Paradiso era una ingestión de sabores y lenguaje abusiva. Casi un atracón. Una mezcla entre una canción interpretada al piano por Bola de Nieve y un poema de Sor Juana Inés de la Cruz y Góngora. Un verso de Neruda alargado al infinito escrito durante el transcurso de un huracán. Música dodecafónica interpretada por tambores africanos. Un dulce monumental, fastuoso e inédito. Una aventura, esta sí, absolutamente inimitable e irrepetible. El alma americana sin más intermediarios que el lenguaje castellano deformado y descompuesto, llevado a unos extremos de gravedad y aire y brisa condensada de olores, que Valle Inclán o Unamuno jamás hubieran podido imaginar. Y tal vez tampoco Alejo Carpentier. El tiempo en aquella aquella bebida llena de azúcar, flores y ciertos vestigios de seriedad y añoranza, era pétreo. Casi una estatua. Porque era total. Las horas pasaban como años y las páginas parecían ser capítulos porque la novela era muchos libros al mismo tiempo. Una historia de aprendizaje y crecimiento que en el fondo no era más que un trozo de vida. Un mundo transustanciado en existencia, casi una experiencia religiosa, gracias a una literatura absoluta, rígida y pétrea pero al mismo tiempo dúctil y abierta, difícil de asir, empeñada en retratar un mundo que era absolutamente único y diferente precisamente porque contenía en sí mismo, a todos los mundos. Los accesibles y también los impenetrables y angostos. El choque entre la cosmogonía medieval y salvaje, el movedizo mundo americano y el gastado europeo en una ciudad colonial, casi fantasmagórica, en donde, como en Proust, el tiempo no era más que la medida de los recuerdos de sus habitantes.

Lezama Lima, sí, fue el primer escritor-dios y también el último. Un elefante literario. Uno de esos escasos creadores que podemos considerar eternos. No importan la indiferencia, las modas o los intrincados estudios literarios que se le dediquen. Ninguna de esas rémoras podrán jamás acabar con el sabor a puro caro de su prosa, su acento de nutria o el tamaño de un alma que es el presente, el futuro y el pasado de la prosa en castellano. Y de su arte. Uno de esos escasos escritores que consiguen que, cuando se los lee, se detenga el tiempo y nos sintamos flotando en frondoso mares míticos. Aquellos en los que las sirenas emiten cánticos que aseguran que ese barco jamás naufragará. Seguirá surcando los mares durante siglos y siglos como Jasón y sus Argonautas, cuando acaso nuestra memoria se haya extinguido y del capitalismo sólo se tenga recuerdo por una imagen similar a la que cierra El planeta de los simiosShalam

 عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 El amor es ciego, sí, pero el matrimonio le devuelve la vista

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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