Paradiso

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Recuerdo Paradiso como una inmensa nebulosa lingüística. Una novela en la que los adjetivos aparecían en cascadas y los sustantivos y verbos parecían haber sido inventados en ese mismo momento. Proceder de los cielos y haber sido colocados en las páginas del libro por la mano de un dios obtuso. Paradiso era, sí, una novela inmensa. El rugido de una ballena herida o el de un tiburón al expirar. Una tormenta lingüística de la que descendían constantemente metáforas y hallazgos literarios con la misma facilidad con la que lo hacían del Popol Vuh.

Paradiso es un monumento de las letras hispanoamericanas. El estómago literario de un continente. Un faro solitario que no cesa de alumbrar el diccionario y la etimología. Es la Biblia del Caribe. El Quijote cubano. Un libro que ni tan siquiera necesitaba destrozar el lenguaje para crearlo. Convertir el mundo en un reflejo de lo escrito en sus páginas. Un regalo artístico arrancado de uno de los pedazos de la barba del dios judeocristiano, varias gotas de sudor de los dioses africanos y trozos rotos del vestido de las divinidades caribeñas, isleñas.

La lectura de Paradiso es una experiencia porque la novela es prácticamente El génesis de la expresividad cubana y americana. Pero también su Apocalipsis. Es casi una inmersión en el Pacífico lingüístico. Un gigantesco libro lleno de chorros de vida cuyo corazón se abría como un inmenso bananero o los enormes árboles del Trópico. Con un afecto y cariño sin reservas pero también sin educación ni excesivos miramientos. Como abraza el agua del mar a seres humanos. Con una mezcla de bondad y salvajismo que finalmente revelaba sabiduría ancestral. Amor arcaico y casi divino.

Paradiso era una ingestión de sabores y lenguaje abusiva. Casi un atracón. Una mezcla entre una canción interpretada al piano por Bola de Nieve y un poema de Sor Juana Inés de la Cruz y Góngora. Música dodecafónica interpretada por tambores africanos. Un dulce de nata enorme. Una aventura literaria absolutamente inimitable e irrepetible.

En Paradiso, el lenguaje era casi escarcha. Llegaba a unos límites y grados de condensación que Valle Inclán o Unamuno jamás hubieran podido imaginar. Y tal vez tampoco Alejo Carpentier. Y el tiempo era prácticamente una estatua porque era total. Recuerdo que en aquella novela, las horas pasaban como años y las páginas parecían ser capítulos porque Paradiso era muchos libros al mismo tiempo: una historia de aprendizaje y crecimiento. Un testimonio del choque entre la cosmogonía medieval y la salvaje, entre el movedizo mundo americano y el gastado europeo en medio de una ciudad colonial, casi fantasmagórica, que se mantenía en pie gracias a los recuerdos de sus habitantes. Una descripción de olores, sabores y sensaciones que era prácticamente una transubstación de Cuba. Y también, un frondoso mercado de especias y frutas lleno de pulso poético.

Lezama Lima fue el primer escritor-dios y también el último. Un elefante literario. Uno de esos escasos creadores que podemos considerar eternos. No importan ni la indiferencia ni las modas ni los intrincados estudios literarios que se le dediquen. Ninguna de esas rémoras podrán jamás acabar con el sabor a puro caro de su prosa, su acento de nutria o el tamaño de un alma que es el presente, el futuro y el pasado de la prosa española. Lezama, sí, fue uno de esos escasos escritores que consiguen que, cuando se leen sus libros, se detenga el tiempo y nos sintamos flotando en frondoso mares míticos. Uno de aquellos cuyo espíritu continuará fresco y puro sobre los cielos cuando acaso nuestra memoria se haya extinguido y del capitalismo sólo guardemos imágenes similares a la que cierra El planeta de los simiosShalam

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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