Peste

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El Diario de la peste de Daniel Defoe es un libro que por supuesto utilizaré en Los puercos. Y si es posible, samplearé en varias ocasiones. El tema es tan subyugante, un relato de la epidemia de peste que asoló la ciudad de Londres en 1665, como la forma de narrar del escritor inglés a medio camino entre el texto periodístico y la novela de testimonio. He de reconocer, eso sí, que la mayoría de obras de arte que se han acercado a la epidemia me fascinan. Tal vez porque la más terrible pandemia que haya existido jamás fue un peligro tan abrasivo, una manifestación tan rotunda del horror, que en mi imaginación y supongo en la del inconsciente asiático y occidental, representa algo parecido a contemplar la muerte caminando. Encarnada en un cuerpo material dispuesta a cercenar la cabeza y cuerpos de quien se encuentre enfrente, detrás o a su lado. La peste destrozó tantas o más vidas que las guerras durante la Edad Media. Fue un azote mayor que el de Atila para sus enemigos. Una guerrera más difícil de vencer que cualquiera de los héroes occidentales. Su renombre, de hecho, se confunde con el del Mago Merlín, el caballero de la carreta, viejos juglares o el rey Arturo y casi que los supera. Un mendigo caía en una sucia calle entre la neblina mientras se escuchaban las campanadas de la catedral o una iglesia cercana y la tierra entera temblaba. Porque la peste era una aniquiladora mayor que cualquier catástrofe natural conocida o por conocer. Peor que un terremoto que al levantar el suelo hiciera emerger un pulpo gigantesco de las entrañas de la tierra o un volcán cuya lava destruyera el mundo en erupción e hiciera suicidarse a la mayoría de la población antes de ser devorados por sus flujos.

Lo terrible del libro de Defoe es que la Gran Plaga que nos describe y casi que acabó con la quinta parte de la población de Londres (entre 70.000 y 100.000 víctimas), se produjo prácticamente tres siglos después de la primera y tres décadas más tarde que la de Milán. Lo que quiere decir que no era esperada. Y que su aparición no sólo fue trágica como era habitual sino una sorpresa. Un delirio fantasmagórico inexplicable al que acaso sólo alcanzamos a darle una explicación cabal, revisando el comportamiento inhumano de los occidentales por aquella época en América. Una cruel actitud que les hacía acreedores y merecedores de cualquier desgracia por más que no sé si esta ominosa tragedia fue demasiado. Porque el relato de Defoe no deja lugar a dudas. Lo que se vivió durante el año de 1666 (¿se fijaron por cierto en la fecha?) fue una alucinación horrorosa de inmensas dimensiones absolutamente imposible de racionalizar. Y no es extraño que cuando Defoe creciera, obsesionado o martirizado por las imágenes, visiones de muertos encanecidos, los llantos y los gritos de los ahogados y perseguidos por la vieja Parca que se cruzaban a su alrededor, decidiera dar testimonio de uno de aquellos eventos que ponían a prueba la fe de seres humanos. Hombres y mujeres desesperados que clamaban por el fin del mundo o se abrazaban de la mano de la iglesia, los brujos o los echadores de fortuna para no desfallecer. Perder la cabeza entre las brumas de una realidad angustiosa que superaba los delirios subversivos de El Bosco y destruía los cráneos de los esperanzados y caritativos entre las brumas de una ciudad convertida en una monstruosa masa amorfa indiferente a los vivos y a los muertos que rugía con cada gesto de amor; asimilable, como le escuché hace unos días al escritor de Vigilia del asesino, a una de aquellas fronteras destruidas por el miedo y la sangre tan habituales en los relatos de zombies actuales.

Hay muchas anécdotas que me interesan de este contenido, maduro relato que refleja con sobriedad maestra el horror. Sobre todo, las que se desarrollan en torno a aquellas tumbas donde se arremolinaban familiares de las víctimas, muchos de los apestados se arrojaban antes de morir o de tanto en tanto emergía entre la mugre un hombre vivo y aún no infectado. Y por supuesto que me parecen sumamente morbosas las historias de los enclaustrados en las casas. Quienes huían de allí o aguardaban entre los retratos de sus deudos a esperar la muerte y las de quienes, habiendo perdido el pudor y la vergüenza, alocados y enfurecidos, se arrojaban sobre sus amigos y familiares y les contagiaban la enfermedad con la soltura y ligereza con la que los borrachos se consumían en el alcohol para soportar la experiencia o los visionarios y decidores de fortuna desaparecían conforme la peste se imponía a sus predicciones, temerosos en muchos casos de que pudieran acusarles por las muertes de sus seres queridos.

En cualquier caso, en Los puercos, los habitantes de los poblados tienen más miedo de los jardineros que de la peste. De hecho, cuando poseen un atisbo de que pudieran ser contagiados por alguna enfermedad, se dejan destruir, mecer en sus hieles de frío y hielo muy gustosamente. Otro de los aspectos retorcidos de esta novela que, como ya he dicho, mirará de soslayo al libro de Defoe. Un fresco destructivo sobre uno de los más intensos naufragios de Occidente. Un mundo barroco en confrontación con lo absoluto hasta el límite de lo humano y más allá de lo inhumano que pinta con nocturnidad los contornos de esa espeluznante Londres que siglos después Jack London terminaría por transfigurar en alarido de podredumbre en otro nocturno ensayo, Gente del abismo, que dejaría muy claro que un mito (real o falso) como el de Jack el destripador no surgió por generación espontánea. Se fue incubando entre las cloacas de la conciencia de una población acostumbrada al maltrato y a las amenazas. A la presencia de abismales maldiciones entre las que podía surgir lo mismo un tifón o la garra de un galápago gigante que el pene tuerto de un bandido enviado por las élites o los masones para resucitar y mantener el miedo eterno en la población. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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