Principito

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Posiblemente, debido al auge de los libros de autoayuda, El principito ha sido considerada una novela pionera de este género. Algo lógico porque muchos de sus aforismos y enseñanzas se encuentran desperdigados entre los cientos de títulos que han inundado las librerías en las últimas décadas advirtiéndonos de los profundos males del materialismo. Pero, ciertamente, El principito es mucho más. Yo lo considero un libro existencialista. Una novela nacida de un inmenso sentimiento de soledad y desarraigo. Casi de la desesperación. Algo lógico porque Antoine de Saint-Exupéry comenzó a escribirla en el exilio. En una Norteamérica donde se había refugiado debido a la agobiante ocupación alemana de Francia, tras haber sido injustamente acusado de colaboracionista nazi. Una situación ciertamente estremecedora que podía muy  bien haberlo abocado al suicidio o a la depresión más feroz de la que pudo sobreponerse en parte escribiendo resignadas cartas a sus amigos ilustradas con dibujos de un muchacho rubio, que serían el germen de su texto más luminoso.

Es decir; El principito fue fruto de la hostilidad. Del desasosiego. Y en el fondo, era una llamada de auxilio. La carta de un náufrago. Un piloto de avión abrumado por la soledad de los cielos y el rumbo inmisericorde de Occidente. De hecho, la pureza que impregna el libro es directamente proporcional al encono experimentado por un hombre conmocionado ante el tremendo Apocalipsis bélico. La ausencia de humanidad de un mundo que se resquebrajaba a pedazos, los cuales intentaba recomponer por medio de un texto humilde y poético. Una novela con alma de cuento infantil y de alcances cósmicos.

Existe algo mágico e inaprensible en el personaje que da nombre al libro y creo que también es achacable a motivos personales. El autor francés había perdido a su único hermano varón cuando éste entró en la adolescencia y debía haber una tremenda congoja en su alma que, en parte, intentaría subsanar dando luz a un muchacho irreal. Una presencia fantasmagórica venida del espacio que iluminaba todo aquello sobre lo que hablaba y, en gran medida, se terminaba convirtiendo en un salvoconducto vital para el narrador de la novela. Un aviador que compartía rasgos y vivencias con el escritor.

Saint-Exupéry procedía de una familia burguesa venida a menos pero burguesa al fin y al cabo. Y eso es algo que se percibe a lo largo de toda la novela. El principito es, en el fondo, un burgués galáctico. Alguien que posee una concepción muy medida de la belleza y el decoro y, por tanto, sabe descifrar perfectamente el absurdo y alocado comportamiento de los personajes que pueblan la galaxia donde vive: el rey, el avaricioso, el farolero, etc. En realidad, la novela era una enorme crítica a todo ese mundo ampliamente descrito por Balzac y Zola cuya extensión y desarrollo había acabado estrangulando la espontaneidad y alegría. Y, desde luego, dice mucho del maltrecho estado de ánimo del escritor que tuviera que recurrir a un habitante de las estrellas para encontrar cierto resuello y esperanza. Algo por otra parte bastante lógico teniendo en cuenta que el mundo estaba tan contaminado de odio, que prácticamente sólo se podía responder con cierta eficacia a una situación tan desangelada con un relato de este tipo: un homenaje a la niñez y a la inocencia. Un recordatorio de la esencia del amor y la amistad. De todas esas pequeñas cosas aplastadas por la megalomanía moderna que habían quedado totalmente fuera de foco tras el estallido de las bombas atómicas.

Por méritos propios, El principito se ha convertido en un icono pop. Pero debería también serlo del surrealismo. Porque la novela ataca allí donde muchas de las obras del grupo comandado por Breton lo hizo. De hecho, es un intento de desautomatizar la mirada. Es un lienzo de Joan Miró hecho palabras. Un brutal ataque contra el mundo adulto. Una revalorización de las cosas que pone en entredicho la fabricación en serie industrial. Es un asalto contra el maquinismo. Un elogio de esas tradiciones y costumbres ancestrales que iban quedando de lado. Aunque también podría ser interpretado como un texto gnóstico. Una manifestación de la tremenda soledad del ser humano en el universo y de que únicamente podemos trascender a través del amor.

El principito es una novela excelentemente escrita. Con un tono que combina el de los viejos cuentos sufíes, fábulas y refranes y el árido y seco que caracterizó a la novela existencialista. Y además, está llena de esos hilarantes y sorpresivos diálogos que puso de relieve el teatro del absurdo. En realidad, es un clásico por su sencillez. Porque cada palabra está impregnada de magia. Y porque, parafraseando a Flaubert, el principito era Saint-Exupéry. Era el último rescoldo que quedaba sano en el corazón de un hombre torturado que había presenciado todo tipo de horrores pero aún así nunca perdió la fe. Siempre se negó a dejar de ser el niño que fue. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

El amor tiene fácil la entrada y difícil la salida

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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