Reyes trágicos

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¿Qué nos dice la obra de William Shakespeare sobre la monarquía?  Que en contra de las ideas poco a poco implantadas en los estados renacentistas, los reyes son indestructibles. Son potencias cósmicas necesarias para el equilibrio de la humanidad. Sobrevivirán a todas las crisis e incendios. Y el día del fin del mundo observarán desde los suntuosos aposentos de sus inexpugnables atalayas los rayos rojizos iluminando el lomo de sus caballos negros. Porque son eternos. Perpetuos. Pueden momentáneamente morir, sufrir crisis o estar en peligro de extinguirse, pero sus sombríos espíritus siempre vuelven. Sus espectros terminan invariablemente por regresar del más allá para proceder al ajusticiamiento de los traidores. Continuar indeclinables su severo reinado gracias a la lealtad de sus sangrientos y vengativos hijos y ejércitos dispuestos a restituir su honor.

Los reyes que aparecen en las obras de William Shakespeare son paranoicos. Viven en medio de sospechas. Escuchando mentiras de sus aliados y sus contrarios. Auscultando miradas capciosas en todos los rincones de sus castillos. Son bíblicos. Sus pensamientos son inmortales. Sobrevuelan los cielos como estelas sangrientas. Sus palacios no parecen estar emplazados sobre montañas, colinas o territorios históricos sino en medio del Universo. Y sus muertes no son únicamente físicas. No es tan sólo el acero el que degüella sus cuellos o se introduce en sus entrañas sino la voluntad de los astros. Diríase por tanto que las armas que acaban con las vidas de estos monarca son alzadas por los hombres pero son manejadas por telúricas divinidades desde las alturas.

Las tragedias de William Shakespeare reflejan el aturdimiento de los soberanos porque, aunque aparentemente se enfrentan a otros mortales, en realidad combaten contra Zeus, Yahvé y los demonios. Y también contra las voces airadas del vulgo que resuenan constantemente en sus cabezas. Y por eso no existe escena más triste y solitaria que imaginarse a un monarca shakesperiano victorioso, sentado en su trono con actitud marcial, al final de un drama. Porque, en caso de gobernar en paz, sólo podría hacerlo en un reino silencioso y árido del que hubieran sido exterminados todas las divinidades y a los integrantes de la plebe les hubiera sido cercenada la lengua.

Si un rey procedente de una tragedia de William Shakespeare apareciera en las calles de una ciudad moderna, todos los transeúntes se inclinarían nada más verlo. No provocaría carcajadas sino sumo respeto. Temor y odio. Porque sus monarcas son truenos. Hombres avocados a reinar en medio de los más feroces dramas. Entre temporales indómitos, traiciones y venganzas, odio y celos de tal magnitud que cada una de sus palabras y gestos terminan por convertirse en rayos con el poder de destruir el mundo natural.

Los reyes del dramaturgo inglés podrían, sí, ser dioses y probablemente desearían ser estatuas pero sobreviven en medio de territorios fangosos. Sangran y sufren. Son furiosos mitos de carne y hueso que destruyen el tiempo cuya ira resuena como una borrasca, un naufragio o un enojo de Yahvé anunciando crisis y maremotos continuos de violencia. Sugiriéndonos que cada día es el fin del mundo y que en el horizonte no hay más que guerra y muerte. Shalam

   إلى ملك سيء ، مستشار أسوأ

A mal rey, peor consejero

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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