Roberto Bolaño entre constelaciones infrarreales

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Hace unos años, coordiné un número sobre el movimiento poético infrarrealista para la revista El coloquio de los perros. La idea surgió de una forma totalmente imprevista. Me encontraba contemplando una extraordinaria performance sonora en el Museo de Arte Moderno del Distrito Federal cuando alguien me indicó que varios de los poetas que aparecen en Los detectives salvajes estarían recitando en tan sólo unos días en el Zócalo de la ciudad. Hacía tiempo que había leído el libro de Bolaño que, sin maravillarme, me había gustado bastante pero por alguna absurda razón, nunca había tomado conciencia de que sus protagonistas estuvieran vivos. Fueran de carne y hueso. Y he de reconocer que cuando contemplé a algunos de ellos recitando entre estelas de fuego con el decorado de fondo de la catedral junto a un conjunto de rap, me emocioné. Sentí que todos los acontecimientos y sucesos del mundo estaban unidos por un hilo invisible y que, de tanto en tanto, se abren puertas mágicas a través de las que poder cerciorarse de ello. Obviamente, no perdí mucho el tiempo y casi que secuestré a uno de aquellos artistas, Ramón Méndez Estrada, con quien tuve una muy divertida charla que apareció en aquel número especial de la revista española junto a otras mantenidas con diversos poetas o artistas que, de alguna forma, han tenido que ver con este rabioso movimiento poético: José Peguero, Raúl Silva, Eduardo Guzmán Chávez, Óscar Altamirano y Guadalupe Ochoa. Además, tuve la suerte de contactar con Heriberto Yépez por mail, que sin conocerme de nada, me cedió su incisivo reportaje sobre el movimiento infra publicado en la revista Replicante. Y con estos materiales y otros mimbres, finalmente, apareció un número especial que a pesar de estar repleto de lagunas -algo lógico teniendo en cuenta la oscura y oculta historia del infrarrealismo- creo que aportó un pequeño grano de arena para difundir su leyenda. Y contribuyó a que muchos de los lectores de Bolaño pudieran responder ciertas dudas e hilar ciertos flecos sueltos que la lectura de la novela probablemente les había dejado.

En fin. No quiero extenderme mucho más y dejo a continuación un artículo que publiqué en aquel monográfico sobre este movimiento poético que pienso, deja clara mi visión sobre el mismo.

Ahí va:

Infrarrealismo: la música de la calle, el ritmo de la noche

En el radio: Jim Morrison traga esporas crecidas
en la cicatriz del diluvio.
(…)
El cuerpo del alma se baña en el viaje
El centro se curva
La curva es salvaje
La carretera es Dios mismo.
‘San Juan de la Cruz le da 1 aventón a Neal Cassady /
En la frontera entre el mito & ensueño’
Mario Santiago Papasquiaro
Aullido de cisne

Me parece a mí —por fuerza de poder estar equivocado— que el impulso inaudito, revoltoso y efervescente del que surgió la poesía infrarreal en la década de los 70 en México, no se encontraba muy alejado del espíritu del “hazlo tú mismo” que caracterizó a la explosión punk en Inglaterra durante esa misma década. Sí. Es cierto que no podríamos entender este movimiento sin intentar descifrar lo que significó la noche de Tlatelolco para toda una generación de mexicanos necesitada de libertad y una mejor distribución económica de los bienes. Asimismo, es difícil de comprender su actitud autodestructiva y anti-sistema sin el mantenimiento en el poder durante décadas del PRI. Partido que, muy inteligentemente, había ubicado en puestos diplomáticos de alto rango a la mayoría de intelectuales mexicanos que pudieran haber criticado su autoritarismo. Pero, desde luego, si algo genera sorpresa del infrarrealismo —y más teniendo en cuenta los precedentes poéticos mexicanos— es su descaro a la hora de enfrentarse no sólo a la policía política e intelectual de su país sino, sobre todo, su espontaneidad, su talante amateur, libérrimo y descompasado con el que se atrevió a componer rimas y versos que bien podrían ser estribillos de canciones nunca escritas de grupos de rock, punk o garage aztezcas. Además, -¿por qué no?- en cierto modo, el ritmo callejero de sus versos bajo el que late una crítica espontánea al sistema, tiene mucho que ver con el actual fraseado que caracteriza a los artistas raperos y su forma de enfrentar las injusticias sociales a base de ingeniosas y catárticas letras de denuncia. Y si a esto unimos que el discurrir del verso libre, rítmico, cadencioso de algunos de los poemas infrarreales se deja llevar, mover y arrastrar tantas veces por un talante dúctil, espontáneo y sibilino y, en otras palabras, serpentino, entenderemos, asimismo, las conexiones que los poemas infrarreales podrían poseer —leídos, recitados o cantados en el contexto adecuado— con el género del spoken word o incluso con el siempre inquietante y espacial del free-jazz.

Sí. A mí me gusta leer los poemas infrarreales de esta manera y creo, sinceramente, que quienes intentan bucear por ellos desde la óptica culta o cultista se les escapa la intensidad, frescura e inconsciencia con la que fueron engendrados que, desde luego, no permite que podamos llegar a comprender sus vibraciones desde la butaca de un sillón. Pues los poemas infrarreales nacieron, en mi opinión, para ser disfrutados de pie, mientras danzamos o escuchamos un ritmo reggae caminando por la monumental Tenochtitlan sin rumbo fijo o nos dejamos perder en un viaje alcohólico sin timón alguno por —David Lynch dixit— una autopista o carretera perdida embriagados por los acordes de una canción de Link Wray. Y es que su latir se encuentra tan cercano de la danza ritual que hacía girar en torno al fuego a las antiguas culturas pre-hispánicas como de las explosiones de rabia contestatarias de la estética rocker o punk. O, al menos, participa de estos dos campos: de los instintos viperinos, hedonistas, rebeldes y existenciales de las culturas urbanas y de los flujos tribales, primigenios y eternos de los ritos y manifiestos indígenas.

A su vez, me gusta valorar a sus distintos creadores de esta forma: como si formaran parte de un ciclo de seres anónimos que hubieran creado azarosamente un estilo poético contemporáneo y radicalmente moderno cuyas últimas ramificaciones y consecuencias se les escaparan a sus coetáneos e incluso a ellos mismos hasta, finalmente, ser aniquilados por su mismo atrevimiento y la incomprensión, silencio e indiferencia feroz de su época. Lo que, por otra parte, no debería extrañarnos: la poesía suele aspirar a un mundo eterno, apocalíptico en ocasiones y, paradójicamente, radicalmente contemporáneo que no entiende ni de pactos sociales ni de complacencia alguna con todo aquello que no sea su propio devenir. Su sangrienta alianza con el puñal de emociones del que surge como una necesidad incontestable.

Precisamente, la lectura que me complace realizar de Los detectives salvajes parte de esta aserción, pues entiendo el libro como una sinfonía jazzística libre y fragmentada que da cuenta de la disgregación o —como también se ha querido denominar— diáspora de esta oculta secta de inconscientes magos conjurados por su sincero apego a una idea y estilo que terminará por determinar el rumbo de sus azarosas vidas.

Esta es la idea que me atrapa del libro de Bolaño. La caótica y sugestiva manera en que supo metaforizar y visualizar las vidas de los poetas infrarrreales tal y como si fueran versos partidos, melodías musicales escindidas de sus propios poemas. Artistas condenados a librar una suerte de batalla con la vida cuyas biografías terminaron por responder a los íntimos y libérrimos secretos escondidos en unos textos que acabaron por imponerse a ellos mismos. Unas creaciones que moldearon sus destinos con la misma delirante locura con la que fueron compuestas en un trasvase visceral de literatura y vida que, se intuye, trasciende al propio libro de Bolaño y continúa mucho más allá de sus rítmicas y adolescentes páginas.

En realidad, más allá de estériles disputas sobre quiénes fueron los fundadores del infrarrealismo o si el movimiento continúa o se mantiene vivo actualmente, creo que sus méritos radican, precisamente, en su capacidad de aglutinar poéticamente a personalidades disímiles que en el momento justo en que tuvieron que entregarse a unas ideas, versos y un estilo de vida visceral, lo hicieron. Sin vacilar. Radicalmente. Sin dudar. Sin miedo a perder, a ser incomprendidos, a ser derribados por los jerifaltes de la literatura mexicana o perecer carcomidos por su leyenda y la intensa aflicción con la que se lanzaron a descubrir nuevos mundos y rutas desconocidas o prohibidas hasta entonces en México. Su apuesta, por tanto, como la de Rimbaud, insistió en vencer la batalla del tiempo presente sin importarles una eternidad que poco tenía que ver con sus luchas y diatribas diarias puesto que sabían que si eran absolutamente sinceros, íntegros y radicales con su arte, vendría por sí sola. Por ello, no tuvieron complejos en disolverse en la fugacidad de su época ni miedo a desaparecer en su confuso tiempo. A su manera —y por más que cayeran, en ocasiones, en los mismos errores y defectos que achacaran a muchos de los poetas oficiales que criticaron— consiguieron de una manera inédita hasta entonces dentro de la cultura mexicana, poner de manifiesto las contradicciones, corruptelas y actitudes fantasmagóricas de un sistema cultural mexicano que los negó y vilipendió hasta el exceso.

Para contextualizarlos mejor, hemos de entender que su espíritu se rebelaba contra el recuerdo de una revolución mexicana cuyos baluartes habían traicionado la mayoría de manifiestos y proclamas por los que comenzó. Se encontraban del lado de las culturas indígenas de su país y contra el capitalismo tardío y ese estado paternalista mexicano que iba llenando la imagen de su país con símbolos folklóricos e inanes que poco tenían que ver con la vida real que se desarrollaba en el México profundo.

Tuvieron además la mala fortuna de que José Revueltas, el clarividente pensador que, sin ninguna duda, podía haber sido el baluarte intelectual ideal a cuya sombra guarecerse para comenzar a ser comprendidos, murió al tiempo que ellos intentaban encontrar una forma de cohesionarse autónoma e independiente, dejándolos huérfanos de referentes y padrinazgos. Por lo que no tuvieron más remedio, por tanto, que disolverse, descomponerse y continuar su lucha disgregada en el tiempo para conseguir sobrevivir y perpetuarse aun de manera oscura, oculta y libidinosa en la vida cotidiana de México.

Contemporáneos y afines políticamente a la lucha de guerrillas protagonizada por Lucio Cabañas, sumergidos en los subterráneos de una sociedad en la que el rock todavía era considerado un fenómeno peligroso, exaltados por los sangrientos hechos ocurridos en el pueblo de San Miguel de Canoa —filmados con excelente pulcritud por Felipe Cazals en Canoa— y necesitados de exprimir su vida, juventud y talento poético al máximo, los poetas infrarreales respondieron —en ocasiones, precipitada o inmaduramente— como pudieron o supieron pero, casi siempre, con sincera valentía a las circunstancias onerosas que les cercaron. Con un aliento y talante irrespetuoso y una pose no demasiado estudiada y natural, intentaron, con la actitud de los radicales punks ingleses, imponerse a un estado de cosas social y cultural que nunca les prestó atención y que siempre los consideró como una simple y molesta anécdota sin detenerse a valorar los logros artísticos —que eran bastantes— que presentaban. Y, en este sentido, las voces que se alzaron y continúan insistiendo en el error de que para llamar la atención, tuvieran que boicotear recitales o conferencias de tantos y tantos poetas famosos mexicanos, olvidan que, seguramente, en muchos casos, acometieron actos de este tipo motivados tanto por su desesperación ante el cariz de la política cultural asfixiante y estereotipada de su país como por la febril inconsciencia adolescente que caracterizó a esos incontrolados, salvajes actos poéticos, que fueron las primeras performances, los iniciáticos recitales punks o, mismamente, algunas de las surreales proclamas activistas de los situacionistas franceses.

Si además tenemos en cuenta los vínculos secretos con movimientos político-artísticos como los nadaístas u Hora Zero dentro de una Hispanoamérica que se deshacía y descomponía en dictaduras de todo tipo —a cuál más cruel— y que intuía de lejos la llegada del futuro liberalismo salvaje a sus parajes, pienso que podemos no justificar —pues no creo que sea necesario— sino, sobre todo, comprender las motivaciones tanto de la lucha infrarreal como de algunos de sus, aparentemente, inmaduras actuaciones públicas. Y se comprenderá, supongo, asimismo, que la galaxia poética infrarrealista estuviera prácticamente condenada a desaparecer desde su surgimiento debido a los designios de una política que, desde luego, no estaba preparada para disfrutar de su poesía anti-intelectual ni de poetas cuya imagen se encontraba tan cercana a la de temibles guerrilleros como a la de sucios músicos de rock. Desde luego, sus críticas feroces al sistema no podían encajar de ninguna manera con un gobierno que —como demuestran los juegos Olímpicos del 68 y Tlatelolco— condenaba al país a caminar en una sola dirección.

En fin, si podemos estar de acuerdo de una u otra manera con su lucha política, otra cuestión sería introducirnos en su poesía de la que nada nos dice su activismo social. En este caso, considero que lo decisivo y lo trascendente de la misma —en un país como el mexicano que apenas ha conocido movimientos vanguardísticos hecha la salvedad del refinado y elitista estridentismo— es, como he dicho anteriormente, su vocación absolutamente contemporánea y, por momentos, adelantada a su tiempo.

En la poesía infrarreal se escuchan latir tanto los gritos opacados por la violencia de las antiguas culturas indígenas como reverberaciones del latir de la vida moderna en México, ecos del Popol Vuh y metáforas ardientes sobre el presente. A partir de una estructura libre y sin reglas que aten su caminar, conviven y se sienten latir aunadas las sonrisas de Huitzilopochtli, héroes de la cultura pop, típicos rituales de la vida cotidiana mexicana y refritos jazzísticos por donde se filtran influencias europeizantes y metáforas de viajes que condensan algunas de las enseñanzas que dejara a su paso la generación beat. Todo ello, como se ve, es, por tanto, profundamente moderno.

 Como una batidora o una apisonadora incontestable, la poesía infrarreal mezcla y conjuga influencias de todo tipo, dando lugar a una literatura aparentemente oscura pero, si la sabemos leer y entender en su esencia, liviana y acogedora, juvenil y “pop” o “rock” muy “acid-rock”, en donde la experiencia de las drogas y sus liturgias se vinculan con imágenes tras las que se observa el rostro de antiguas estatuas de ídolos toltecas. Y en donde, por ejemplo, las nuevas técnicas narrativas que aportaba a la literatura mexicana José Agustín se desestructuraban y descomponían aún más para conseguir aportar la verdadera imagen deslabazada del alma de un país y una cultura sin hacer concesiones a nadie. En fin, con la poesía infrarreal, México entró en el tiempo posmoderno sin pretenderlo ni desearlo. Casi como por casualidad. Como han sucedido gran parte de los sucesos en un México donde Elena Garro se adelantó a la corriente del realismo mágico con su mítica Los recuerdos del porvenir y en donde la literatura existencialista francesa hubiera podido encontrar uno de sus máximos precedentes en la llamada novela de la revolución —léase, por ejemplo, Los de abajo, de Mariano Azuela en clave Albert Camus—.

Asimismo, los infrarrealistas consiguieron de manera intuitiva, espontánea y azarosa un logro que, pronto, sería un atributo incontestable de la nueva cultura de masas: establecieron la doctrina, como dije anteriormente, del “hazlo tú mismo”.  Democratizaron el concepto de arte. Animando a participar de la poesía a todos los ciudadanos de la sociedad dado que valoraban mucho más la actitud a la hora de enfrentar la creación que la perfección. Y en este sentido, se me ocurre que su lucha contra Octavio Paz es similar a la del punk con la música de Mozart: estéril y sin sentido. Pues sus batallas y flechas estéticas apuntan a lugares tan diferentes que es inútil intentar compararlas o enfrentarlas. El infrarrealismo, como el punk, es la música del corazón, del instante, y sin ella no podríamos comprender ni entender nuestro tiempo o el México moderno. Sin aspirar a inmortalidad alguna, tanto el punk como la infra-literatura han compuesto poemas o canciones eternas que, sobre todo, son reflejo del desgarro de un alma necesitada de decir sus verdades —y esto es importante recalcarlo— de la manera que lo desee, de la forma que le venga en gana. Y por ello, resulta muy ridículo escuchar a poetas elitistas referir que lo que los poetas infras realizaron no es poesía o, al menos, parece sospechoso. Tan sospechoso como si escucháramos a Lorin Maazel sugerirnos que lo que hacían Ramones o The Clash no era música.

Lo cierto es que si, por un lado, como movimiento, el infrarrealismo pudo llegar a caer, en ocasiones, en los famosos y conocidos errores propios de los elitistas grupos vanguardistas como el surrealismo, sin embargo, la espontaneidad, frescura y el escaso rigor que, en ocasiones, utilizaron para componer sus poemas, propició que de ellos se pudiera beneficiar el vulgo en su máxima extensión. Es decir, la aventura infrarrealista, en mi opinión, ofreció la oportunidad por primera vez en México a que cualquiera que tuviera algo interesante que decir, pudiera hacerlo sin importar la forma o contenido temático de su arenga o, al menos, ayudó a labrar surcos que forjaron este camino. Con el corazón en la mano y las vísceras en la frente. Como se verá —lo dijimos al principio de esta reflexión—: algo tan cercano a los ritmos del rap como al aullido de hombres unidos en cadena en torno al fuego y la planta del peyote.

En fin, terminando ya, decir que fue gracias a sus supuestos errores, a su alocada actitud y, sobre todo, por no tener miedo a equivocarse, que considero que el infrarrrealismo fue capaz de conseguir sus no escasos logros que lo hacen merecedor de una lectura por sí mismo que vaya más allá de la acometida excelentemente, por otra parte, por Roberto Bolaño. Ya que, al fin y al cabo, sus baluartes consiguieron forjar una poesía que, me parece a mí, es la auténtica banda sonora de toda una época de la cultura mexicana. Es su ritmo nocturno. El ritmo que se necesitaba para cubrir de metáforas y ruido aquella noche oclusiva, cerrada y tenebrosa que nos describiera Malcom Lowry en su soberbio Oscuro como la tumba donde yace mi amigo.

Si México, hasta la llegada del infrarrealismo, había tenido una gran literatura, con la puesta en marcha de este movimiento tuvo para siempre su propia música. Más allá de rancheras, cumbias y mariachis —e introduciendo estos elementos populares en su estética integradora—, el país azteca alcanzó a lograr atisbar, encauzar y canalizar su propia versión contemporánea de los movimientos radicales de la música moderna. Y ahora tan sólo faltan únicamente los músicos que se lancen a escribir poemas sobre esta época, para comenzar a forjar el círculo inédito perfecto de esa literatura nocturna que merece poseer México, dado que las sílabas musicales, las trompetas encendidas, los saxofones heridos o las guitarras incesantes ya están dispuestas sobre el papel. Pues, en definitiva, a este loco intento respondió el infrarrealismo: a hacer surgir cantos cíclicos y rítmicos en medio de una época miserable con el fin de hacernos descubrir una poesía construida para no ser poesía. Una poesía que soñaba con arder entre las llamas de un presente ajeno a la eternidad. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Los ojos se fían de ellos mismos, las orejas de los demás

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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