Rostros

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Alguien va a tener que escribir antes o después un ensayo comparando las novelas de William Gaddis con los filmes de John Cassavetes. Faces y Gótico carpintero por ejemplo son obras hermanas. Casi gemelas. Ambas son whiskys solos. O tal vez, brandys. Dos bebidas caras para gente solitaria y vacía que aluden al hastío cotidiano con idéntica sequedad cuyos personajes son máscaras elocuentes. Comediantes que parodian en todo momento la grandeza norteamericana. Sobreactúan constantenteme, dialogan en voz alta y gesticulan apasionadamente. Parecen dioses, sí, pero dioses desquiciados. Los hombres son todos neuróticos y las mujeres todas histéricas. Hablan y hablan sobre sus problemas sin referirse a nada concreto y estallan emocionalmente por cualquier motivo. Sin ninguna razón clara. Como reacción tal vez a la explosividad de la propia vida. Al desajuste con sus deseos.

Tanto en Faces como en Gótico carpintero el lenguaje es una arma. Una pistola para atentar contra los otros. Pero, sobre todo, un vicio para huir de la realidad. Una vía de escape. En las dos obras no hay prácticamente tramas. Sólo palabras, decadencia y ocaso. También hay por supuesto sentimientos a flor de piel, amenazas de divorcio y besos. Pero no hay un argumento claro porque ningún personaje sabe bien qué hacer con su vida. Fuman, beben, bailan, discuten, se acuestan unos con otros y prosiguen su deriva sin fin. En cierto modo, William Gaddis es un Samuel Becket influido determinantemente por el opalescente consumismo norteamericano y John Cassavetes un F. Scott Fitzgerald pasado de vueltas. Pero los dos llegan al mismo lugar. Convierten sus obras en parodias excesivas y absurdas de la vida moderna.

Tanto las novelas de Gaddis como los filmes de Cassavetes remiten a la decadencia. Al ocaso. Comienzan justo donde concluían esas canciones de amor de los años 50 que hacían furor en la generación de la postguerra. En todos los libros de Gaddis hay un tema entonado altivamente por Frank Sinatra que se está desintegrando y en todos los filmes de Cassavetes un saxofón suelto y libre que aparece donde menos se lo espera y refleja perfectamente la locura social.

Cassavetes es violento existencialmente. Frontal y directo. Y Gaddis un tanto más sugerente y cortante. Pero ambos describen prodigiosamente la mascarada capitalista. La violencia del lujo y el confort. La ley del dinero. Explican con diabólica inteligencia y cierto espíritu de jazzmen, en poco más dos horas y doscientas páginas, todo aquello que le llevó a Matthew Weiner (en este caso, más bien con espíritu lounge) varios años y siete temporadas televisivas poder contar en Mad Men. Shalam

عليك أن تتسلق الجبل كرجل عجوز لكي يصل كشاب

Hay que subir a la montaña como viejo para llegar como joven

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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