San Manuel Vilas

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Acabo de terminar de leer América. La prueba de que, desde hace tiempo, no importa de qué hable Manuel Vilas. Lo que importa es que hable. Que respire. Que chasquee los dedos. Porque ha conseguido algo que muy pocos artistas consiguen: divertir, emocionar y hacer reflexionar. Y sobre todo, ha dejado de ser Vilas y se ha convertido en un personaje literario. Siendo sinceros, creo que tal vez es el primer escritor en habla hispana que ha caricaturizado y deformado y extendido tanto su voz que finalmente, se ha convertido en un dibujo animado. Exactamente, yo ya no veo a Vilas como Vilas. No lo veo únicamente como un poeta, novelista o articulista. Para mí, Vilas es San Vilas. No es la voz de un escritor. No es la voz de un artista sino la voz de un dibujo animado que escribe textos pop y consigue hacer rock en cada uno de sus frases. San Vilas es un tío cojonudo. De puta madre. Un tío que le habla al lector de tú a tú. Directa. Frontalmente. San Vilas tiene swing. San Vilas es funk. San Vilas es el mejor personaje construido por la literatura española en las últimas décadas. Alguien que dispara palabras con la exactitud y ferocidad que lo hacía Clint Eastwod en Almería, se marca párrafos que parecen riffs de guitarra compuestos por Lou Reed y estructura siempre las frases como si fueran versos de una canción. Cuando un escritor consigue caricaturizarse ha llegado al cénit. Y Manuel Vilas, alcanzó esa estación al trazar los rasgos de San Vilas. Manuel Vilas ha llegado a Itaca -San Vilas- y puede, por tanto, tratar todos los temas sin rubor. Hablar de la Coca-cola o de Luis Cernuda, de Prince, Bowie, Atlanta y la Generación del 98 y hacerlo con desparpajo y chulería. Porque él lo vale pero también, porque San Vilas sabe. Lleva metido en vena tantos temas de Elvis, Eddie Croham y Johny Cash y tantos poemas de tantos siglos y poetas diferentes que cuando lee un texto, su cintura no deja de moverse. Realiza movimientos de pelvis sin descanso conforme se ajusta el tupé y de su boca emergen versos llenos de nicotina y alcohol.

Una conferencia de San Vilas tiene a fuerza que ser divertida. Porque San Vilas no imparte conferencias, da conciertos. San Vilas es rock. San Vilas es diversión. San Vilas es el anti-Radiohead. El exterminador de exterminadores. El exterminador de aniquiladores. El anti-nihilista. La voz de los vivos. De los bares. San Vilas es el rostro de las calles españolas. Y su memoria. De los muchachos universitarios y las prostitutas. Y su memoria. San Vilas ha convertido en literatura todo lo que toca. Un estado suyo de facebook vale por diez poemas de un escritor normal. De alguien que no sea Vilas. San Vilas es una mezcla entre Bruce Sprinsgteen y Johny Cash. Tiene su vena superventas. Tiene su vocación de ser oráculo. Desear ser un escritor que llene auditorios frente a masas enfurecidas coreando cada poema leído en voz alta. Desmayándose al escuchar su voz viril y exigiendo en los bises que vuelva a recitar sus textos más célebres. Pero en el fondo, San Vilas es un tío discreto. Y también sensato. Se siente mejor en el barrio. Escuchando hablar divertido a la gente en los bares. Se siente cómodo en las distancias cortas. Agarrando los brazos de sus seguidores como un reverendo. San Vilas es genial. Ha conseguido convertirse en el compañero de todos los lectores españoles. En su colega. San Vilas es un colega escritor. Algo que ni en sus mejores sueños soñaron Unamuno o Pío Baroja ni la mayoría de escritores modernos. Un autógrafo de San Vilas es como un apretón de manos. Una confirmación de que estamos en el camino correcto. Porque San Vilas ha logrado unir a Lou Reed con la Santa Teresa de Jesús y Benito Pérez Galdós con Bob Dylan. San Manuel Vilas ha convertido en Woodstock toda la literatura española y ha entroncado la historia del rock con el mundo literario hispano. A San Manuel Vilas sólo le falta tocar la guitarra para ser perfecto. Llamarse Sabino Méndez para tener groupies. Y consumir heroína para tener un espacio asegurado junto a la tumba de James Dean.

En cualquier caso, eso sí, San Manuel Vilas tiene fans. Y yo soy uno de ellos. Porque a pesar de su jocosidad y descaro, San Manuel Vilas es una persona respetuosa. No es Alberto Olmos. No ha necesitado para construir su personaje, destrozar a medio mundo y a sí mismo. Reírse de los fracasos e ironizar con los intentos. Le ha bastado con pintar una caricatura de su rostro en una carpeta de estudiante, ponerse un parche en su cazadora de cuero y ponerla a hablar sobre cualquier cosa. San Manuel Vilas es un rockero sin ego. Los halagos sólo le sirven para impulsarse más y más. Seguir rodando. Pisando el motor. De hecho, es un tipo que perfectamente, te puedes imaginar ofreciendo un dulce a cada comprador de su libro. Sonriéndote mientras mastica fuerte un pedazo de bisteck de ternera.

Obviamente, los libros que más me gustan de Manuel Vilas son aquellos en los que se refiere a sí mismo. Eso que siente y le hace gozar y también le cabrea. Por eso he disfrutado mucho América y también su texto sobre Lou Reed. Porque el gran personaje de Manuel Vilas, repito, es San Manuel Vilas. Alguien tan agudo y carismático como el Pato Donald y tan universal como un teleñeco, que ha convertido a Manuel Vilas en el ventrílocuo de la literatura española actual y a cada uno de sus textos en parte del cancionero del rock americano. Grabaciones perdidas de Alain Lomax aparecidas por arte de magia en medio de los escaparates de las librerías.  Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Resulta triste que el talento dure más que la belleza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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