Schattenboxen

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Schattenboxen es un saco de cemento. Un conjunto de poemas que podría haber sido compuesto por un boxeador puesto hasta las cejas de cocaína. Pero, en realidad, también por un nihilista convencido, de esos que festejan no tanto por alegría como por aburrimiento y costumbre. Con una mueca de escepticismo morboso en medio de fiestas y noches sin fin que con el paso del tiempo y su repetición, se recuerdan como tortuosas. Cadenas de cristales engarzándose en la mente de los insomnes y los hedonistas. Hay cierta melancolía enShattenboxen vinculada a una violencia visceral que hace de este libro un objeto raro. No importa si fallido o no. Un texto raro. Como una raya de speed introduciéndose por la nariz mientras se realiza una compra en el supermercado. O unos pantalones celestes, ideales para una noche de discoteca, vendiéndose en medio del mercado de Tahití o un país africano. Porque Schattenboxen es, obvio, un texto esquizoide. Pero sobre todo, a destiempo. Un experimento que nunca llega adonde apunta pero tampoco termina por desbarrar, como si su escritor deseara quedarse en tierra de nadie. Golpeando en soledad a un saco de boxeo lleno de ladrillos y piedras que rompen los guantes y ensangrientan los puños. Y fuera en ese anonimato, el del esteta hedonista que no respeta a nadie (y menos a sí mismo), donde se sintiera a gusto. Ocupando fronteras y límites que se disuelven constantemente acaso queriendo subrayar la inanidad de todo lenguaje. Toda poesía. Y cualquier experiencia.  Tal vez porque Schattenboxen sea más música que literatura. Un riff de un grupo de krautrock repitiéndose en soledad una y otra vez en medio de una habitación de muros blancos. Ciertos compases de Low de David Bowie arrancados a cuajo del disco y rebanados en una carnicería. O la voz de un cantante de rap cruzándose con la de Franco Battiato en un tumultuoso cabaret donde los gritos de las prostitutas y el público no permiten escuchar más que pequeños ruidos, compases molestos o sonidos y letras a medio hilvanar hablando de amores, masturbaciones compulsivas y recuerdos de cierta belleza.

En realidad, no sé si Schattenboxen es un buen libro. Ni tampoco si es malo. Y es precisamente esto lo que me atrae (o interesa) de esta droga. El vértigo de la destrucción. De hecho, es lo que menos me importa cuando penetro en sus páginas. Si es literatura o no lo es. O si es gran escritura o un desperdicio de tiempo. Sobre todo, porque es un guitarrazo que arriesga. Inconformista. Desea el olvido. Es sincero en su demolición del lenguaje. En su atronadora huida de la tradición literaria. Y afortunadamente no tiene intención de dejar ningún verso para la posteridad. Conquistar a la crítica y a los lectores. Como si fuera un escarabajo tullido recorriendo el suelo en medio de la jauría habitual de animales-poetas. O fuera uno de esos camiones que recorren de punta a punta las autopistas mexicanas decorados con colores chillones entrando al vertedero con orgullo y satisfacción por todos los caminos transitados y todos los sin techo transportados en su interior. O aún mejor, como si fuera una invitación (en trance de autodestruirse) a una fiesta (la de la cultura) en la que se sabe de antemano que no gana nunca el más capacitado sino el que tiene más influencias y poder y por tanto, no merece la pena esmerarse en crear. Cultivar versos poderosos que al fin y al cabo, tendrán el mismo destino que cada uno de esos besos dados sin amor o todas las noches borradas de la memoria nada más terminar. Shalam

 إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

                   Añorar el pasado es malgastar el presente

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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