Schattenboxen

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Schattenboxen es un saco de cemento. Un conjunto de poemas que podría haber sido compuesto por un boxeador puesto hasta las cejas de cocaína. Pero, en realidad, también por un nihilista convencido. De esos que festejan la vida no tanto por alegría como por aburrimiento y costumbre durante noches sin fin que con el paso del tiempo y su repetición, se recuerdan como tortuosas.

Existe cierta melancolía y violencia visceral en Shattenboxen que hacen de este libro un objeto raro. No importa si fallido o no. Tanto es así que lo describiría como una raya de speed introduciéndose por la nariz de un drogadicto mientras realiza una compra en el supermercado o unos pantalones celestes, ideales para una noche de discoteca, vendiéndose en medio del mercado de Tahití o un país africano.

Schattenboxen es un texto esquizoide. Un experimento que nunca llega adonde apunta pero tampoco termina por desbarrar, como si su hacedor deseara quedarse en tierra de nadie. Golpeando en soledad a un saco de boxeo lleno de ladrillos y piedras que rompen sus guantes y ensangrientan sus puños. Tal vez porque su escritor goza subrayando la inanidad de todo lenguaje, poesía o experiencia y para ello, ocupa fronteras y límites que se disuelven constantemente.

Probabemente Schattenboxen sea más música que literatura. Un riff de un grupo de krautrock repitiéndose en soledad una y otra vez en medio de una habitación de muros blancos. Ciertos compases de Low de David Bowie arrancados a cuajo del disco y rebanados en una carnicería. Un tumultuoso cabaret donde los gritos de las prostitutas y el público no permiten escuchar más que pequeños ruidos, compases molestos o sonidos y letras a medio hilvanar hablando de amores, masturbaciones compulsivas y recuerdos de cierta belleza.

En realidad, no sé si Schattenboxen es un buen libro ni tampoco si es malo. Lo que sí sé es que es precisamente esto lo que me atrae (o interesa) de esta droga. De hecho, es lo que menos me importa cuando penetro en sus páginas. Si es literatura o no lo es o si es gran escritura o un desperdicio de tiempo. Ante todo, porque tengo claro que es un guitarrazo que arriesga. Un texto inconformista que desea el olvido y es sincero tanto en su demolición del lenguaje como en su atronadora huida de la tradición literaria. Y además, afortunadamente no tiene intención de dejar ningún verso para la posteridad ni de conquistar a la crítica y a los lectores.

De hecho, es una invitación a una fiesta -la de la cultura- en la que se sabe de antemano que no gana nunca el más capacitado sino el que tiene más influencias y poder y, por tanto, no merece la pena esmerarse en crear. Cultivar versos poderosos que, al fin y al cabo, tendrán el mismo destino que un beso dado sin amor o todas esas noches borradas de la memoria nada más terminar. Shalam

 إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

                   Añorar el pasado es malgastar el presente

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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