Sergio Pitol el mago

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Le he escuchado afirmar a Enrique Vila-Matas en innumerables ocasiones que su maestro es Sergio Pitol. Muchas veces oímos frases, proclamas, voces que no alcanzamos a entender en todo su sentido hasta que no las experimentamos por nosotros mismos. Pensaba que, de alguna forma, las palabras del escritor catalán eran una frase hecha pero hasta que no conocí personalmente a Pitol no tomé conciencia de lo que se escondía detrás de ellas.

Hace siete años llegué a México por intermediación de la Doctora Silvia Ruiz Otero y de la Universidad Iberoamericana, con la intención de escribir un ensayo sobre su literatura. Lo publicó hace dos la Universidad Veracruzana y se llama Las máscaras del viajero. Para realizarlo con las mayores garantías, me entrevisté cuando ya lo estaba finalizando con Sergio en su casa de Xalapa. Si tuviera que aludir a un momento importante en mi vida de escritor que recién comienza; un instante que creo que fuera decisivo, probablemente me referiría a este encuentro. Acaso porque no esperaba mucho del mismo. Mi objetivo e intención era realizar un texto que estudiara desde todos los flancos posibles la escritura del veracruzano. No era en absoluto mi deseo conocerlo si esto no ayudaba al ensayo y si no hubiera tenido ciertas dudas sobre algunas de las tantas traducciones que el maestro llevó a cabo, no me hubiera atrevido a llamarle para fijar la cita. Hacía unos años cuando vivía en Argentina y realizaba mi tesis sobre la literatura de Ernesto Sábato, me había acercado a Santos Lugares para conocer el lugar en el que se había desarrollado la mayor parte de la vida del escritor de El túnel pero me bastó con asomarme a su jardín para darme por satisfecho. Algo que tras su muerte lamenté pero no en su momento, pues consideraba que los problemas que me causaba el análisis de sus novelas los podía yo resolver por mí mismo y acaso hablar con él pudiera condicionarme negativamente.Tampoco llegué a entrevistarme nunca con Abel Posse sobre cuya novela Daimón (un texto muy recomendable y que, en mi opinión, se encuentra un tanto arrinconado) realicé otro pequeño ensayo.

Con estas anécdotas, quiero dejar claro que hasta hace unos años siempre había antepuesto los textos a los escritores. Sin embargo, en las ocasiones en que había visto a Pitol en público había notado cierta cortesía y lucidez en él que me hacían presagiar que algo diferente sucedería. Me lo presentaron durante la celebración de la Feria de Guadalajara en el 2007 y además de preguntarme por la forma en que pensaba estructurar mi ensayo, lo hizo sobre si había visitado un cónclave tan mágico como La Antigua. Meses después participaría en el Congreso que se le dedicó en Burdeos y con una sonrisa me felicitó por mi intervención. Lo que obviamente me congratuló. Sin embargo, todavía no había tenido un encuentro privado con él y no tenía claro si llevarlo a cabo por las razones antes aludidas pero afortunadamente me decidí a realizarlo y, desde luego, que no me arrepentí.

En pocos meses aparecerá en España mi primera novela y estoy pendiente del dictamen de algunas editoriales sobre otra narración (la primera parte de una trilogía sobre el horror) titulada El jardinero y un texto creativo sobre Mario Bellatin llamado La risa oscura. Es obvio que hubiera realizado estos textos sin conocer a Sergio. Me parece justo decirlo; pero también que cuando estuve en su hogar, sentí que él percibía y me hacía saber (sin aludir a ello directamente) algo que hasta entonces pocas personas habían notado en mí. Esto es, que aunque fuera un académico, un estudioso de la literatura (más bien, me gustaría considerarme un apasionado) en realidad, había dentro de mí un escritor pugnando por salir a la luz.

Recuerdo que formulé las preguntas que llevaba preparadas, anoté sus respuestas en pocos minutos y permanecí en silencio frente al mago sin saber exactamente bien a qué referirme. Llevaba años escribiendo textos que guardaba en el cajón, leyendo vorazmente escritores, intentando asimilar técnicas y modelos narrativos, aprender no tanto a escribir sino a crear arte pero no veía aún el momento de plantearme ni tan siquiera publicar. No me sentía frustrado por ello. En absoluto. Porque sabía que todavía me quedaban ciertos contornos por madurar pero entendía que antes o después llegaría ese momento, y le pregunté qué es lo que había que hacer (me queda claro que, entre otros aspectos, creer en mí mismo) para convertirme en un escritor y su respuesta me pareció la exacta y apropiada para ese momento de mi vida: guardar silencio, esperar el momento, etc…

Debo confesar que no sólo me sorprendió su certera contestación sino el hecho de que verdaderamente me tomara en serio además de su amabilidad y por ello, en la medida de lo posible, cuando volví a España mantuve el contacto con él. Pues hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudarme a que terminara el ensayo de la mejor de las maneras. Con el tiempo, regresé a Xalapa (México) para vivir y fui lentamente terminando de pulir mi estilo y formarme como escritor. Haciéndome dueño de mis propios medios expresivos. Obviamente, mis visitas a Pitol se hicieron más comunes. En esas ocasiones, siempre se mostraba cordial conmigo. Atento a mi bienestar. Por ello me llamó la atención que una tarde en que le regalé una caja de bombones por su cumpleaños, lo percibiera enfadado al recibir este presente de mis manos. Con Sergio nada es casual. Todo responde a un fin último que conduce a la literatura y entendí que si se encontraba enojado conmigo es porque deseaba que le regalara los libros en que trabajaba y no chocolates. Y no volví a verlo hasta haber concluido definitivamente La risa oscura que recibió con gusto. No tanto por cierto como cuando le di una copia de El jardinero. Novela que acarició y meció en sus brazos como queriendo subrayar lo mucho que se alegraba de tener un texto mío en el que no me refería a escritor alguno sino que al fin desarrollaba mi creatividad al límite que es, en definitiva, una de las razones por las que entiendo que Pitol apareció en mi vida. Habían pasado prácticamente cinco años desde la primera vez que nos encontramos en su casa y sentía que un círculo se cerraba; que aunque nunca habláramos directamente sobre ello, los dos sabíamos que él se encontraba detrás de aquello que estaba escribiendo. Dándome ánimo y confianza sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Como le ocurrió a Vila-Matas en su momento, a quien ahora comprendo perfectamente porque he experimentado por mí mismo lo que a él le sucedió decadas atrás:  que Sergio fue el primero en creer realmente en sus posibilidades, darle voz, escucharle, proporcionarle los consejos que necesitaba para empezar a velar sus armas y desplegar su armazón literario.

Lo repito. Durante varios años me acerqué a decenas de autores que me completaron. Tuve algunos profesores que me ayudaron pero ninguno de ellos percibió al hombre insatisfecho, hambriento de crear historias que se encontraba en mi interior. Y Sergio sí. De un solo vistazo. Algo que también ha hecho con Alvaro Enrigue o Tryno Maldonado entre otros muchos nombres. Lo que da la idea de su calidad personal, olfato y  su capacidad de empatía. De que su amor a la literatura es tanto que siempre hará lo posible por abrir puertas de aquellos que él piensa que, por más o menos años que tarden en madurar, pueden enriquecer el arte que más ama y lo hizo feliz. Por ello es que me siento capaz de afirmar hoy lo que la gran parte de los amigos íntimos de Sergio saben: que es tan buena persona como escritor. Sí. Entiendo que no es tampoco bueno idealizar. Por supuesto que soy consciente que tiene su ego y sus defectos como persona (¡es humano!) pero de lo que estoy convencido es de que no tengo yo un ego menor que el suyo y que tal vez si me encontrara en su lugar, lo tendría disparado. Sobre todo, si hubiera sido capaz de urdir relatos tan escalofriantes como “Del enlace nupcial” o “El oscuro hermano gemelo” y textos tan bien hilvanados como El viaje o La vida conyugal.

Un cuento como “Nocturno de Bujara” vale por toda una vida. Ha de aparecer en cualquier antología del relato hispanoamericano (y me atrevería a decir que universal) que se precie. Lo he leído en más de diez ocasiones y todavía no me creo capaz de distinguir todos y cada uno de sus matices. Juan Villloro necesitó tres o cuatro lecturas para comprenderlo pero yo ni con esa decena termino de asimilarlo. Algo que me parece maravilloso y da idea de la calidad y, sí, también dificultad de su opalescente arte literario.

Desde luego que no resulta en absoluto fácil introducirse en su literatura. Recomendaría acaso hacerlo por La trilogía de la memoria aunque a pesar de encontrarnos allí con algunos de sus textos más claros, existan también ciertos misterios, secretos y artilugios narrativos que tal vez no le permitan a un lector primerizo terminar de atar todos los cabos y perspectivas que se le ofrecen hasta varias lecturas posteriores. Circunstancia que se extrema en el caso de su famoso Tríptico del carnaval y dos novelas como Juego florales o El tañido de una flauta. Probablemente porque como en el caso de sus adorados Chéjov o Gógol, para penetrar en sus textos hay que hacerlo siendo conscientes de que la narración nunca se mostrará diáfana. Muy al contrario, lo hará a través de reflejos continuados, lentes sobre otras lentes, que exigen una cierta separación por parte del lector; que aprenda a mirar y orientarse en un mundo repleto de sombras y máscaras que bebe tanto del expresionismo como del arte absurdo y, aunque sus tramas se desarrollen en México, tiene en ciertos autores de la Europa del Este algunos de los referentes últimos para su comprensión definitiva.

Teniendo en cuenta estas circunstancias, se comprenderá que no me resultara sencillo construir el ensayo sobre su obra. En el prólogo de Las máscaras del viajero aludo de manera ficticia a las dificultades que me enfrenté para finalizarlo. Cómo no fue hasta que encontré un caleidoscopio en Tepotzlán que hallé una manera de abordar su literatura y lo importante que fueron los baños prehispánicos que generalmente tomaba en Tlayacapan para hallar los otros dos símbolos, laberinto y espiral, a través de los que simbiotizarme con esa espeluznante y clarividente escritura que cuanto más leía, más me asombraba. Tuvo también su trascendencia un viaje a Bulgaria y otro a Rumanía donde visité Transilvania, puesto que mientras recorría los paisajes que inspiraron a Bram Stoker su Drácula, concebí el vampirismo como un acto y ritual que la mayoría de creadores (y, por supuesto, también Sergio Pitol) necesitan practicar constantemente para construir sus textos. Pues al fin y al cabo no hay libro que no lleve dentro suya la sangre y voces de los artistas del pasado de cuya savia nos alimentamos para levantar nuestras propias creaciones.

Fue por ello tanto un desafío como un placer realizar este ensayo con el que tanto aprendí pues cada uno de los textos de Pitol me conducía a otros cientos y finalmente, sin que yo tomara conciencia de ello, amplié aún más mi acervo cultural. Además de que sucedió curiosamente que días antes de finalizarlo, comencé a sentir no ya la necesidad imperiosa de escribir sino una seguridad al hacerlo que estoy convencido de que en parte procedía del contacto diario con una obra tan valiosa y exigente como la del escritor veracruzano.

No sé si seré un escritor reconocido en el futuro, si moriré intentándolo o si al contrario, seré ignorado. Depende en parte de mí pero también de un cúmulo de circunstancias. Además, ¿quién me asegura que mis escritos sean lo suficiente valiosos? En cualquier caso, lo que sí que tengo claro por todos estos hechos que acabo de referir y otros que me parece por el momento mejor callar, es que guardaré para siempre una deuda de gratitud con Pitol y recordaré como una bella época, aquella en que me consagré a escribir Las máscaras del viajero. Y, desde luego, que si en el futuro me cruzo con Enrique Vila-Matas, sin necesidad de dirigirle la palabra, me sentiré unido a él por un vínculo que me hace sentirme inmensamente dichoso. Casi afortunado. Tal y como me encontré al finalizar por primera vez El arte de la fuga: conmocionado al tomar conciencia de que todo estaba en todas las cosas. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

            La nieve no rompe las ramas del sauce

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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