Silvia

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Charles Baudelaire sólo amó una mujer en su vida. La misma que odió hasta el fin de sus días y a la que estuvo componiendo a lo largo de su existencia un poema que no se atrevió a terminar. Pues temía que cuando lo hiciera, ella o él murieran. Embriagado por este amor secreto que levantaba su miembro gastado bajo paños de tela negra, solía añadir una palabra o quitarla únicamente cuando fumaba opio. Pues necesitaba sentir hilos de sueño penetrando en su cuerpo para intentar transmitir lo que le hacía sentir aquella delirante mujer. Una mixteca extremadamente delgada con rasgos indígenas de nombre español, Silvia, llegada a París con un comerciante holandés que, puesto que la maltrataba habitualmente, no le dejó otro remedio que huir de él y sumergirse en los linderos de la noche para sobrevivir. Al parecer, Baudelaire la encontró en un callejón agotada y sedienta. Se le apareció como un fantasma pidiéndole unas monedas o vino y jamás pudo olvidar la sequedad con que sus ojos lo miraron, traspasando su alma. Removiéndola como si fuera una serpiente.

Como muestra de esta tormentosa pasión que agitó el alma del malévolo poeta francés, dejo a continuación un fragmento de esa joya destructiva que fue encontrado en distintas versiones en varios cajones de su biblioteca o los bolsillos de los viejos gabanes con los que solía caminar por el Sena con el rostro aturdido y violento.

“Esos labios de fuego que brillan con el rojo del liguero que viste en amaneceres nublados, provocando el malestar de los enamorados y el sonrojo de los niños, son la prueba de que pertenece a este mundo y el “otro”.

Se encuentra más allá del lindero de los “vivos” y del de “los muertos”.

Su sonrisa es agua muerta y su alma, un diamante de color topacio incrustado en medio de un monte nevado de difícil acceso.

Una llamarada de fuego ardiendo en el centro del océano capaz de quemar las aguas y frenar el aliento del cielo.

Haciendo descender los ángeles a la tierra con intención de besarla.

Atravesar su cuerpo buscando los reflejos de su rostro en los espejos de alcobas viejas.

Y acariciar las cicatrices que las batallas que ha librado, han dejado sobre afiladas rocas y estrechos acantilados donde cientos de faunos se reúnen a escuchar los ecos de su nombre, acariciar los flecos de su vestido, bailando en torno a un círculo formado con sus cabellos como si ella fuera un minotauro derrotado.

Un animal que cede su corazón al resto de los hombres para ahuyentar su desesperación, despejar sus temores y obligarles a correr a través de los montes y recuperar antiguas estatuas de ídolos.

Construir las nuevas ciudades donde su rostro aparece grabado en cada puerta y bajo cada lecho se halla una estatua de su cuerpo parecido al de una sílfide.

El cruce entre una sirena y una bruja perversa.

O una rosa cuyos pétalos son matojos.

Rastrojos de hierba confundidos con el barro del color de una pesadilla en la que, contrariamente a las habituales, el terror ocurre al despertar: al abrir los ojos y no poderla acariciar. O sentir en el cuello el mordisco de sus dientes de cristal”.Shalam.

نَّ الرِّجَالَ لاَ تُكَالُ بِالْقُفْزَانِ، وَلاَ تُوزَنُ فِي الْمِيزَانِ

La mentira del púlpito se conoce en público

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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