Terenci

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Terenci Moix poseía una cualidad de la que carecen muchos escritores: era muy divertido. A pesar de que la literatura era su vicio y le dedicaba a cada uno de sus libros horas y horas, no se tomaba muy en serio en sí mismo. Algo que lo dotaba de un encanto especial. Verlo hablar era un espectáculo. Moix no pudo ser un apuesto galán ni tuvo suerte en el amor pero suplió estas carencias y frustraciones, creando un personaje, un Peter Pan cultural, sumamente atractivo. Una mezcla de niño rebelde y actor de cine. Un narcisista devoralibros sumamente encantador con aires de sabio despistado. Un genio de las letras sensible y delicado. Un intelectual total cuya mayor obra fue sin dudas, él mismo. Lo más parecido a una estrella dentro del escuálido mundo cultural español que puedo recordar.

Alguien dijo en una ocasión que Terenci no tenía prácticamente enemigos en el mundo de la literatura y, desde luego, no me extraña. Porque se percibe que él lo único que deseaba era gozar de sus amores cinematográficos, literarios u operísticos y que lo dejaran en paz. E intentaba que quienes se encontraran a su alrededor, también disfrutaran. Haciéndoles sentirse especiales en su presencia. No sé qué consideración como autor tendrá Moix dentro de cuatro o cinco décadas. Pero sí sé que fue un hombre feliz. Alguien agradecido por todo lo que la cultura le dio: Sophia Loren, Liz Taylor, Kirk Douglas, Pasolini, Verdi, Bellini o Vicente Minnelli. En lo que a mí respecta, quiero aclarar que si me decidiera a levantar un altar cultural en mi casa, él siempre aparecería allí. No tanto por sus últimos divertimentos literarios -cosas como Garras de astracan o Chulas y famosas– sino por lo que me hizo gozar con los tres tomos de su enorme autobiografía. De hecho, Terenci fue uno de los primeros escritores que me hizo experimentar la literatura como una experiencia hedonista. Me hizo sumergirme en sus libros con la misma avidez y ansiedad con la que lo hacía de niño, en los nuevos estrenos de Silvester Stallone. Porque el escritor catalán era un hombre agudo y lúcido y, sobre todo, pasional e instintivo. Conseguía con suma sencillez que empatizáramos con lo que narraba y que, a pesar de no haberlo tenido cerca nunca, lo consideráramos un amigo. Un hermano del alma. Alguien tan desorientado y perdido como un adolescente, con una capacidad soberbia, eso sí, de construir mundos ficticios y secuencias inolvidables. Sin ir más lejos, sus libros sobre Egipto tal vez no sean los mejores de los que compuso. Pero no dudaría en llevarlos conmigo, si decidiera llevar a cabo un viaje por el Nilo. Pues son lecciones ejemplares llenas de vitalidad donde se percibe en cada línea, el intenso magnetismo que despertaba en Terenci la tierra de los faraones, con la que mantuvo un romance apasionado desde su visionado de la Cleopatra de Joseph L. Mankiewicz.

La literatura de Moix era una mezcla entre una película de Walt Disney y una ópera de Verdi. Entre una película en Technicolor, una novela rosa y una obra de teatro de Antonin Artaud. Combinaba vanguardia y comercialidad de una manera sumamente original. Haciendo que una mención a Hola Fotogramas luciera natural entre remembranzas de sus míticos viajes a Egipto, loas amorosas a Sal Mineo, una escena de sadomasoquismo y menciones diversas a Ionesco o Bertolt Brecht. Sus primeros libros –Mundo Macho, La torre de los vicios capitales– fueron una bomba dentro del panorama cultural catalán. Textos transgresores e inclasificables que cuestionaban el status quo y se abrían paso a codazos de cultura pop. Moix fue, durante una época, el símbolo de lo prohibido. Su vibrante, excelsa El sexo de los ángeles deja en cierto modo, testimonio del impacto que produjo su aparición en el mundo de las letras. Moix no olía a rancio hispanismo pero detestaba el fascismo catalán. Era homosexual en una época donde serlo no estaba -como ahora- primado por el sistema sino que era peligroso. Una transgresión que condenaba a innumerables sufrimientos, dolores de cabeza y hasta ponía en riesgo la vida. Y además, sus referencias culturales no eran las habituales. Terenci era pop. Se manejaba con tanta soltura en el campo del cine como en el de la literatura y poseía un estilo ágil, abierto, lleno de ritmo y chispeante que contrastaba con el costumbrismo apoltronado de la época. Y si a eso le unimos su carácter iconoclasta, sus deseos de triunfar, su rebeldía soez, y la suerte que tuvo de comenzar a publicar en un tiempo en que los escritores -para bien y para mal- todavía eran importantes, eran tomados en serio y respetados, se comprenderá el revuelo que provocó su aparición.

No pudiendo fulminarlo, pues de haberlo hecho, el gesto hubiera sido entendido como una concesión al enemigo, un apoyo al régimen franquista, la cultura catalana optó por encumbrarlo. Hacerlo su hijo adoptivo. Pero Terenci deseaba más. Quienes han leído su excepcional autobiografía, saben las constantes humillaciones y sufrimientos que tuvo que sufrir por su condición sexual y haber elegido el camino intelectual y por ello, en cuanto le fue posible, agarró el cetro de la fama con voracidad y no lo soltó más. Se convirtió en un escritor universal traducido a varios idiomas que, sin descuidar la calidad de sus obras, medía bien los temas que debía tratar para no perder su situación de privilegio. En un presentador estrella que tuteaba a los más grandes astros del mundo del espectáculo que por lo general quedaban seducidos por su sonrisa y temperamento jovial y arrollador. Y se aupó encantado al trono de intelectual famoso y de éxito del que no descendió hasta su muerte. Algo que tal vez no ha permitido valorarlo en su justa medida como artista.

En realidad, Terenci Moix consiguió algo muy difícil. Dialogar, ocuparse de los temas más elevados sin un asomo de erudición. De hecho, fue un excelente divulgador cultural capaz de convertir la novela histórica en un divertido género mayor, un plató televisivo en una comedia de variedades, la frivolidad en arte, el kitsch en un estilo de vida trascendente, el fetichismo cultural en épica y la literatura en una pieza intensa, atractiva y llena de vitalidad. Dotando de un carácter trágico y transmundano los menores acontecimientos de su existencia. Fue alguien tan único y diferente, de hecho, que lucía tan bien dialogando con Lola Flores y Montserrat Caballé como con un autor de culto francés. En medio de un guateque burgués de alta estopa y en un local corrosivo situado en las afueras de la ciudad. Tal vez porque nunca creció. Fue el prototipo de niño grande. Un maravilloso e irresistible Peter Pan que hizo de su vida un paseo por un infierno decorado con paredes de papel Couché. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Los ejemplos son mucho más útiles que los preceptos

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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