Tres domingos

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No me gusta hablar de los libros de amigos y conocidos. No me gusta hacer público lo que pienso de ellos. Si hablo bien de sus textos, se puede entender que lo hago por devolver favores o elogios. Y si lo hago mal, me arriesgo a que una persona que estimo sinceramente, no me devuelva el saludo. Por ello, normalmente guardo silencio tanto si me gustan sus creaciones como si no lo hacen. Además de que en el fondo no tengo espíritu crítico. Adoro que las gentes creen, pongan sus esfuerzos al servicio de las musas, y no me importa en absoluto que las composiciones que construyan sean mejores o peores. Valoro sus impulsos y necesidades y no tanto los resultados. Aunque yo mismo -recuerdo ahora- he llegado a criticar con saña (y casi con temperamento de sádico) la novela de algún amigo para que se lo pensara varias veces antes de publicarla.

Dicho esto, me parecería que cometo un error si no menciono o dedico al menos una línea a los tres últimos libros que he leído por más que pertenezcan a tres personas que conozco: Ártico de Juan de Dios García Gómez, Cambio climático de Cristina Morano y Vigilia del asesino de José Óscar López. Más que nada porque los tres son muy, muy recomendables y en todos ellos, he encontrado fragmentos, frases, versos, sensaciones que me han tocado el alma y por momentos lo han oscurecido o iluminado. Algo que no me suele suceder con el género poético puesto que no soy yo muy asiduo a su lectura. Ya que aunque disfruto y amo a los clásicos y a los renovadores del género, por lo general acostumbro a bucear -si deseo emociones fuertes- en la narrativa, en la música o el cine.

En fin. Sin más, dejo mis impresiones.

Ahí van:

Ártico es un libro fresco y sabio. Ha sido -se nota- tan meditado que apenas hay un verso o un solo poema que sobre. Es un poemario en el que ante todo, reina la serenidad. Es sencillo. Sin pretensiones. Y gracias a esa sencillez, logra precisamente llegar a lugares negados para otros perfiles muchos más ambiciosos. Hay un niño rondando por todos los versos, mirando de reojo cómo escribe el Juan de Dios adulto mientras le dicta de tanto en tanto algunas palabras al oído. Pero este niño tiene también el rostro y carácter de un anciano y cuando ambos se unen, el niño y el viejo, y se ponen a describir la realidad, el resultado es brillante. Suave. Se descubren versos que rememoran experiencias gastadas transformándolas en nuevas. Se saborean poemas procedentes de una tierra sin nombre repleta de estallidos y colores, que se introducen lentamente en el paladar hasta endulzarlo completamente.

Ártico es un juego ambulante entre la memoria y el porvenir. El anuncio de una renovación personal incesante. Un mordisco a una naranja en la que hay las dosis justa de ácido lisérgico para gozar de un viaje hacia rumbos desconocidos sin necesidad de experimentar un mal trago. Es un libro breve que uno no desea que se acabe. Que siente ganas de releer cada cierto tiempo. Un conjunto de poemas que huyen tanto de los locos como de los cuerdos. Un asiento pop, situado a medio camino de ninguna parte, a través del que contemplar el porvenir sin miedo. Un helado poético que, casi me atrevería a decir, que invita a dialogar con la muerte con una sonrisa en los labios. Despreocupadamente. Con temperamento hedonista. Risueñamente. Algo en absoluto fácil. Todo lo contrario. Lo que obliga a confesar que su lectura es un goce. Un placer.

Cambio climático es un libro muy sutil. Tan sutil que puede explotarnos en las manos sin necesidad de pólvora. Duele pero como lo hace un aguja al penetrar en el dedo. Intensamente. Sin necesidad de grandes estallidos para perforarnos la piel y hacernos daño. Dejarnos una herida que tardará en cicatrizar. Un texto que nos recuerda que, a lo lejos, en el horizonte, no hay más huellas que las cotidianas. Que las utopías se desvanecen a las horas del atardecer, entre noticias del telediario y vistas, miradas de perfil a los supermercados, kioscos, sucursales de barrio donde los delirios se diluyen. Se entremezclan con edificios sin construir, sueños de vacaciones en alta mar y discos de rock que ya nadie escucha arrojados en las papeleras.

Más que romper el lenguaje o descuartizarlo, Cristina Morano lo esquiva. Todo su libro es un intento de no hablar, no decir y al mismo tiempo, un testimonio franco y directo sobre la imposibilidad de no hacerlo. La imperiosa necesidad de decir (más que expresar) algo aunque sea no. Esto. Sí. Una sílaba que no corte el lenguaje ni el aire sino el verso. Morano es la guardiana de un mundo que no desea expresarse y por ello, cuando lo hace, se diría que corta el vientre del libro, las tapas y los cuadernos y las portadas. Raja la página. La psique del lector que más que absorbido, queda atado a las imágenes, texturas de unos poemas que cosen nuestro corazón. Nos enredan con un hilo fino, casi invisible, y cuando menos lo esperamos, envuelven nuestro cuello y amenazan estrangularnos. Nos obligan a leerlos atentamente aunque quisiéramos estar realizando otra actividad. Como una abeja, a zumbidos, Cambio Climático clava el aguijón superficialmente pero duele profundamente. Porque está realizado con saña, maestría y me atrevería a decir que por momentos, con majestuosidad. No hay más que leer el suntuoso “Una comida rural” -un poema cuyos versos me gustaría samplear en Ruido y poner en boca de su protagonista- para corroborarlo.

Leí Vigilia del asesino escuchando The bitter pink de Los bichos y Badlands de Dirty Beaches, y pienso que hice bien. Porque Vigilia del asesino es furia y esquizofrenia y ruido. El retrato de un alma desorientada y torturada desnudándose ante el lector y no tanto, creo yo, un viaje exterior (que también). Hay cientos de vibraciones y miradas múltiples reflejándose en un espejo que es destruido una y otra vez, conforme la voz poética se asoma y contornea y baila frente al lector. Libro-peonza, aullido perdido, Vigilia distorsiona el lenguaje, hace que sus versos chirríen para crear una sinfonía lingüística muy parecida a la que consiguen ciertos grupos psicodélicos y psicóticos. Libro-drone, recorre los vericuetos del apocalíptico mundo moderno con aires de disco de post-rock y retortijones de vinilos de Suicide y Can. Removiendo conciencias, destrozando a trizas la realidad hasta conformar el retrato caleidoscópico y partido de una sombra -el yo poético- que rebuzna, cruje, salta y estalla por todas partes sin llegar a perderse del todo a sí mismo.

Más que el testimonio de un neurótico, Vigilia es la confesión de un desquiciado. Un ser atemorizado por el mundo, capaz de pasar de víctima a asesino en un maremoto de versos que no se detienen ni ante la muerte. Desean construir un limbo en el que únicamente exista el tiempo de los artistas. El tiempo de los asesinos. Un muro en el que la tensión, la frustración y la corrosión se experimenten muchos años antes de su aparición real. Shalam

 لِكُلّ شمْس مغْرِب

Si no puedes vencer a la pereza, disfrútala

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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