Typee

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Lo decía Alan Moore en una entrevista. La diferencia entre los jóvenes de los anteriores siglos y de nuestro tiempo, radicaba básicamente en que en otras épocas, cuando alguien crecía y llegaba a la adolescencia, se planteaba embarcarse en un navío, realizar una aventura, forjarse como hombre frente a las incontinencias de la naturaleza. Pero actualmente, los adolescentes, los jóvenes no desean tanto vivir esas inciertas experiencias sino la fama. Y por ello durante los 80 o los 90 experimentaron con su look y los ritmos musicales y los aparatos videográficos. Del Pacífico, el Atlántico y el Índico a la MTV. Así puede resumirse el tráfico de ilusiones y personas vividas durante las últimas quince o veinte décadas.

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El maravilloso, ignoto relato biográfico de Herman Melville que ahora estoy disfrutando, Typee, es un ejemplo de las increíbles hazañas que se podían vivir en otro tiempos no tan lejanos. Leerlo en cierto modo es consultar un Julio Verne décadas antes de su eclosión. Atravesar las grutas de islas y océanos antes de que sus misterios estuvieran totalmente delimitadas. Sentir una de las últimas respiraciones puras del planeta. A veces pienso que relatos para adolescentes como Los cinco o Los hollister se crearon para ayudar a que los adolescentes europeos pudieran realizar el tránsito entre el mundo por descubrir y el mundo descubierto se produjera de la forma menos traumática. De hecho, creo que esa es una de las funciones más o menos ocultas de las novelas de misterio. Prometer la existencia de algo incontrolable y ajeno a nosotros que en gran medida ya no existe. Y por ello Typee es tanto la crónica de una aventura como la de un ocaso. Siendo en buena medida, un símbolo de lo que finalmente el siglo XIX vino a representar para la conciencia humana: un tremendo agujero negro iluminado por la razón y la técnica del que ni los occidentales ni los salvajes o caníbales o almas que habitaban en la selva pudieron librarse por más que lo intentaron. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Cuando el dinero habla, la verdad calla

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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