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Es curioso. En la historia de la literatura no existen miles de obras maestras pero sí innumerables libros aprovechables y aconsejables. Con el tiempo y la experiencia además de los consejos de amigos y escritores, el lector es capaz de discernir, a veces con sólo echar un vistazo a la portada o leer una sola página, si el texto que tiene en sus manos es más o menos bueno o puede interesarle. Sí. De acuerdo. No es justo generalizar. Este ha sido mi caso pero no tiene por qué ser el de los demás. Cada vida como cada lector tienen su propio camino pero llegados a un límite, he de reconocer que entre las interesantes novedades y los imperturbables clásicos, me he acostumbrado a que una gran parte de los libros que abro, me satisfagan. Y por ello, cuando uno en concreto no lo hace, no puedo evitar sentirme sorprendido. Más aún, si se encuentra escrito por uno de esos autores con un prestigio impoluto sobre los que apenas se han escuchado críticas ni voces discordantes a lo largo de las décadas.

Me refiero hoy a Yukio Mishima y su novela Música. Puedo comprender que, dado que el argumento versa sobre los problemas con los que se enfrenta un psicólogo que intenta resolver un caso de frigidez femenina, un estudiante de psicología se sienta interesado por el libro. Supongo que un adolescente puede encontrar ciertas resonancias y simbolismos que lo pueden sorprender y hasta fascinar y por supuesto que hay ciertos flujos narrativos en cadena y descripciones que serán apreciados por los habituales lectores de literatura japonesa pero para el resto, entiendo que la decepción puede ser mayúscula. Al menos, así ha sido para mí. Puesto que no me resulta creíble la historia. Creo que es una especie de novela de tesis a través de la que Mishima pretendía investigar e introducirse en el campo psicoanalítico y finalmente, cae en decenas de tópicos realmente incomprensibles, teniendo en cuenta que el japonés fue considerado uno de los más grandes escritores del pasado siglo.

En fin. Creía que tras leer la novela de Mishima me iba a sentir en las nubes y realmente, tengo hoy un mal sabor de boca que entiendo que puede ser un tanto infantil. Porque es muy difícil que un escritor nos satisfaga siempre. Hasta los más grandes escritores tienen textos fallidos o no conseguidos del todo. Y en parte, esto los humaniza. Permite a quienes vamos lentamente construyendo nuestra obra que seamos un poco menos crueles con nosotros mismos y, sobre todo, valoremos más la calidad y nivel de los textos que estamos acostumbrados a leer. No los consideremos como algo normal sino lo que realmente son: un hecho excepcional. Y así, cuando volvamos a adentrarnos en ellos, los disfrutemos, si cabe, aún más que antes. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Si nadie habita una casa, pronto se caerá

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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