Arbustos

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Los arbustos son el perro lobo del bosque. Una protuberancia parecida a un cáncer sin la cual no hay frondosidad, vegetación. Son escudos del misterio ancestral y sexual. Pensamientos turbios. Charcos en medio de un suelo húmedo. Se parecen a los tachones de la escritura o a unas líneas torcidas que no permiten escribir recto y con cierta disciplina.

Los arbustos son el caos. Los ecos de los gritos de la tierra tras ser arada por los instrumentos humanos. La mayoría parecen fantasmas. Muertos que ya no forman parte de esta vida pero que, sin embargo, se aferran a ella con tal ansia y desesperación que terminan por convertirse en bosque y apresar en su yugo la tierra y la maleza que no es más que la baba de los arbustos. Los eructos que emergen de los árboles cuando no hay seres humanos cerca.

Los arbustos son al bosque como los intestinos al cuerpo. La esencia de la que surge la bilis y brotan la ira, la cólera y la valentía.

Los bosques con un gran número de arbustos abruman. Son agresivos. Son baluartes defensivos que sugieren a las damas que busquen una flor en otro lugar porque los monstruos existen y pueden ser violadas o raptadas por los soldados enemigos en cualquier momento.

En cierto sentido, los arbustos son pesadillas o, más exactamente, los flecos de las pesadillas. Violentas imágenes que surgen del centro del agujero onírico indicándonos que estamos inmersos en el delirio y que, por más que sople el viento o gritemos, no seremos escuchados cuando alguien se decida a asesinarnos y decapitarnos. Pues -repito- son el perro lobo del bosque: gigantes de barro repletos de mierda cuyo verdor, como el dulce tono de voz de la mayoría de los asesinos, anuncia el terror. Shalam

 إِنَّ الْكَذُوبَ قَدْ يَصْدُقُ

La sal no es atacada por los hormigas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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