Baluarte

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El baluarte es una estructura arquitectónica fascinante. Probablemente, mi favorita junto al faro. Porque sólo de imaginar los paisajes y bajeles, tropas de beduinos, musulmanes, vikingos, barcos fantasmas, piratas, besos entre amantes, amaneceres y anocheceres que han podido ser contemplados en la gran mayoría de los que aún continúan en pie, comienzo a temblar. A rellenar folios en blanco con palabras de viento y fuego. Y además, siempre que me he introducido en uno de ellos, he tenido una reconfortante sensación de seguridad. Como si fuera el capitán de alguna embarcación o ejército extraño para el que se hubiera creado expresamente el horizonte, aquella parte del mundo que se observa a través de una de sus ventanas; esos filones de aire donde acostumbran a posarse la gaviotas.

El baluarte se encuentra en los límites del cielo y la tierra y se sostiene en el aire como si fuera capaz de desafiar las leyes naturales. Pertenece a un armazón colosal como el castillo o la fortaleza pero más como apéndice, casi como materia sobrante, que como parte de su esqueleto. Y a pesar lo que me fascina, observando hoy varias fotografías de esta estructura, me he dado cuenta de algo de lo que hasta ahora no había tomado conciencia: el parecido del baluarte con el pene. Que el baluarte es una forma fálica. Algo que no atañe únicamente a su aspecto externo sino también a la función principal por la que fue construido: penetrar en la mente de los posibles invasores. Anticiparse a sus movimientos, saber de sus planes con el tiempo justo y necesario para dar tiempo a preparar la defensa de la población. Aunque ahora, con el paso del tiempo, y a medida que los adelantos técnicos han hecho inútil la función para la que fue construido, me complazco denominándolo cohete místico.

Un símbolo de que los seres humanos tenemos necesidad de fecundar los cielos, para que siga lloviendo y caigan frutos que germinen a la madre tierra desde el que entiendo que sería muy hermoso arrojarse a los suelos. Suicidarse. Aunque su empeño por mantenerse en lo alto, unido como una uña a los tentáculos de las fortificaciones, le confiere un porte de nobleza y confianza, de hiriente belleza, que provoca que también me lo haya imaginado como uno de los lugares ideales para engendrar un hijo. Uno de esos escasos emplazamientos que merecería que todos los poetas le dedicaran, en algún momento, uno de sus versos. Se introdujeran en su interior y expresaran sin miedos todo aquello que sienten, o al menos en quién se ven reflejados cuando observan la sombra del sol y los colores del cielo desde uno de sus muros. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

A veces los mejores jinetes caen del caballo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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