Bomba

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La literatura existe para destruirlo todo. Conseguir que amemos la muerte. Porque al nombrar la realidad, su substancia se corrompe. Se fusiona con el barro de vasijas derretidas y las manchas de los hongos hacinados en la pared. Cualquier objeto salta por los aires al aparecer en un libro. Es deformado. Transformado en un vidrio moldeable. Un plástico esponjoso muy fácil de derretir. Sufrir metamorfosis. El odio y el amor en la literatura no son por ejemplo enemigos. Ni tampoco amantes. Son espejos cuyas figuras se alteran continuamente, componiendo lienzos movedizos y pantanosos. Figuras de ángeles emergiendo de colinas con los colmillos ensangrentados. Niños cariñosos de ojos rojizos como los del demonio. En la literatura no existe salvación porque tampoco hay castigo. No existe un premio y seguramente tampoco haya promesas. Básicamente, porque es absolutamente inservible. La obra de un edificio que, por más horas que trabajemos en su construcción, siempre se encuentra a medio hacer. O en ruinas. Absolutamente derruido. Pues esta es al fin y al cabo, su aspiración: la conquista del fracaso total. La corrosión. Hacernos sentir que la vida no tiene ningún sentido y cualquier victoria es imposible. Puesto que es derrumbando una y otra vez su propio edificio, arrasando la cosecha y aun así, manteniéndose viva, que demuestra su ingente fortaleza. Su inaudita resistencia que le hace sobrevivir sin alimentos y desnuda en medio de una tormenta del hielo. En el filo de un abismo donde ríe continuamente mientras ve esparcirse trozos de su cuerpo demolidos por flechas y bombas: las caricias que le dedica dios por su obstinación en pervivir.  Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

 No hay caballo tan bueno que no tropiece algún día

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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