Camiones

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Los camiones son fantasmas. Cada vez que veo uno, siento miedo. Tengo la impresión de que nadie lo conduce o de que va a atropellarme. Los camiones son una de las más flagrantes manifestaciones del apogeo de la era industrial. Pero en ellos existe un halo apocalíptico que anuncia también el fin de esta época. Los camiones son los tanques del asfalto. Siempre resultan amenazantes. Cuando varios forman una hilera, parece que va a estallar un combate. Huele a guerra. Un camión es una amenaza en la carretera. La mayoría parecen recién salidos de la saga Mad Max, de un futuro alternativo o de un pasado aterrador. No intentan adaptarse al espacio. No buscan la armonía. Su único deseo es imponerse. Llegar a su destino. Que no se detenga el progreso. Aunque se diría que, en el fondo, no tienen ninguna finalidad. Que su única meta y actividad es recorrer la carretera sin descanso. Estar ahí. En medio de las autopistas, repostando en medio de una gasolinera o descansando en un garaje con la misma naturalidad que los peces en los lagos.

Creo que las razones de este temor a los camiones no se debe tanto a su tamaño sino a su función. Un coche puede llevar a una familia a la playa, a un teatro, a un concierto. Pero un camión generalmente sólo es utilizado para llevar mercancías. Es un animal de trabajo. Es un empresario andante. Es el esclavizador de las carreteras. Marca el ritmo. Su propio ritmo. Parece seguir leyes diferentes al resto de los vehículos. Guardar unos límites de velocidad distintos y hablar otro lenguaje. Por lo general, quienes los conducen no son, sin embargo, hombres sin escrúpulos. Jefes megalómanos. Son hombres comunes. Esclavos de la carretera obligados a pasar horas, días, semanas en ellos para llegar a su destino. Aunque a veces, más que esclavizados al asfalto, parecen encontrarse a las órdenes del camión. De hecho, aunque hay una literatura generalmente chabacana sobre los conductores de camiones y todo tipo de historias que incluyen sus míticas borracheras en bares de carretera y sus visitas habituales a prostíbulos, a veces creo que no existen. Que, en realidad, los camiones tienen vida propia y nadie los conduce. O si alguien lo hace, son muertos. Víctimas de diversos accidentes de tráfico sufridos a lo largo del tiempo en las carreteras.

Los camiones son alargadas incisiones de hierro que odian a la naturaleza y a dios. Cachorros de un mundo nihilista. Hijos bastardos del petróleo. Vengativos demonios. Silenciosas espadas negras. Un camión es siempre presagio de una catástrofe. De explosión nuclear. Un recordatorio de las fábricas y las industrias. Una pesadilla del mundo moderno. Todo camión es un asesino. Un arma poderosa que puede estallar en cualquier momento. Me resulta tan natural la imagen de un camión arrinconando contra el arcén a un coche como la de un camión explotando. Porque el camión es a las autopistas lo que los buques de guerra al mar. Alguien que controla los océanos y destruye a quien lo inquiete. No es ciertamente veloz pero cualquier contacto suyo puede convertir una plácida tarde en angustiosa y la carretera en un infierno. Son, en gran medida, sí, una prueba de que los sueños de la razón siempre acaban produciendo engendros. Porque además, ningún camión es estéticamente bello. Su belleza es la del monstruo. La de aquel al que todo le sobra y todo le falta pero se siente misteriosamente orgulloso. Seguro de sí mismo.

Fantaseo con que alguien me regala un camión y siento pánico sólo de imaginar esa bestia diariamente en la puerta de mi casa. Tiemblo, de hecho, al visualizarlo golpeando obstinada, obsesivamente mi puerta. Como si tuviera alguna deuda que cobrarse. Porque incluso el camión más nuevo me hace pensar en el cementerio de chatarra donde será enterrado. En hierros rasgando piernas y brazos y gasolina cayendo de los cielos. En víctimas y accidentes. Bolsas de dinero pesadas aplastando a los pobres. Ya que en el fondo, un camión es un aniquilador de sueños. Un destructor de primaveras. Es la viva imagen de la muerte. La prueba de que el olor del infierno es metálico. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

 Si eres casto como el hielo y puro como la nieve, no escaparás jamás de la calumnia


Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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