Clown

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Los payasos dan miedo porque nos recuerdan que hace un tiempo, en los albores de la humanidad, el mundo era risa. La enorme carcajada de unos cuantos dioses ociosos que, con el paso de los siglos, ha terminado dando forma a un insidioso vacío. Una pantomima de angustia y desidia, que ejerce de pórtico a la soledad incomparable del comercio. La imparable destrucción provocada por la economía. Probablemente, los payasos provocan actualmente pavor, una tristeza enorme porque centurias atrás, sus bromas y sátiras podían derribar gobiernos. O, más bien, conseguir que se los cuestionara. Hacer temblar el cuerpo de los poderosos y que las burla a los jefes sobrevolaran cielos de aire y fuego decorados con sus rostros deformados, ridiculizados. Seguramente, no había acción artística más trágica que la comedia para los próceres. Y no existía guadaña más eficaz al tiempo que liberadora para el pueblo. Un hecho que, atávicamente, aún debe subyacer en la memoria colectiva, puesto que basta con que un payaso nos mire a la cara, que sepamos que sus burlas pueden comenzar a dirigirse a nosotros, para que nos sintamos mal. Sepamos que ciertas ideas o actitudes muy arraigadas en nosotros, -aquellas que nos confieren nuestra seguridad y fortaleza- pueden ser no sólo cuestionadas sino ridiculizadas en cuestión de segundos. Otro de los posibles motivos por los que a los payasos se le teme mucho más que se disfruta de ellos y sus máscaras y maquillajes han aparecido habitualmente en innumerables obras de arte, como símbolo diabólico. De un sujeto esquizoide -caso del archienemigo de Batman, el Joker- que ha perdido el contacto con la realidad de tal modo que su único objetivo es demolerla con bombas, machetes, armas de fuego o bromas tan lúcidas como crueles, y ya no tanto con esa palabra de la que, en cierto modo, se ha visto desposeído.

En cualquier caso, pienso que el verdadero motivo de que los payasos provoquen estas tortuosas sensaciones, podría ser el contrario. Esto es; que han perdido prácticamente todo su arcano poder. Que cuando se ve a uno paseando por la calle nos recuerda más a un asesino serial, un hombre desnortado cuyos gestos y palabras provocan pena, que al antaño temible activista político, cuya voz hacía temblar las paredes del palacio y enmudecía a su público. En realidad, se contempla una sombra, un mal reflejo de lo que somos. Anónimos viajeros cuya opinión en las sociedades globales no cuenta ni importa y precisamente, cuando la emitimos humorísticamente, no sólo es que pierda totalmente su posible carácter crítico o corrosivo sino que termina por volverse totalmente inofensiva. De hecho, lo que sucede actualmente con el circo es precisamente esto: que el público no ríe tanto de los personajes de prestigio o políticos a los que los payasos se refieren sino de los mismos payasos. Y, por tanto, se ha convertido en la ceremonia del espanto: un ritual kafkiano donde, en el fondo, el público se carcajea constantemente de sí mismo. Se burla de su escasa capacidad de acción y celebra en definitiva, su propia impotencia. Su imposibilidad de ejercer crítica o acción alguna contra un poder que nos sobrepasa absolutamente. Shalam

إِذَا دَرَّتْ نِيَاقُكَ فَاحْلِبْهَا

 Bien ronca quien no tiene cuidado que le muerdan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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