Cuchillo

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El cuchillo es un utensilio de cocina que destaca por su filo. La capacidad de cortar o mejor, rebanar con mayor o menor facilidad alimentos. Punzar la piel humana agudamente. Hay algo familiar en los cuchillos. Tanto que se tiene la sensación de que incluso arrastrándolo hasta los intestinos y vientres de un enemigo con intención de destrozarlos, no provocarán daño. Apenas un rasguño leve. Por lo que las heridas realizadas con el cuchillo -incluso las mortales- parecen fácilmente curables. En bastantes casos, inofensivas. Y en su mayoría, limpias. Pues pueden haber sido infringidas por una madre o hermana por lo general, en defensa propia. Al contrario que las heridas provocadas por las navajas, las cuales suelen provocar una furiosa sensación de suciedad. No parecen haber sido hechas por personas sino por animales. Gentes deshonestas que no miran a los ojos y se llenan la comisura de sus labios y manos de grasa y aceite cuando comen. Ya que acostumbran a hacerlo con las manos. Criticar a quienes triunfan y envidiar a cualquiera que sonría o muestre cierta paz de espíritu y bondad. En esencia, sí, la navaja es un arma ofensiva. De ataque. Quien la utiliza no pregunta. Le corta la cabeza al animal y después sonríe. Cercena el cuello de un muchacho y a los poco instantes, ya está corriendo, con una mezcla de desesperación y euforia. El cuchillo es un caballo manso, domado y la navaja, uno libre corriendo sin riendas por lo montes. Una yegua capaz de morder la mano de quien le da de comer. Quien utiliza un cuchillo para cometer un asesinato, está gestando un fracaso. Es una persona tímida, inofensiva. Casi una víctima. Porque el cuchillo mece su filo por el cuerpo de animales derrotados. Es la constatación de una evidencia: la crueldad de la cultura. La animalidad de la civilización. La existencia de la bestia tras los ángeles de fuego. Y la navaja, es el infierno. El cielo sin dioses. Una promesa de libertad para los pecadores. Un intento de destripar la misericordia y hacer del barrio ardiendo, un santoral. Agarrar un cuchillo con rabia es como follar con un cónyuge adúltero. Y una navaja, besar a una prostituta sabiendo que, digamos lo que digamos, no importa. Porque nunca nos amará. Únicamente desea nuestro dinero y por eso, merece la muerte. A escupitajos. Salvajemente si es posible. En medio de charcos de orina y precipicios de excremento.

El cuchillo, sí, es casi erótico. Ropa interior suave. Se puede atar al amante en una silla y desplazar el filo por su cuerpo. Sin daño ni lamento. Pero la navaja no. Porque la navaja es la muerte. El tabú roto. O el mundo sin normas. Quien la lleva, es respetado o más bien, temido. Casi aborrecido. Y sin embargo, quien porta un cuchillo puede ser amado. Estimado por la sociedad. Respetado. Puede ser un burgués o una ama de casa. Un niño eficiente o un escritor ilustrado. Porque la diferencia entre el cuchillo y la navaja es la que existe entre el hombre y el perro. El hombre cuando mata aparenta hacerlo por error, como si su su acto hubiera sido cometido por un aborto divino y además, si bien puede ser encerrado en una jaula como un renegado, en el fondo se trata probablemente de alguien en quien la sociedad posee cierta esperanza de que pueda ser transformado y redimido si medita profundamente en sus actos. Y por contra, el perro, directamente, es sacrificado. Convertido en carne fresca, rodaja sangrienta, puesto que la redención para el ser humano consiste en matarlo. Asesinarlo. Aniquilarlo. Contemplar cómo es cercenado sin mostrar piedad. Con un silencio reverencial que justifica a los ojos de la especie, cualquier matanza. Básicamente, porque la navaja es el ateísmo y la saliva y el cuchillo la duda agnóstica y un escupitajo. El cuchillo, un matrimonio infeliz y la navaja, una violación. Y si el cuchillo es un resquicio de la ley, la navaja es una prueba de que la única posibilidad para la sociedad de sobrevivir es a través de la violencia. Forzando a cada individuo a tomar la justicia por su mano y vengarse de los padres que nos trajeron a este mundo. La navaja, de hecho, es una lucha brutal contra el creador. Aquel que, riéndose insistentemente de nosotros, nos arrojó a la vida como quien tira un saco de piedras a la cara de un criminal. Forzándonos a morder generalmente la mano que nos da de comer para conseguir sobrevivir. Respirar. Nadar entre los precipicios de las rocas afiladas donde viven los enanos inmorales y la masturbación es el acto sexual no sólo más practicado, sino más deseado. Porque la navaja es ese mundo donde el infierno es el tiempo que transcurre entre un acto egoísta y otro. Y el cuchillo, el consenso al que llegan los seres humanos, tras haber aceptados las reglas impuestas por los demonios en el territorio sangriento y estéril que los grandes edificios y la cultura intentan ocultar. Shalam

 إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

 No puedes matar a un bisonte sin flechas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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