Culto

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La cultura es la crueldad. La justificación para matar animales, la naturaleza y hasta a dios. Convertir al mundo al ateísmo o transformar la espontaneidad en una norma de conducta. Por lo que, en ningún caso, enaltece. Básicamente, porque es corrupta. Y es un residuo del poder. Un asunto del rey, los nobles y sus funcionarios. Quienes desean sobresalir. Ser reverenciados. Adorados. Tener estatuas cerca de los castillos. Por ello, la cultura más bien ensucia. Como las palabras amontonándose sobre el silencio. La cultura mata el arte porque destripa el reposo divino e intenta oficializar sus misterios. La cultura no desea tanto la justicia divina como que dios justifique los premios y reconocimientos adquiridos. La cultura es violencia. Pero, sobre todo, es vicio y saña. Porque sus dardos no están llenos de vísceras e hígados rotos pero hacen el mismo daño. Y no contribuyen a disolver las diferencias entre seres humanos o clases sociales. No. Puesto que la cultura, al contrario que el arte, celebra el mantenimiento del status quo. Está de hecho, orientada a ello. Es una fiesta política, que intenta convertir lo transgresor en normal. La disidencia en conformidad. Manipula a los artistas y crea una realidad paralela a la verdad a través de la que consigue instituir -a base de premios, becas y dinero- una mentira. La cultura es lo que llega tras la guerra. La paz benefactora utilizada por el conquistador para ofrecer una imagen de concordia donde únicamente existen intereses sobrevolando charcos de sangre.

Si el arte es un grito de auxilio, la cultura son palabras sin sentido. Banales. Retorcer el lenguaje para hacerlo incomprensible o bien, hacerlo tan legible que pierda su peligrosidad. La cultura es la encargada por el Estado de hacer creer por ejemplo, a base de festivales, promociones de lectura y sloganes más o menos atractivos, que la literatura es un océano de bostezos. La responsable de intentar conseguir que los niños odien la lectura, los adolescentes prefieran la droga y las guitarras chirriantes a la palabra -algo que sin duda beneficia al poder- y de que los adultos que leen y escriben, vistan uniformemente. O con una imagen de pluralidad absolutamente inofensiva. Eso que llaman socialdemocracia. Porque la cultura es la porquería. La política atravesando con su espada el mundo del arte y fragmentándolo. Destrozándolo en cientos de pedazos para que a los escritores no les quede más posibilidad que alabar sus respectivos trabajos, competir entre ellos o pactar con el poder si desean sobrevivir. Alcanzar el reconocimiento que es realmente lo que les importa por encima de la creación de una historia eterna, o que modifique nuestro mundo como consigue hacerlo cualquier obra de arte invasiva y destructora. La cultura es una ilusión, un espejismo que se corporeiza allí donde se la celebra por unos minutos y a continuación, desaparece. Varios camiones llevando litros y litros de agua a los sedientos en el desierto que no retornan más. O lo hacen cada año, creando sinergias de conformidad. Casi como las originadas por los fieles ante el altar. Porque la cultura es dios. O al menos, se arroga funciones divinas y egóticas. Es otra escalera desde la que quienes llegan arriba miran unas veces con alivio y otras con sorna, al resto. Y, en esencia, una gran cárcel que divide a los artistas peligrosos en prisioneros y a los más conformistas y adocenados, en guardianes. Pero a todos los mantiene dentro de una caja de la que nadie escapa. Porque en caso de que sus barrotes de acero pudieran ser quebrados por algún lienzo o verso, antes o después esas manchas de color y palabras de rabia serán reconducidas e internadas en sus calabozos por la policía estatal: la crítica, los comisarios y los profesores. Siervos del Ministerio de la Cultura que, acaso tengan libertad interior, pero en esencia, absolutamente ninguna libertad exterior o capacidad de maniobra, más allá de su diaria contribución (aparentemente voluntaria) a la fortificación de las paredes de la inmensa jaula. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Un árbol convertido en leña, dará fuego. Pero ya nunca frutos ni flores

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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