Culto

0

La cultura es crueldad. La justificación para matar animales, demoler la naturaleza y escupir a dios. Para convertir al mundo al ateísmo y transformar la espontaneidad en una norma de conducta. Por ello, en ningún caso, enaltece. De hecho, básicamente es corrupta. Un asunto del rey, los nobles y sus funcionarios. De todos aquellos que desean sobresalir, ser reverenciados, adorados y tener estatuas suyas cerca de los castillos. Por lo que más bien ensucia la vida social. Un poco como lo hacen las palabras cuando rompen el silencio.

La cultura mata el arte porque destripa el reposo divino e intenta oficializar sus misterios. En verdad, no desea tanto la justicia divina como que dios justifique los premios y reconocimientos adquiridos. La cultura es violencia pero, sobre todo, es vicio y saña porque sus dardos no están llenos de vísceras e hígados rotos aunque hacen el mismo daño. Y, desde luego, no contribuye a disolver las diferencias entre seres humanos o clases sociales puesto que, al contrario que el arte, celebra el mantenimiento del status quo. Está, ciertamente, orientada a ello. Es una fiesta política que intenta convertir la transgresión en normalidad, la disidencia en conformidad, manipula a los artistas y crea una realidad paralela a la verdad a través de la que consigue instituir -a base de premios, becas y dinero- una mentira.

La cultura es lo que llega tras la guerra. La paz benefactora utilizada por el conquistador para ofrecer una imagen de concordia donde únicamente existen intereses sobrevolando charcos de sangre.

Si el arte es un grito de auxilio, la cultura son palabras banales y sin sentido. Su función es retorcer el lenguaje para hacerlo incomprensible o bien hacerlo tan legible que pierda su peligrosidad.

La cultura es la encargada por el Estado de hacer creer, por ejemplo, a base de festivales, promociones de lectura y sloganes más o menos atractivos que la literatura es aburrida. Es la responsable de intentar conseguir que los niños odien la lectura, los adolescentes prefieran la droga y el rock a la palabra y de que los adultos que leen y escriben, vistan uniformemente o con una imagen de pluralidad absolutamente inofensiva. Eso que llaman el estilo socialdemócrata.

La cultura es la porquería. La política atravesando con su espada el mundo del arte y fragmentándolo. Destrozándolo en cientos de pedazos para que a los escritores no les quede más posibilidad que alabar sus respectivos trabajos, competir entre ellos o pactar con el poder si desean sobrevivir y alcanzar el reconocimiento que es, realmente, lo que les importa por encima de la creación de una historia eterna o que modifique nuestra visión del mundo.

La cultura es una ilusión, un espejismo que se corporeiza allí donde se la celebra por unos minutos y, a continuación, como el agua del desierto, desaparece. Es un organismo que crea constantemente sinergias de conformidad, casi como las originadas por los fieles ante el altar, porque se arroga funciones divinas. Es otra escalera desde la que quienes llegan arriba miran unas veces con alivio y otras con sorna, al resto. Es, en definitiva, una gran cárcel que divide a los artistas peligrosos en prisioneros y a los más conformistas y adocenados, en guardianes. Pero a todos los mantiene dentro de una caja de la que nadie escapa. Porque en caso de que sus barrotes de acero pudieran ser quebrados por algún lienzo o verso, antes o después esas obras de arte serán internadas en sus calabozos por la policía estatal: la crítica, los comisarios y los profesores. Siervos del Ministerio de la Cultura que, acaso tengan libertad interior pero, desde luego, que no tienen ninguna libertad exterior o capacidad de maniobra más allá de su diaria contribución a la fortificación de las paredes de esa inmensa jaula. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Un árbol convertido en leña, dará fuego. Pero ya nunca frutos ni flores

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo