Defensas

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Creo que no hay mejor lugar donde mirar en un campo de fútbol que la defensa para comprobar la evolución de este deporte y de la sociedad española. Durante los años 70 y 80, los defensas eran fieras. Bestias. Cualquier central tenía interiorizado que el área era un campo de minas y el partido, la guerra. Que o pasaba el delantero o el balón pero los dos juntos nunca.

Los defensas de antaño convertían el césped en selva. Más que proteger al portero, parecía que sostenían una ciudad. Que estaban luchando contra los turcos por defender Costantinopla. El último bastión del Imperio Romano. Lo más lógico era que, al terminar los partidos, su cuerpo estuviera lleno de moretones, rastros de sangre y sudor aceitoso de ese que hay que restregar y restregar en la ducha para poder hacer saltar. Aquellos laterales, centrales o líberos eran animales. Leones, tigres. Guerreros. Gladiadores. Soldados que no dudaban nunca a la hora de meter la pierna. Creaban sensación de respeto y temor con tan sólo verlos. En realidad, muchos de ellos parecía que se habían escapado de los mismos barrios en los que se habían criado el Torete o el Vaquilla. No eran deportistas sino futbolistas. Supervivientes. Pero, eso sí, eran futbolistas, como podían haber sido albañiles, camareros o delincuentes. Casi por generación espontánea. Porque alguien los había puesto en el campo en el momento adecuado y su condición física y su temible aspecto habían logrado intimidar a los delanteros del equipo contrario. Lo cierto es que la mayoría de ellos hubieran acabado en la cárcel de no haberse impuesto y por eso, soportaban las críticas con estoicismo y desenfado. Porque nada podía ser peor que el hambre y la cárcel. Y, obviamente, las opiniones de un periodista eran caricias comparadas con los insultos de un compañero de celda o un policía cabrón.

En la era pre-Cruyff, a los defensas no se les requería que salieran con el balón controlado, poseyeran una gran visión de juego o que devolvieran la pelota al primer toque. Ni tan siquiera, una mínima visión táctica. A un defensa, se le pedía destruir. Pundonor. Que tuviera un par de cojones. A poder ser tan grandes como el motor de un tractor. Se le exigía que amedrantase al delantero centro y si es posible, al árbitro. Porque la palabra defensa era casi sinónima de navajero. Alguien al que se le valoraba por las tarjetas amarillas que le habían sacado a lo largo de su carrera y tenía que ser expulsado varias veces para ser respetado. Ganarse la confianza de estos técnicos que los utilizaban como perros de presa. El último arma a utilizar cuando el juego no acompañaba y la derrota se cernía en el horizonte. Por ello, era muy difícil que tuvieran una estatura pequeña o una complexión débil. La mayoría eran robles. Troncos. Camioneros. Pues no importaba tanto su agilidad como la capacidad de incomodar a los rivales. De imponerse por fuerza, garra y cuerpo.

Básicamente, se les demandaba rapidez para tirarse al suelo y cortar los avances de los ejércitos contrarios. Garra y entereza para aguantar golpes y que soportaran insultos y humillaciones con temple. Casi con indiferencia. Además de solvencia y contundencia a la hora de despejar el balón. Por lo que muchos de ellos lesionaron a estrellas rivales y, en vez de perder prestigio, alcanzaron un status y consideración distintos. De hecho, se convirtieron en mitos. Bandoleros que estaban dispuestos a ser juzgados en la picota pública por una causa mayor: la victoria de su club. Esos clubs a los que muchos de ellos dieron los mejores años de su vida y con los que establecieron relaciones casi religiosas. Identificándose con su hinchada e historia como lo hacen los feligreses con los santos y sacerdotes.

Los defensas eran defensas tanto por su capacidad de frenar las embestidas de los enemigos como por sus salvajadas. Ciertamente, representaban el limite justo entre la civilización y la barbarie. Ya que, de no tener que atenerse a las reglas de un juego, no era difícil imaginárselos cortando brazos y piernas en jaurías sangrientas. Pegando cabezazos en un bar o yéndose de putas durante los días de semana. Aquellos defensas eran baluartes de la masculinidad extrema. Escupían al suelo una y otra vez, maldecían sin complejos y se besaban el escudo como si fuera un crucifijo. Eran hijos de un país lleno de vacíos legales donde la aspiración no era tanto convertirse en nuevo rico sino sobrevivir. Comprarse un piso y un coche y tener suficiente dinero para invitar a los amigos a una juerga de tanto en tanto. Por lo que, obviamente, eran totalmente ajenos a los dictados de la moda. Les bastaba con dejar a cero la portería para encontrarse satisfechos. Y no necesitaban vestir como papagayos o aparecer en las revistas para sentirse dignos. No eran hombres de negocios ni cultos. Eran hombres de la calle. Del barrio. Rebeldes para los que el fútbol representaba un balón de oxigeno. Un pasaporte a una vida digna y sin deudas. Shalam

إِنْ كَانَ فِي الْجَمَاعَةِ فَضْلٌ فَإنَّ فِي الْعُزْلَةِ سَلاَمَةٌ

Sin risa y sin llanto la vida no tendría sentido

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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