Desperado

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Adoro esta fotografía de Cioran. Creo que resume toda su fisolosofía y libros en un instante. Sin retruécanos ni falsedades, tal y como le gustaba a él pensar. Con exactitud mortal. Casi suicida. Al fin y al cabo, para el rumano vivir era suicidarse. Dejar que nos mate el tiempo sin oponer resistencia. Respirar era ponernos las dos manos al cuello y apretar y apretar hasta languidecer años después. Ayer, revisando como siempre hago de tiempo en tiempo, uno de sus ignotos, descomunales viajes a los avernos, En las cimas de la desesperación, leí este fragmento que me parece de una lucidez inaudita: “Poder sufrir solo es una gran ventaja. ¿Qué sucedería si el rostro humano expresara con fidelidad el sufrimiento interior, si todo el suplicio interno se manifestara en la expresión? ¿Podríamos conversar aún? ¿Podríamos intercambiar palabras sin ocultar nuestro rostro con las manos? La vida sería realmente imposible si la intensidad de nuestros sentimientos pudieran leerse sobre nuestra cara”.

¿Era Cioran un asceta, un karateka del nihilismo? Ante algunas de sus reflexiones, a veces dan ganas de responder que sí. Que Cioran era un humilde párroco, un señor de provincias en contacto con vampiros, sucubos y doncellas desvirgadas en potros de tortura quien, a pesar de todo, no se sentía muy cómodo en su papel y desde luego no hacía alarde de sus contactos con el mundo de lo sobrenatural. Sí. A veces pienso que Cioran era el mayordomo de la mansión del conde Drácula. Un filósofo que portaba en sus manos un candelabro con el que hería la piel del pensamiento. Un dios herido que guardaba los secretos de lo oculto en una cámara subterránea, un viejo cofre de donde cada cierto tiempo extraía pensamientos, reflexiones, citas sobre la gangrena y destrucción de nuestro mundo con la facilidad con la que otros llenaban allí sus manos con viejos doblones, armas, monedas que a los pocos días se convertían en polvo. Un hombre, en suma, que dejó hablar a la muerte y se negó a escuchar a los muertos. El emperador de un reino donde aún no vive nadie. Apenas hay en sus límites y dominios una mesa, un vaso de vino y un puñal rociado en veneno esperando ansiosa y a la vez pacientemente, ser usado. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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