El asesinato como una de las bellas artes

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El arte salva vidas, sí, pero no sólo las de quienes lo practican (pintores, escritores, cineastas, etc.) sino también las de aquellas personas sobre las que se urden historias. El jardinero fue un libro que comencé a escribir para no pelearme con el conserje de la Urbanización en la que veraneo. Evitar arrojarme sobre él con un puñal y abrirle el vientre. En aquella novela y varios pasajes de la trilogía del horror que estoy urdiendo ahora, he podido desahogar mis ansias asesinas. Muchas veces, al despertar, me he imaginado torturando a varios políticos, rebanando sus cuerpos con cuchillos al rojo delante de grupos de personas que coreaban sus nombres con alegría conforme perdían su lengua, nariz y piernas. También me he imaginado castrando a cierto profesor de literatura. Me he visto acuchillándolo en su despacho y a continuación, mostrando orgulloso su cabeza a los cientos de alumnos que maltrata y manipula psicológicamente. Sin embargo, gracias al arte y a la escritura, esto no ha sucedido. Hay algún profesor y algún político más que está vivo y yo no estoy en la cárcel. Es más, hasta puede que si mis libros son realmente buenos contribuyan con el tiempo a mejorar el karma puesto que, al simbolizar y resumir el estado de una sociedad, pueden servir de ejemplo para las generaciones presentes y futuras.

¿Qué quiero decir con esto? Creo que está claro. Que el artista puede, además de curar o aliviar su neurosis con sus obras de arte, salvar la vida de aquellos a quienes si no pudiera matar metafóricamente, tal vez se atrevería a asesinar en la realidad. Y que esta segunda característica me parece que no ha sido lo suficientemente destacada. Aunque tal vez sea la verdadera razón por la que determinados estamentos políticos y sociales se empeñan en dar premios a quienes nos dedicamos a una actividad, en esencia, asocial; conscientes de que cada palabra escrita domesticada es una bala menos en el campo de batalla.

Hace unos días, por ejemplo, murió un político a manos de una ciudadana y no puedo evitar pensar que si esa señora (que, al parecer, tampoco era en absoluto ejemplar) hubiera tenido la posibilidad de crear para desahogar su ira por las perrerías que había sufrido, no habría cometido un acto tan atroz. Se habría podido contener puesto que habría hallado una catarsis real a su sufrimiento que le hubiera servido como sostén para enfrentar las injusticias y, sobre todo, las burlas e indiferencia que tuvo que soportar por parte de aquella alcalde, concejal o váyase a saber qué cargo ocupaba. Yo, de hecho, creo que si no pudiera escribir, estaría actualmente pensando seriamente en tomar un arma. Y por eso no estoy a favor ni  de la víctima ni de la asesina. En esencia, comprendo aquello que sucedió sin por ello justificarlo. Al contrario, entiendo que es denunciable. Pero no puedo evitar preguntarme, ¿Qué hacer si el estado coarta nuestra libertad, intenta someternos y manipularnos, nos niega derechos y si puede nos deja en la calle y encima se complace en todo tipo de perversiones? En mi caso, la respuesta es clara por el momento: escribir. Pero no puedo evitar preguntarme ¿cómo podrá soportar este atentado quien no sepa ni pueda, por motivos económicos, dedicarse al arte? Entiendo que la respuesta violenta no es la mejor respuesta pero frente a un asesino (el estado moderno) que nos viola (simbólicamente) constantemente, ¿es la respuesta pacífica la adecuada? Supongo que se me permitirá al menos que lo cuestione.

De hecho, si finalmente me decanto por una respuesta pacífica será tras haber calibrado todas las posibilidades de actuar. Haber ejercido mi libre capacidad de decidir tanto para contrarrestar al estado con más violencia como para dejarme asesinar por él lentamente y gota a gota como le está ocurriendo a miles de ciudadanos, a quienes admiro aun más si cabe porque sin tener el arte para desahogarse y habiéndolo perdido (casi) todo, todavía no toman las armas, creen ciegamente y con el corazón en que las palabras y su lucha silenciosa pueden provocar el derrumbe de los opresores y provocar un cambio a esta onerosa situación de la que tal vez únicamente nos salve la naturaleza. Los rugidos, terremotos y maremotos a través de los que la Madre Tierra nos podría hacer tomar conciencia de la necesidad de frenar este ritmo de crecimiento y desarrollo antinatural e infame ya sea pacífica o violentamente. Pero frenarlo de una vez y para siempre y jamás. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

El que teme sufrir, ya sufre el temor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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