El fantasma

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Con suma lucidez, sugería William Shakespeare en su Hamlet una idea -“los fantasmas están vivos”- en la que insistieron Freud y Lacan. El ser humano no sólo convive con sus contemporáneos. También lo hace con los muertos. De hecho, la memoria de muchos fallecidos suele pesar más en la conciencia de los seres humanos que la presencia de quienes habitualmente los rodean. Las huellas de lo invisible se inscriben diariamente en nuestras vidas. El recuerdo de un padre, un hijo o un hermano muerto puede ser más intenso, insistente y presente que cualquier rostro cotidiano. En esencia, esto es lo que ocurre por ejemplo, con las religiones. Son los vivos los que las transforman en instituciones pero son las palabras y hechos de los muertos -Buda, Cristo, Mahoma- quienes las originan y consagran. Las convierten en cultos universales. Algo que también ocurre con los países. Han pasado cuatro décadas de la muerte de Francisco Franco por ejemplo, y su espíritu, lejos de ir diluyéndose en el tiempo, cada vez se hace más presente.

Franco es, de hecho, el gran protagonista de la actual vida política española. Más aún, me atrevería a decir que Franco es el actor principal de la Transición. El redactor implícito de la Constitución de 1978. Básicamente, porque prácticamente todo lo que se ha hecho en España desde su muerte, se ha hecho contra él y, por tanto, tiene su influjo. Su sello. La tan cacareada democracia española tiene la firma de Franco al igual que el reinado de Juan Carlos I. Casi que me atrevería a decir que las Olimpiadas de 1992 se celebraron en Barcelona y no en Madrid gracias a Franco. Y, desde luego, sí tengo claro que el estado de Autonomías es producto indirecto de su muerte en el Pardo. Pues tanto su sombra, la necesidad de destruir todo lo que él había realizado -sin reflexionar si continuaba sirviendo o si lo había hecho bien o mal- como el ansía de dinero y poder de los dirigentes de los partidos políticos provocó que, en vez de respetar una gran parte de los engranajes de un estado centralizado bastante eficiente, España se dividiera en 17 trozos que multiplicarían los gastos y las diferencias, atentando contra la unión y trato de igualdad de todos los españoles.

Realmente, en este país no ha muerto en apariencia Franco menos para sus hijos. De hecho, la mayor parte de los cachorros de la derecha española se cuidan muy mucho de mencionar su nombre en público y en caso de hacerlo, lo pronuncian entre líneas, casi susurrando, dejando muy claro que se avergüenzan de su padre y que ellos se encuentran muy lejos de sus planteamientos. Tanto que en cuanto les es posible, hacen la vista gorda a medidas a favor del aborto o no dudan en abstenerse e incluso aprobar leyes que favorezcan el matrimonio entre personas del mismo sexo. Otra conquista de Franco se mire por donde se mire. Pues de no haber gobernado España durante tantos años, probablemente ningún político -sólo hay que mirar a Europa para constatarlo- se hubiera dado tanta prisa para permitir este tipo de matrimonios y las consiguientes adopciones.

La derecha moderada, en realidad, es un invento de Franco. Nace de uno de sus pulmones y parte de su hígado. Es una consecuencia de su dictadura. De cada uno de sus enojos y gritos y cada uno de los muertos que dejó por el camino. Aunque la gran creación de Franco no ha sido esa derecha acomplejada y amanerada que se ampara en la ley y el diálogo cuando alguien la desafía, y no es capaz de imponer orden en el caos ni de tratar a los delincuentes con un mínimo de rigor por miedo a que alguien pronuncie la palabra mágica -“franquista, franquista”- y quede totalmente deslegitimada y en ridículo. No. El gran monstruo creado por Franco ha sido la socialdemocracia, la izquierda cainita. De hecho, su nombre es, sin dudas, el más citado por los políticos que subscriben esta ideología que, gracias a la presencia constante de su “fantasma” en la vida diaria, se sienten capaces de cometer cualquier desmán. Ser más fascistas que los propios fascistas y más franquistas que los antiguos franquistas. La izquierda es capaz (y se siente con el derecho) de ser tiránica contra quienes no aceptan su doctrinaria ideología -ley de género, feminismo radical y extrema equidistancia- gracias a que, oficialmente, Franco y machismo son sinónimos. Se siente con la libertad de destrozar a la nación española, pitar el himno y declararse apátrida y antisistema -aunque cobre mes tras mes del Estado- porque la idea de España se encuentra unida a la imagen de Franco y un fusil. Y, por otra parte, es capaz de apoyar cualquier nacionalismo emergente por autoritario y excluyente que sea debido a que, supuestamente, Franco reprimió cualquier manifestación de “fecunda” diversidad. En resumen que gracias a Franco, la izquierda se cree con capacidad de aupar cualquier idea y montar cualquier escándalo sin merecer ser castigada y por contra, la derecha además de perder firmeza y autoridad, se ha reblandecido y “abierto” hasta el grado de convertirse en una mera caricatura.

En realidad, si Franco no estuviera vivo, no sería necesario derribar sus estatuas o pintarlas de colorines ni tampoco invocar su nombre para aplicar reformas y aprobar leyes. Ni tachar día a día al estado español de franquista ni calificarlo de autoritario para que los extranjeros ratifiquen su idea de que, como afirmaba hace poco Antonio Muñoz Molina, vivimos en Francoland. En cualquier caso, si el dictador continúa vivo y cada vez más presente se debe, en gran parte, a su forma de morir. En su palacio y de muerte natural sin nadie que tuviera valor a oponérsele a pesar del reguero de heridas, entuertos, injusticias y muertos que dejó a su paso. Lo que quiere decir que el pueblo español no conquistó su libertad y democracia sino que le fue entregada. Nos fue regalada. Un hecho que nos conduce directamente a la creación de un autoritario estado de partidos basado, centrado y sostenido por la corrupción, incapaz de matar a Franco de una vez ni de realizar un lienzo o un ensayo objetivo de su personalidad y actos, porque lo necesita rabiosamente vivo y peligroso para sobrevivir y continuar permitiendo la “estafa total”. Shalam

اِلْزَمِ الصِّحَّةَ يَلْزَمُكَ الْعَمَلُ 

Nada más armonioso como la manera en la que el hombre insiste en la repetición del desastre y la estupidez

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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