El jabato

0

¡El Jabato! ¡El jabato! ¡El jabato! ¡El jabato! ¡El jabato!¡Oh! ¡Ah! ¡El jabato! Un héroe que no envejece. ¡Oh! ¡Ah! Agarra la espada con la fuerza de un toro. Se desplaza con la agilidad de un lince. Y es astuto y osado para superar cualquier prueba y encerrona. Ningún romano podrá apresarlo. Restarle vitalidad. Como tampoco podrá hacerlo ninguna orden secreta o animal salvaje. ¡Oh! ¡Ah! Porque el jabato es una fiera. Es una roca. Un hombre que no se rinde ni fatiga. Ni conoce la derrota. Vive luchando. ¡Oh! ¡Ah! Sin miedo a morir. Pero también sin reglas ni más normas que las que le dicte el corazón. Consiguiendo por ello hipnotizarnos. Conseguir que ojear uno de los cómics en que aparece, sea aún una experiencia emocionante. Una vía a la felicidad repleta de páginas que consiguen que no separe mis ojos de ellas. Durante horas y minutos. Como lo hacían los protagonistas de Arrebato contemplando antiguas estampas y carteles. Viejos afiches de Las minas del rey Salomón de hipnotizantes colores que lograban que voláramos. El espíritu se fuera de la habitación donde estábamos a medida que se escuchaban palabras procedentes de los cuentos de Las 1001 noches, de aquella canción de Golpes Bajos, “Hansel y Gretel o se mencionaban determinados nombres: el capitán Nemo, Giacomo Casanova, Sibelius o Ulises el astuto. Alguien, un libro, una imagen o el holograma de una película evocaba la memoria de antiguos pueblos; el acadio, los tracios, lo hititas, los nubios o los persas. O en las tablillas de un museo, podía contemplar la escritura mesopotámica y egipcia. La cuneiforme y la jeroglífica. Y un remo perteneciente a un barco fenicio. Una noche de verano en que me adentro en El libro de los muertos y otra en que conozco el deseo de inmortalidad de Gilgamesh. Terenci Moix con traje de gladiador hablando de Cleopatra ante una mastaba. Charlton Heston recorriendo un planeta salvaje perseguido por cientos de simios. Tribus africanas quemando vivos a unos cuantos alemanes. Bruce Chatwin tomando, como si fuera un mono, un plátano sobre una colina desde la que contempla Petra. López Ufarte levantando el título de liga en Atocha. Conan el bárbaro besando a una joven pelirroja que en realidad es una anciana hechicera. Tarzán arrojándose a un lago repleto de cocodrilos. Y viejos cuentos infantiles narrados con aterradora voz por una profesora disfrazada de Caperucita Roja frente a un grupo de niños entre los que me encuentro yo. Vestido como un pirata. Pegando martillazos al suelo. Y acariciando un cómic de El jabato. Pensando que, ¡oh! ¡ah!, ese hombre es invencible. Es capaz de convertirse en una fiera. Rugir como un tigre y amar sin comprometerse. Es un nómada, un desterrado que sin embargo pareciera que será el monarca de un exótico reino en el porvenir. Tendrá una efigie en la selva y caminará a cuatro patas por los ríos como una pantera. Será compañero de el hombre enmascarado y ambos erigirán una república opuesta a todo imperialismo donde el pan y los peces, y también vinagre y manzanas, se repartirán entre todos sus habitantes. Y aún así no habrá paz. Porque para los hombres como el jabato, el reposo no existe. Deben luchar contra cartagineses y romanos. Contradecir a Espartaco el tracio y Julio César. Oponer su espada a la de Aníbal y su orgullo al ego envanecido de Nerón. ¡Oh! ¡Ah! A veces son bárbaros y otras cultos. ¡Oh! ¡Ah! A veces deben pelear y otras huir. Penetrando en tumbas de las que emergen fortalecidos. O atravesando los aires apoyándose en lianas, atreviéndose a desafiar a Ícaro. Y hasta a los dioses. Porque los héroes como el jabato, ¡oh! ¡ah! son inmortales. Eternos. Como la memoria de los faraones egipcios. Los hombres que invirtieron su fortuna para alistarse en las cruzadas. Los guerreros que murieron defendiendo Constantinopla. Los antiguos leprosos. Los hambrientos arrojados en las esquinas de Troya. Black Sabbath realizando un concierto en un castillo repleto de cruces gamadas envueltas en círculos de fuego rojo. Los caballeros de la tabla redonda bebiendo vino vigilados por enormes arañas. Un sueño de Alan Moore y una pesadilla de Aleister Crowley. Jimy Hendrix quemándose los dedos al incendiar una guitarra tras hacer el amor con una serpiente. Petrarca volviendo a escribir otro poema dedicado a Laura. O el mago Merlín invocando un conjuro mientras cae por las grietas del suelo levantado tras un terremoto.

Aunque….

sí…..

finalmente…

descubro hoy, varias décadas después de haberlo conocido, y tras haber vuelto a leerlo con la misma intensidad de antaño que

el jabato no es más que un muerto.

Es el héroe arrojado en un bosque que miro día tras día hasta quedarme sin habla.

Tocándolo sin saber si se recuperará de sus heridas.

Hasta que me sonríe, se pone en pie, monta en un caballo y parte en dirección a Roma junto a su compañero Taurus.

Difuminándose como el viejo sueño de la infancia que ya no volverá.

Convirtiéndome a mí en otro muerto.

Al igual que el invierno cuya vestimenta oscura se despliega persiguiendo los brillos de todos mis veranos. Y una vez capturados, abre sus fauces y comienza a reírse a carcajadas porque, ¡oh! ¡ah! al contrario que el jabato, ¡oh¡ ¡ah!

…..yo sí estoy envejeciendo. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El que tiene amor en el pecho, tiene espuelas en los costados

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo