Fumador

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El tabaco es locura. Contradicción. Whalt Whitman amenazó a su esposa con quitarse un brazo porque ésta le aconsejó abandonar el hábito. Cuando Marlon Brando lo dejó, en vez de mejorar su salud, comenzó a engordar. Un anciano de Venecia condenado clínicamente a morir de cáncer sobrevivió durante una década fumando un cigarrillo antes y después de cada una de las comidas. El regente de uno de los más antiguos monasterios budistas de Tailandia, un sabio a quien nadie había visto irritado en décadas, estalló en cólera al descubrir a uno de sus discípulos fumando en el bosque. Varios mendigos hambrientos durante la depresión americana al llegar a un centro de ayuda social se lanzaron como posesos a fumar despreciando la comida que se les ofrecía en primera instancia. Y durante décadas, los europeos torturaron a negros e indígenas apagándoles cigarrillos en las cuencas de los ojos, manos y miembros sexuales. Porque el humo enceguece. No permite ver con claridad. Hasta tal punto que, considerándolo como objeto de placer y culto, los occidentales no tomaron conciencia hasta que fue muy tarde de que se había convertido en uno de los instrumentos por medio de los que el alma de América pudo vengarse -cánceres, bronquitis o enfisemas- de las inmensas afrentas cometidas contra su cuerpo y raíces.

¿Quién sabe por qué existe el tabaco? Creo a veces que nació al mismo tiempo que la tristeza. Porque tenemos demonios internos que necesitamos envenenar o bien hacer hablar. En Mesoamérica, de hecho, era un instrumento utilizado para sacar los espíritus del cuerpo y hacerlos hablar. Era una forma de conexión con uno mismo que invitaba a meditar, permitía reflexionar con tranquilidad además de aportar cierta lucidez a la visión del conjunto de nuestra existencia. Aunque, usado en exceso, nos hacía regodearnos en la culpa al dejarnos a solas con nuestros males. Y es que en cierto modo, el tabaco es una mecedora de nuestras culpas y errores. Una almohada que no nos juzga por nuestros fracasos ni nos exige ser perfectos y por tanto invita a la complacencia en la derrota.  El tabaco, sí es desesperación. Pero esa desesperación y compulsivo acercamiento a la muerte es también una forma de libertad y de felicidad. Poder morir lentamente es un privilegio, de hecho, de hombres libres y artistas. Y ya que el fumador sabe que no va a ser feliz jamás al menos se da el gusto de acercarse día a día, por voluntad propia y no divina, a la muerte. Cada una de sus caladas es un ataque a Dios, a la voluntad natural. Los que fuman, odian a Dios y desean darle un escarmiento.

Fumar es una exhibición del mal. Un desafío a la ley. Una muestra de que, pase lo que pase, siempre la desobedeceremos. Pero también es sumisión y obediencia a la muerte. Una muestra cabal de que estamos esclavizados al miedo, sometidos a nuestras traumas y que antes de visualizarlos con claridad y sanarlos preferimos esconderlos en montañas de humo. Una prueba de que no queremos sufrir probablemente porque creemos que sufrir significa en esencia volver a rememorar (lo ya vivido) cuando en realidad es una oportunidad para superarlo de una vez en la vida presente. O quién sabe qué. A veces,  visualizo el tabaco como una bola negra que no vislumbra ni imagina tan siquiera un posible fin al sufrimiento. Al contrario, se regodea y se diría que goza con él como el nihilista que tiene el placer de contemplar el fin del mundo o la civilización sentado en primera fila. Y otras, como un generador de conciencia. Un excusa para hacer una pausa, detener el tiempo y la fiebre e imponer nuestro ritmo al capitalismo. Hacerlo saltar por los aires porque en el fondo autodestruirnos significa acabar con un consumidor, un posible esclavo más.

El tabaco, sí, me recuerda a uno de esos viejos discos de Miles Davis que se pegan a la piel como la humedad a la ropa mostrándonos el vértigo de lo cotidiano. El delirio de lo monótono. La velocidad de las pausas y el lenguaje de los pájaros. La cara oculta de los ídolos negros y las panteras. El tiempo mítico comiéndose al habitual en un par de compases. El brazo de la muerte extendiéndose a través de nuestras sonrisas. La sombra de los dioses persiguiendo su cuerpo y razón. Un puñado de cucarachas y hormigas empeñadas en demoler una casa. Decenas de cubitos de hielo en un vaso de ron sin cesar de repiquetear. Dos o tres señoras orinando en la orilla de una calle mientras la orquesta del pueblo continúa tocando. O un perro viejo besando a otro joven ante la atenta mirada de un gato. Porque, repito insistentemente, el tabaco como la música de Miles Davis es en esencia locura. Ya que, al igual que el blues y el jazz, en realidad se hizo para combatir la tristeza pero acabó propagándola y extendiéndola allí por donde fuera. Lo que paradójicamente hizo estallar de alegría y revolcarse a cientos de miles de personas. Jaurías de perros ladrando y moviendo el rabo y las piernas sin cesar contentos de poder reconocer su propia destrucción y desesperanza en unos ritmos y substancias feroces y febriles.

El tabaco, en cualquier caso, refleja perfectamente que los occidentales no hemos sabido hallar los instrumentos, construir los agujeros y medios para comunicarnos con el más allá. Y nos indica que es urgente emprender esta tarea. Cada una de las marcas de tabaco, además ataca una carencia personal que es colectiva y refleja anhelos metafísicos que el capitalismo intenta (falsamente) cubrir, suplantar. Lo pude comprobar cuando fumaba. Fortuna aludía a la necesidad de ser gente común. Ser socialmente aceptados. Marlboro, a la de ser triunfadores. Quien fumaba esa marca era un ganador o quería serlo sin muchos esfuerzos. El que saboreaba Chesterfield, solía desear algo con mucha intensidad. Con muchísima. Quien inoculaba el humo de un Lucky Stryke, lo hacía o bien porque se sentía rebelde o deseaba sentirse así. Con ganas de transgredir alguna norma y cierto ánimo adolescente. Y el que fumabaWiston, sabía ya, a estas alturas de su vida, que existía algo esencial para él, que nunca jamás podría conseguir. Algo muy íntimo que nunca podría reconstruir. Esperanza que no había perdido el que usualmente consumía  Camel. Quien, de todas maneras, sabía que no llegaría a conseguir lo ansiado fácilmente sino que debía armarse de paciencia y probablemente quererse más a sí mismo. Por supuesto que los que fumaban Nobel no aspiraban más que a ser funcionarios. No tenían sueños de grandeza y se conformaban con ser secundarios y ocupar un discreto lugar en su empresa o en su vida. Y quienes gastaban sus monedas en un Ducados, en realidad, tenían un muy bajo concepto de la vida y creo también que de sí mismos. No se valoraban como correspondía e interpretaban la existencia como si fueran mineros. Trabajadores mal pagados condenados a esfuerzos sin finalidad alguna, algún buen polvo de tanto en tanto y saborear una sangría durante la paella de los domingos en familia.

¿Qué más da en cualquier caso lo que yo diga? Encenderse un cigarillo significa encender la mecha de un explosivo. Ser un terrorista contra uno mismo. Un anarquista de la salud. Y también un activista por la libertad y el derecho de la expresión y a elegir la muerte. Una huelga de brazos caídos contra la esperanza. Y una prueba de que tal vez no sólo las mujeres, como decía Freud, tengan envidia del pene sino también los hombres. De que, somos, en esencia, bisexuales. Sentimos en la mayoría, una inmensa, necesidad de poder. Estamos dispuestos a chuparle el pene al capital casi veinte veces por día. O tenemos, en cualquier caso, añoranza de la tierra y la naturaleza, de ese pasto del que la civilización nos ha separado, empaquetándolo, al tiempo que nos encerraba en jaulas de hierro. Fumamos, sí, por neurosis. Porque vivimos en ciudades. Porque los males y complejos de nuestros antepasados se nos han pegado. Fumamos por desconfianza. Por lúcida desconfianza. Y también por sabiduría. El tabaco es eterno. Pero sólo sobrevivirá si (re)aprendemos su uso. Volvemos a utilizarlo como lo utilizaban los indígenas americanos. Si comprendemos de una vez que, obligándonos (o dándonos la libertad) de consumirlo como habitualmente lo hacemos en Occidente, lo que ha querido el capitalismo es destruir su valor sagrado. Su nombre secreto. Vencer a los hombres lúcidos. Contaminar a los inteligentes y disidentes -¿es una casualidad que  la mayoría de escritores fumen y sea casi un rasgo de distinción para el gremio entre lo anarco-cool y lo nihilista-esquizo-cool?- para que no dediquen mayores esfuerzos a diseñar o repensar otras sociedades (el tabaco eres tú y te recorre desde la garganta hasta el culo y los pies) alejadas del sistema. Introducirse en su ser y robarles parte del ocio y el dinero mientras construye las bombas y armas con las que invadirá otro país de África o Asia. De la misma Europa (Ucrania, Yugoslavia).

El tabaco es terminal y usual porque vivimos en una sociedad terminal basada en los (usos) y (abusos) de las almas. Dejarlo o no dejarlo no es la cuestión. Casi que es algo totalmente indiferente. El asunto es ¿cómo volver a darle el uso original, aquel para el que fue creado por Dios? Fumar no mata. Engorda el monstruo occidental. Hace más grande el cinismo y asesina el intelecto. Porque ese hábito a veces y un vicio la mayoría de ocasiones, separa el primer mundo del tercero y destroza el amor. O lo subvierte. ¿Se puede hablar del hambre de África con un cigarrillo en las manos?  ¿Es lícito y ético? Probablemente no. Y eso lo sabe bien el capitalismo que se apoya en él, nos lo da a probar, para continuar su senda de destrucción y aniquilación. Cuando contemplo imágenes de  la bomba atómica de Hirohima explotando, veo la radiografía del cuerpo de un fumador. Lo que ha hecho Occidente con nuestras vidas e intelecto. Darnos a probar la muerte diariamente. Los dioses americanos, sí, han sabido vengarse bien de las afrentas que cometimos allí. Lo repito. El día que le demos el mismo uso al tabaco que tuvo ancestralmente, habremos crecido. Vuelto a la semilla.  Madurado como seres humanos. Dejar de fumar, mientras tanto, no soluciona nada. Únicamente, lo saben bien los fumadores, alarga la agonía. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Puedes llevar un caballo al agua pero no puedes obligarlo a beber

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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