Hormiga

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Las hormigas acostumbran a caminar con un orden preciso. Casi como un ejército. Existe cierta rigidez en esta determinación que no permite distinguir si su acto es de obediencia ciega o solidaridad. Así sucede también con los seres humanos. Tienen hijos y aman y no se sabe si es por deber, costumbre o porque verdaderamente están celebrando un encuentro. La vida. Muchos niños han nacido de hecho por la intención de sus padres de hacer perdurar una herencia. Acaso una estirpe. No desperdiciar los bienes adquiridos durante generaciones. Algo que también ocurre con las hormigas. O al menos se sospecha cuando se las ve caminar en fila india. Ordenadas y disciplinadas. Casi marcialmente. Pero sin grandeza. Sin ese respeto que provocan las ropas de los guerreros solitarios. La sombra de los lunáticos destrozando la tierra que invaden. Existe cierta cobardía en las hormigas. Percibe uno demasiados anhelos de seguridad en ellas. Más que obreros preocupados por su sustento -que también- parecen estar luchando por el futuro. Reproducirse por una orden ajena a sus deseos. Desear perdurar aun a costa de perder su libertad. Sacrificar su voluntad al ritmo de la especie. La llamada del deber. Es difícil por ello que alguien las acaricie. Como a la mayoría de insectos. Incluso aquellos cuyos cánticos se perciben al alba o el anochecer transmiten cierta tristeza. Pues al revés de los animales, no parecen disfrutar con sus tareas. Ni mostrar alegría. Jamás.  Su danza y conciertos son laboriosos. Obligatorios. Puro karma. Casi un castigo ejecutado mecánicamente, buscando la redención de la naturaleza. Cuesta concebir de hecho un insecto riendo y llorando. Y en el caso de las hormigas se intuye que únicamente sonríen cuando comprueban que las despensas del hormiguero se encuentran llenas para sortear un invierno. Cuando estoicamente, cumplen sus objetivos. Su deber. Que en su caso, es placer inocuo. Vacío. Despojado de sentido. Un estado de ánimo estable desde que nacen hasta que mueren. El sueño de cualquier dios cruel y el deseo de todo Estado. Milenarios reinos chinos regidos con voz de hierro por emperadores vestidos con trajes de seda transparente.

No imagina uno a las hormigas disfrutando de un amanecer. Disolviéndose en la brisa del viento mientras transportan fragmentos de eucalipto. O meditando en soledad. Cerrando los ojos invocando fragmentos de la luna en su mente, silencios furiosos arrojados hacia sus ansias de orden, o serenos resplandores que invocan rostros humanos y existencias de otras vidas perdidas. Cuando contemplamos a una hormiga separada del resto, se sabe que alguna catástrofe ha ocurrido o que a escasa distancia aparecerán sus compañeras. Siempre tensas. Moviendo sus patas y antenas velozmente. Con una rigidez y esfuerzos que parecen delirantes. Una obstinación que provoca miedo. Casi aversión. E invoca maleficios semejantes a imaginar cómo serán sus orgías bajo la tierra, cuando cientos de ellas se agolpan en torno al estomago de la hormiga madre y mueren hacinadas unas contra otras tras expulsar una semilla de vida. Satisfechas no tanto de al fin haber conocido el placer, sino de haber cumplido su deber, y que el ritmo de la dicha se haya juntado con el de la muerte. Haber conocido el ojo de dios en forma de una vagina destructiva. Y ser castigadas por un tiempo pasajero, instantáneo y sin misericordia que no reparte premio alguno. Se carcajea de sus inexistentes penas y dichas, mientras devora sus antenas enterradas en el agua de una líbido tormentosa, obligando a las supervivientes y recién nacidas a trabajar y trabajar más y más para olvidar de dónde surgen y cuál será su ocaso. La línea recta sin fin. El discurrir monótono. O la hilera desdichada, la fila ordenada, agolpada sobre migajas mordidas con ahinco, cuyo único fin, sentido, es la búsqueda de protección. De amparo. Una sombra, un refugio en el que resguardarse para huir del espanto de haber nacido sin tener la más remota posibilidad de suicidarse. La desdicha de haber sido concebidas sin la libertad y capacidad de cumplir su único deseo: comerse una a una las patas y luego entregar el resto del cuerpo a las integrantes de su especie, gritando que se las ama, ante la total, absoluta indiferencia de todas ellas. Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

 Cuando el hombre sonríe, el mundo lo ama. Pero cuando ríe, lo teme

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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