La cara

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Si Édouard Levé estuviera vivo

En los últimos meses han muerto mi artista favorito de todos los tiempos, David Bowie, dos de los músicos que más amaba, Prince y Lemmy Kilmister, y la persona que más admiraba de la historia del fútbol, Johann Cruyff. Y también han nacido tres niños con los que, dentro de dos o tres décadas, conversaré en las proximidades de un monasterio budista y un conservatorio de música. Un pintor que me destrozará los ojos al contemplar del revés uno de sus lienzos, un humorista que hará crujir mi estómago y una muchacha que salvará de morir de hambre a dos vagabundos. Durante estos últimos tiempos, también me he peleado con mi casera a gritos, han hospitalizado a mi madre, he deseado la muerte a un artista manco y a otro tuerto, he ansiado que el mundo estallara varias veces, he perdido un juicio importante, casi trascendental, me he quedado mirando fijamente a un lagarto por varios minutos, he descubierto que personas que creía que eran honestas no lo eran tanto, he robado cacahuetes mirando con una sonrisa en los labios al joven adolescente que me cambiaba a su antojo los precios, he escuchado a personas que me contemplaban aparentemente con amor decir barbaridades de mí, he regalado flores a una mujer, he escupido imaginando que la saliva caía en el rostro de una anciana, me he visto absolutamente solo cuando iba a realizar una mudanza y nadie contestaba mis llamadas, he orinado en una botella de plástico de la cual no me atrevía a beber nunca, he soportado las bromas y albures y casi que miradas de desprecio de personas que acuden a reuniones espirituales, me he alegrado con el mal ajeno, he juzgado con encono a mis semejantes, he sido sometido a la indiferencia de presentar proyectos artísticos y que no se molesten en responderme ni tan siquiera con un no, he negado limosna con un violento silencio a personas necesitadas, he querido que me leyeran las líneas de la mano y que la adivinadora no dijera una sola palabra de verdad, he recibido cartas en que me confirmaban que mis títulos universitarios no serían homologados, me he preguntado qué sentirían los perros al follar, no he puntuado con justicia y manteniendo mis criterios a ciertos alumnos, he detectado chantajes psicológicos y a manipuladores, he llorado de dolor y abandono, me han dicho hasta luego sin excesivo cariño de centros universitarios donde trabajé con esmero y casi con fervor, he matado un insecto que se estaba ahogando en mi vaso de leche, me han cerrado las puertas de un torreón en cuya empalizada, entre gritos de odio y lanzas clavadas sobre la piel de los mastines, iba a presentarMartillo, tres editoriales a los que he enviado los mejores libros que he escrito hasta ahora en mi vida no contestaron mis mails, he mentido para ocultar engaños amorosos, he provocado que una mujer cometiera adulterio, no he aprendido a conducir mejor, no he podido votar en las elecciones generales de mi patria por las complicaciones con las que los gobiernos neoliberales se protegen del voto emigrante y además, he comprobado ya casi sin asombro cómo el partido político cruel y sádico que gobernó mi país durante los últimos años, fue el más votado.

Durante los últimos meses continúe recibiendo el látigo de la indiferencia de algún que otro escritor reconocido tal vez receloso de perder su lugar si mi cabeza traspasaba la alta valla marcada por la crítica, fui a un prostíbulo con la mirada perdida y a varias reuniones donde ya casi con actitud zen escuché los discursos de un abogado que supuestamente debía protegerme y orientarme y no ha hecho más que engañarme, hablé mal, casi con crueldad, de las camareras que me sirven en el restaurante donde habitualmente como, soñé que los mexicanos eran hormigas encerradas en un gigantesco palacio de chocolate, realicé alguna presentación de Martillo con no más de dos personas como público y otra en la que hice una pésima performance como actor, envié una carta destructiva a un gran amigo, fantaseé con contemplar en un espejo mi cabeza decapitada sobre la silla de un verdugo, volví a pasar otra navidad sin la compañía de mi madre y lo que resta de mi familia, conocí a un poeta loco fascinante en la playa, comí carne a escondidas, me desperté con dolor de oídos e hígado inquietantes, vi cómo el rostro se me llenaba de granos como el de un adolescente, cómo la mayoría de ocasiones en que intenté hacer deporte no pude hacerlo debido a la abrumadora lluvia, las tempestades de agua que caían en la tierra de pasto y viejas hojas verdes por la que suelo desplazarme, soñé que era un pato y nadie me entendía al hablar, tuve una cita sexual que a punto de llegar a su clímax no se concluyó, he sido despertado en mitad de reparadoras siestas por vendedores y también mordido por un perro al que gustosamente daba los restos de mi comida, he visto personas pelearse por una monedas, no he releído Los cantos de Maldoror, he continuado sin comprender las palabras de una antigua feminista, continúa sin gustarme el Ulises de Joyce, he sentido como una losa sobre mi rostro tanto mi egoísmo como el de los demás, he incumplido demasiadas veces las promesas que me había hecho a mí mismo, me he convertido en un torbellino de inseguridad, he destrozado dos ventanas haciéndome una herida profunda en la mano izquierda que, por alguna razón oscura, me jacto de que no haya cicatrizado todavía, he perdido el contacto con las personas más queridas e importantes que conocía en México, me he masturbado sobre las páginas de un ejemplar roto de Martillo, y hasta me he reído en voz alta.

En cualquier caso, no siento que la vida haya sido excesivamente injusta conmigo ni yo con ella.  Continúo respirando. No he pasado hambre. Estoy vivo. Río. A veces creo que me matarán y otras que me suicidaré. Y todavía hay peces en algún lago. Animales rabiosos en el bosque. Varios músicos honestos. Galápagos en el mar. Un muchacho follando por amor y un grupo de jóvenes por sexo. Y además, he leído todos los libros que he podido. Por lujuria y placer. Como quien se emborracha de comida en los banquetes. Destroza una vagina húmeda. O le muerde la boca al tiburón que yace sobre la arena a punto de morir. Por supuesto, he continuado escribiendo novelas y averías a mi ritmo. Disfrutando de que dios creara este mundo con locura. Para expandir el caos. Sin ley alguna. Y de la compañía de una puta rabiosa que encontré bajo las astillas de un barco naufragado. Una anciana que clamaba piedad en las calles de un barrio sucio donde corría perseguida por jóvenes que deseaban violarla. Someterla frente a la mirada desnuda de ángeles indiferentes e impotentes, a quienes he acostumbrado a secar las lágrimas durante estos últimos meses. Como si su dolor explicara el descontrol, sus risas, la muerte y sus alas fueran una pluma de cristal construida para acariciar la piel de los muertos y heridos, y conducirlos por los senderos que dios les tenía destinados y no los que su ego ansiaba. Que en mi caso, apenas sé ya cuáles son. Pues no suelo rezar. No acostumbro a suplicar por la paz de las personas que no conozco. Desear el bien ajeno. Tampoco  acostumbro a masturbarme. El karma del mar. Rascar mi pecho. O ladrar. Al menos, no lo hice durante los últimos días. Ni suelo tomar café, alimentar mis gatos, o buscar pelea. Rasgar las herraduras de los caballo grises, o luchar contra mastines en el sótano. O en las celdas. Y apenas, con esfuerzo, comprendo que debo seguir escribiendo para no morir mañana y cumplir con fe ciega mi misión en este mundo: beber agua, comer, asearme, dormir y volver a despertarme para asistir desde las balsas de madera, lo más cómodo posible, a la muerte lenta de las personas que me hicieron daño o bien observar con precisión sus ojos de satisfacción cuando lo haga yo. Shalam

مُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

Los cobardes acusan a la espada de no tener filo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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