La lotería en Babilonia

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Desde que leí el relato de Jorge Luis Borges “La lotería en Babilonia” una madrugada en que, por más esfuerzos que hacía, no conciliaba el sueño, no he podido olvidar muchas de sus frases. Probablemente porque es un cuento nacido para perdurar. Un relato que se leerá por siempre. No importa si es en El Cairo, Bombay o Estambul, en un café, un barco o una biblioteca. ¿Qué más da? El monólogo de quien decía haber sido procónsul, esclavo y haber experimentado la omnipotencia y también el oprobio y las cárceles, es de aquellos que queda para siempre fijado en el cerebro. ¿Cómo no recordar por ejemplo aquellos sorteos en que los barberos daban a los agraciados, monedas acuñadas de plata que, según el padre del narrador, fueron los principios de un juego, la lotería, que devino parte principal de la realidad de Babilonia? ¿Es posible no emocionarse rememorando aquellos disturbios, esas efusiones lamentables de sangre que consiguieron que la lotería fuera secreta, gratuita y general y todo hombre libre pudiera participar en los sorteos sagrados que se efectuaban en los laberintos del dios cada sesenta noches; o el momento en que se comprendió que si el azar podía dictar la muerte de alguien, las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o un siglo- también debían estar sujetas al azar? ¿Y es tan siquiera imaginable no rememorar las insinuaciones de aquel alfarero que creía que los sorteos de la lotería sólo influían en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba?

Según el narrador del relato, aquel que confesaba sin rubor haber falseado algún esplendor, alguna atrocidad y quizá, también, alguna misteriosa monotonía de la historia narrada, probablemente la lotería fuera omnipotente. Y, en este sentido, aceptar los errores del azar en el orden de los números, no significaba, en ningún caso, contradecirlo sino corroborarlo. Pero esta afirmación, acaso una aporía, por más que cubría un inmenso contingente de posibilidades (aspiraba, de hecho, a contenerlas todas), no sé si consigue hacerlo con aquello que me sucedió la pasada semana. Voy a explicarlo.

No suelo comprar décimos de la suerte. Sin embargo, los días previos a la conmemoración del nacimiento del Cristo adquirí uno aunque, debido a que no es una costumbre usual en mí, olvidé consultar cuáles habían sido los números premiados hasta hace unos días. La mañana del último miércoles, al abrir mi mesilla de noche buscando un tarot de Marsella que utilizo en ocasiones especiales, una carta, El colgado, se me cayó de las manos a un cestillo de mimbre donde guardo facturas, tarjetas de sanadores, escritores o exposiciones y, al ir a retirarla, encontré aquel boleto que había comprado. Obviamente, mi interés pasó a concentrarse en él. ¿Y si había ganado una cantidad importante de dinero y no lo sabía? Como habían transcurrido ya unas semanas del sorteo, fui precavido y miré en el dorso del décimo para cerciorarme de cuándo caducaba y cuál sería mi sorpresa al leer que el plazo había finalizado el día anterior. A partir de esa fecha, ya no se admitían reclamaciones, por lo que, aunque yo hubiera ganado millones, no podría disponer de ellos a no ser que abriera un complejo proceso legal que con casi total seguridad, perdería.

Se comprenderán, supongo, mis nervios y lo que realicé a continuación. Dirigirme hacia una sucursal donde podían consultarse los nombres de los cien premiados e ir mirando ansiosamente la lista de arriba abajo rezando, casi implorando que mi nombre no estuviera entre ellos. Leía los apellidos de aquellas personas como si fueran fuego y pudiera yo arder de reconocer el mío entre ellos. Mi corazón casi estallaba mientras gritaba improperios esperando no haber sido elegido para disfrutar de un dinero que no podría haber gozado jamás. Y cuando llegué al final del folio y sólo tras volver a cerciorarme de que no me encontraba entre los elegidos, grité con toda mi alma de alegría. Con júbilo, sí, y un alivio inmenso. Gozando, revolcándome en la alegría y casi que festejando con buen vino y pescado la buena nueva que estaba experimentando junto a los clientes que allí se encontraban, los mendigos que alzaban sus manos pidiendo ayuda en la puerta y los panaderos que me ofrecían algún dulce. Acaso dando la razón a aquellos moralistas de la gran Babilonia que pensaban que la posesión de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más directas. Como, por ejemplo, saber que no hemos sido elegido por la fortuna que, tal vez en este caso, -y acaso siempre-, comprendí en un instante de lucidez, hubiera sido sinónimo de desgracia e infortunio. De hecho, la mayoría de quienes consiguen el primer premio de un gran sorteo suelen suicidarse y acabar arruinados o esquizofrénicos, caminando solos y sin rumbo por las calles. Probablemente, cumpliendo los designios secretos que los sabios babilónicos que construyeron la lotería, habían en verdad predicho cuando, entre miles de personas, les concedieron la diabólica gratificación. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Quien monta un tigre corre el riesgo de no bajarse nunca

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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