La novia japonesa

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Fuerzas, ganas de vivir no sólo se extraen del amor sino del odio. No es raro que haya quienes piensen que dios y el diablo son dos caras de la misma moneda o hermanos gemelos. Los protagonistas, Feraud y D’Hubert de la novela El duelo de Joseph Conrad, experimentan a lo largo de varias décadas esta sensación. Extraen cada uno de ellos lo mejor de sí mismos, energías de donde no las tienen, para intentar vencer a su rival eterno. Más que la paz, es la rabia la que los guía y finalmente, les permite crecer, ser mejores, sobrevivir a los más escarpados parajes y contratiempos. Algo que también experimentan los griegos y troyanos en la Ilíada como, en cierto modo, lo hacen actualmente los rivales deportivos para los que el amor a los colores puede ser tan determinante para continuar esforzándose y triunfar como la animadversión hacia un enemigo (real o imaginario). Lo que viene a ser una demostración de que el afecto y el rencor pertenecen al mismo bando aunque luchen en campos y partes del tablero diferentes.


Hay una novia japonesa velando por mí durante las noches. Un espíritu que cuida porque no me suicide, acabe con esta existencia de una vez, deje de sufrir las hordas de estupideces que debo tragar -como tantos de mis semejantes- a diario y me regocije con las circunstancias buenas -que también las hay- de la vida cotidiana. Suelo hablar con ella antes de acostarme. Si es posible, lo hago con bastante frecuencia. Sus besos me envuelven con un halo refulgente que me permite dormir en paz. Hoy me preguntaba si merecía la pena vivir para volverla a ver. Hace mucho que no compartimos unas horas en persona y, obviamente, la respuesta era sí. Sólo por ello, tenía sentido continuar caminando a solas buscando trabajo por una ciudad que se abre y cierra a mi paso como una peligrosa mariposa dispuesta a succionar mi jugo en el momento más inesperado. Sin embargo, ante una nueva dificultad, un gesto de desprecio por parte de un ser humano con el que me he cruzado, he sentido ganas de acabar con la comedia. ¿Será por eso que tal vez la imagen de la novia japonesa se ha multiplicado varias veces en la pantalla cuando me he acostado?

¿Quién sabe? Lo cierto es que, a pesar de los besos y su mirada de ángel, de toda la energía que la novia japonesa me enviaba ayer, hoy, al despertar, sólo encontré un motivo para vivir: el odio. Vislumbrar los rostros de mis enemigos suspirando de alivio al saber que he expirado, me hacía resistir. De hecho, imaginarlos retirándose a un lado porque, a pesar de todos los obstáculos, finalmente había conseguido mis objetivos, era un resorte, casi un trampolín o un propulsor de inmensa fuerza que me empujaba a continuar. Tanto que creo que he comenzado a amamantar su rencor. Besar las sonrisas despectivas de aquellos que se alegrarían de mis fracasos. Pegarme como una sanguijuela o un esclavo vicioso a su desprecio. He empezado, sí, a querer y respetar su ira y rencor casi como si se tratara de un ingrediente sagrado y a no considerar su odio como algo absolutamente negativo, sino también como fuente y raíz de vida. Uno de los sentimientos que tuvo que originar dios (no en vano el dios Odio tiene un destacado lugar tanto en el santoral romano como egipcio) con el fin de disgregarse en legión y multiplicar el puzzle de la creación, permitiéndonos realizarnos en libertad y experimentar una existencia auténtica. Esto es: vivir amando, odiando o como lo deseemos, pero, al fin y al cabo, vivir y cumplir la misión para la cual fuimos concebidos que sin el odio, sí, sería imposible de llevar a cabo en su totalidad. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

La puerta mejor cerrada es aquella que puede dejarse abierta

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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