Locos

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Probablemente, gran parte de la insatisfacción contemporánea proceda de que tanto el hedonismo como la rebeldía se encuentran absolutamente controlados. Mediatizados. Como el espíritu de lucha. La mayoría de los grupos de rock y pop modernos están obsesionados con experimentar e innovar, enraizados en la neurosis y el lamento, o en la obtusa búsqueda de una expresión propia que desnaturaliza muchas de sus propuestas. Sus primeras intenciones y pasiones. Esa magia inhóspita que crea la espontaneidad, atrapada ahora en un mar revuelto. Entre la angustia de las influencias, el escepticismo y las descargas gratuitas. Todos esos condicionantes que han terminado por hacer parecerse a la vida a un dibujo de El Roto o a aquel disco clásico, The Wall, de Pink Floyd. Convirtiendo la pasión musical, en una mezcla entre una clase de matemáticas y un garbeo por el diccionario Larousse. Entre resolver un puzzle, rellenar un quiz de letras y aprenderse una discografía de memoria. Casi una invitación a la frustración. A contemplar una obra de teatro escrita por un adolescente enamorado. O un militar. Una puerta a sentir alergia al sexo y a la felicidad. Algo lógico, cuando se escuchan (o analizan) discos como quien escucha las cifras del paro. Y se los critica como quien desea alcanzar una cátedra en la Universidad o un puesto fijo en el periódico. Intentando traducir un riff de guitarra o un orgasmo en un aforismo. Un sueño en una redacción escolar. Y un berrido, en una frase ingeniosa. Pura domesticación y (casi que) manipulación social.

 

Sólo unos pocos se atreven a follarse a la música. Penetrarla hasta el fondo o faltarle al respeto. ¿Tienen miedo de las feministas o qué? Probablemente, a causa de la dictadura “blanda”, “sucia” o “dura” impuesta por la globalización. La de lo “políticamente correcto” que traducida al plano musical, no es sino la de lo “cool”. El poder de la MTV, mezclado con el fenómeno fan y la universidad musical. El intelecto comiéndose al instinto entre abusos comerciales. Ese amplio y sofisticado muro que sitúa a un lado a Television, Talking Heads y Miles Davis,  al otro, a Cabaret Voltaire, New Order y Animal Collective y en medio, a Lady Gaga, Beyoncé y Brian Adams. Por decir algo. Una senda de paredes decoradas con esmero, talento, artesanía, botellas de pachuli y ambigüedad, que sin embargo, obvia un componente esencial del arte: la locura.

Desconoce lo negro. O no se atreve a adentrarse en sus terrenos. David Lynch masturbándose frente a una estatua. El delirio. Pablo Picasso soñando que despierta en su mansión de París rodeado de minotauros. Su relación con las fuerzas oscuras. Aleister Crowley haciéndo un guiño a Alan Moore. Lo imprevisible y disforme. Salvador Dalí introduciendo su cabeza en una vagina de porcelana. Los goles. Hristo Stoichkov pegándole un pisotón a un árbitro y luego un escupitajo. Todo aquello que no es perfecto pero que gracias a la actitud y el sentimiento con los que está realizado, rebasa la técnica e inteligencia. H. P. Lovecraft colgado de opio. Traduce otra dimensión de la realidad en la que resulta absolutamente normal -además de familiar- que William Faulkner dibuje un eneagrama rojo en una vetusta mansión donde se escucha únicamente el piar de un pájaro herido. O en un callejón perdido, aparezca Ramón del Valle Inclán, desnudo, destrozando airado cientos de espejos, convertidos en vidrios entre los que aparece la imagen de Ozzy Osbourne mordiendo la cabeza de un murciélago. O una rata. Y también, la silueta de Jimi Hendrix quemando un crucifijo en un concierto, la de Tom Waits ladrando como un perro en la puerta de un castillo donde se ha enterado que se celebrará una orgía y la de Diego Armando Maradona sin cesar de meter goles con la mano. Haciendo latir las orgullosas gradas de una Bombonera en llamas porque cada domingo que juega Boca es carnaval. Al igual que todos los días en que alguien se pone una camiseta azul y oro y le falta al respeto a las autoridades y al poder. Y a sí mismo o al mundo. A lo que sea, con tal de vivir, respirar, aspirar un chorro de esa felicidad que aún puede proporcionar la vida si quebramos las reglas y encontramos un hueco en los profundos lagos donde respirar en que no importen la mirada ajena ni la propia: el mundo al revés pero al fin, el verdadero. El lindero en el que cada segundo puede ser el último. Como, en realidad, es. Tal y como dijo el Buda. O cientos de profetas bíblicos, clamando heridos entre tempestades y el fragor de la navegación, por recuperar la tierra prometida.

En fin, definitivamente, pienso que la depresión colectiva actual desaparecerá, cuando el arte vuelva a dar miedo. No esté asustado, como parece encontrarse ahora (casi como un poeta doméstico al recitar en público) ante un sin fin de censuras encubiertas o no. No intente sobrevivir, falsificando sus dotes y propiedades, cuando su objetivo es crear un abismo en llamas pleno de riesgo y fantasía. Destrozar la realidad. Y, en ningún caso, acomodarse a ella. Hacer comprender la grandeza que esconde una guerra. Morir en la batalla cubiertos de sangre.

En cualquier caso, si los seres humanos no comprendemos que el maremoto político y económico contemporáneo, es precisamente una gran oportunidad de convertir el mundo en una jauría de ideas y corrosivas obras de arte, no será sólo porque somos sumisos. Saló. Esclavos. 1984. O estamos lobotomizados. Un mundo feliz. Será porque estamos locos. Mucho más locos, sí, que Van Gogh cuando se cortó de un tajo la oreja, que John Waters cuando le sugirió a Divine que lamiese una mierda en la calle, o Joao César Monteiro cuando apareció en la gran pantalla, oliendo unas bragas de una hermosa muchacha morena, diciéndole al mundo con ese anárquico, goloso gesto, mucho más posiblemente de lo que éste se merece. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Cuando se reúnen los aduladores, el demonio sale a comer

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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