Los clásicos

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Alguien me pregunta qué es un clásico. Para mí, básicamente, es un recuerdo. Esto es; un texto que nunca termina (ni se termina). Sobrevuela la imaginación como una mariposa, plegando y desplegando continuamente sus alas. Pues se encuentra en su naturaleza formular nuevas preguntas, generar interrogantes. Hacernos otear el futuro rostro que tendrán los hijos de la Esfinge. Un libro perdurable es aquel que provoca nuevas dudas, habiendo respondido las que planteaba. Nunca traiciona un pacto, llega a su hora y atiende nuestros ruegos. Al preguntarle su nombre nos lo responde con exactitud. Como cuando le interrogamos por su fecha de nacimiento. Pero aún así, no nos parece suficiente lo que dice. Provocándonos cierto desasosiego precisamente porque cumple exactamente lo que promete. No miente. No huye. Es preciso y puntual al responder. Siempre respetuoso. Si por ejemplo le preguntamos si es tonto, nos responde afirmativamente si eso es verdaderamente lo que deseamos escuchar. Si lo menospreciamos, nos da la razón. Y si lo alabamos, también. Poniendo de manifiesto con su actitud la locura social. El delirio interpretativo. Creo que todos los clásicos le obligan a preguntarse al lector:¿Por qué estas páginas responden siempre a mis preguntas y a qué se debe que lo hagan con tanto respeto y exactitud? ¿Por qué son tan caballerosas estas líneas conmigo y me dicen todo aquello que anhelo saber y aceptan con tanta educación la crítica y cualquier insulto que les profiera? ¿Por qué me tratan tan bien? ¿Merezco yo en verdad ser tratado así?

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Según mi punto de vista, por tanto, los libros que perduran lo hacen porque generan inquietud a partir de un hecho inesperado: cumplir siempre exactamente todas las expectativas del lector. Plegarse a las exigencias de quienes se introducen en ellos. Mostrando nuevos límites y fronteras que no son tanto las contenidas en sus páginas sino las que deseaba encontrar el lector al sumergirse en ellas. Razón por la que supongo que se dice que todo gran libro construye nuevos lectores y formula nuevas preguntas. Básicamente, porque al responder con absoluta precisión todas las respuestas como un aplicado y servicial profesor, el libro termina por obligar al lector a hacerse este cuestionamiento: ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿No será que no nos encontramos en esta ciudad como este libro dice? ¿No será que en realidad están ocurriendo muchas cosas más y el libro las calla y no las sabe y no las desea decir? ¿No debería ser yo el que tendría que escribirlas dado que este libro probablemente no sería capaz de responderlas ya que lo único que hace es contestar con total exactitud las preguntas que le planteo y no es capaz de formular nuevas interrogantes que continuamente me surgen al tenerlo delante?

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No obstante, según mi perspectiva, el proceso no acaba aquí. Para que un libro sea perdurable es necesario el reencuentro. La repetición. Que el viejo lector vuelva a ponerse delante del texto tras haber hecho un largo (o corto) camino, y comience a interrogarle con las nuevas cuestiones que le han ido surgiendo durante sus viajes y el libro vuelva a responderlas con absoluta educación. Sea tan cumplidor como las primeras veces. Y siga sin mentirle. Si no conoce algo, le confirme con absoluta firmeza su desconocimiento. ¿Qué sabe al fin y al cabo Maquiavelo de física cuántica o qué nos puede sugerir Homero sobre Internet? Como si no desea aventurarse por un desfiladero. Y ahí radica lo esencial. En que a pesar de que el lector pueda tener muchos más conocimientos que el libro, haber evolucionado más y acaso encontrarse en un estado superior de conciencia, el texto nunca se rebelará frente a este hecho ni se lo negará. Continuará como la primera vez respondiendo educadamente a sus preguntas sin importar que esta actitud revele su absoluta ignorancia sobre los hechos del presente. Como si fuera un dócil criado de la época victoriana. Siendo capaz, como la primera vez, plegándose al estricto cumplimiento de los deseos de la persona que lo necesita y dándole la razón absolutamente en todo, de convocar el delirio. La locura. El caos. Concitar deseos en el lector de continuar caminando, recorriendo fronteras para resolver el enigma que la misma existencia del clásico plantea. Pues básicamente, el secreto de un libro perdurable más aún que en su mensaje, radica precisamente en el mero hecho de su existencia. Haber podido atravesar los siglos sin decir nada más que aquello que dijo por primera y única vez hace ya demasiado tiempo. Enunciando las mismas palabras cada día desde el alba al anochecer sin importarle el lugar o el interlocutor ante el que se encuentre o provocar cansancio o fatiga. Consiguiendo además que esta insistencia en la repitición, esta mecanización de la lengua termine provocando placer. Como si la lectura de un clásico fuera en gran medida la rememoración de un recuerdo agradable -tal vez el primer beso o el primer amor- y en cierto modo, esta evocación reviviera, resucitara, actualizara e inmortalizara -todo en uno- aquel instante haciéndolo eterno. Sagrado. Mitad divino y mitad humano. Shalam

إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

Es cierto que no te quiero tanto como cuando éramos novios ya que nunca me gustaron las mujeres casadas.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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