Primero sueño

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Ayer soñé con Jorge Herralde. Se encontraba sentado en una silla de tergal verde, con un rostro meditabundo y compasivo, junto a la cama de mi madre. Preocupado por la misteriosa enfermedad que la aquejaba, intentaba empatizar conmigo, mostrando, -eso sí, de manera reservada- compasión. Se le percibía preocupado. Deseoso de ayudar. Su faz denotaba honestidad y seriedad. Y puede que por ese motivo, decidiera dedicarme su tiempo. A lo largo de mi vida, apenas he enviado algún texto que otro a Concursos literarios. No sé bien porqué pero no es habitual en mí hacerlo. El único premio que, ilusamente, intenté ganar en una ocasión, fue precisamente el Premio Herralde de ensayo. Y si me decidí a enviar un manuscrito a Barcelona, no fue por una motivación interior inexcusable sino más bien porque un escritor reconocido me animó a hacerlo. En fin, Jorge Herralde, consciente de las preocupaciones que me embargaban por el estado de mi madre, me invitaba a acompañarle a un suntuoso salón acristalado donde, hoja por hoja, me mostraba las anotaciones que había realizado a mi ensayo que, en cualquier caso, no eran demasiadas pues sus ocupaciones no le habían permitido dedicarle el tiempo necesario. En realidad, su principal objeción aludía principalmente a la extensión. Le había sorprendido gratamente, eso sí, pero ni siquiera había considerado publicarlo porque no había sido yo capaz de sintetizar las ideas principales. De hecho, me indicaba que bastaba con la primera parte del ensayo, no eran necesarias las otras dos, para forjar un libro que pudiera de alguna forma llegar al público sin perder rigurosidad. Yo lo escuchaba atentamente pues no siempre se tiene la oportunidad de dialogar franca, sinceramente con un editor sobre un texto rechazado. Tomaba notas e intentaba ponerme en su lugar. Comprender las diferentes perspectivas desde las que el escritor y el editor valoran la escritura. Y desde luego que me sentía reconfortado. Y, sobre todo, inquieto porque no podía evitar preguntarme qué estaba haciendo exactamente Jorge Herralde en mi casa y cuál era la relación que lo unía con mi madre. ¿Habían ido juntos al colegio? ¿Se conocían desde la infancia? ¿Eran posiblemente amantes?

Llegados a un límite, me decía a mí mismo que porqué no aprovechar la ocasión y hablarle al prestigioso editor, de dos novelas mías, El jardinero y Ruido; las dos primeras partes de la trilogía del horror. Aunque me planteaba si actuando así, no estaría abusando de su confianza y a su vez, substrayendo a mi madre de su compañía. Sin embargo, y debido a que no poseía certeza alguna de si esta circunstancia volvería a repetirse, le preguntaba si podía hablarle de unas novelas que deseaba fervientemente publicar y ante su respuesta positiva, comenzaba a explicarle mi proyecto literario. Tratando de ser claro y preciso sin por ello dejar de mostrar osadía, entusiasmo y recalcar los hilos de tensión que estos libros contenían. Si bien al principio me costaba explicar con precisión los mimbres de la ruta literaria que estaba creando, con los minutos y la confianza, procedía a hacerlo con soltura. Hasta que finalmente percibía que Jorge Herralde no se encontraba tan atento a mis palabras como a mi figura. Esto es; estaba valorando si era yo vendible y exportable. Si mi persona podía incitar a la compra de mis novelas o más bien, provocar indiferencia. Me estaba examinando por tanto y el mero hecho de constatarlo me hacía sentir realmente mal. Tanto que decidía callarme aunque conforme lo hacía, no podía evitar pensar que el silencio me haría suspender ese examen improvisado, al tiempo que me preguntaba -ahora con mucha mayor insistencia que antes- cuál era la relación de ese exigente lector con mi madre.

Desde ese momento, se apoderaba de mí la inquietud porque conforme Jorge Herralde, con un rictus serio pero cariñoso, se dirigía de nuevo a la habitación de mi madre, yo comenzaba a torturarme, cuestionándome a mí mismo. Me preguntaba no sólo si había actuado éticamente bien sino si mi discurso había sido convincente. Eficaz. Había conseguido transmitir quién era yo realmente. Y a tanto llegaba mi preocupación que empezaba a dudar de que lo allí acontecido hubiera ocurrido. Pensaba incluso que podía formar parte de un sueño y dado que no me encontraba en absoluto seguro de ello, suplicaba que se repitieran de nuevo las situaciones allí vividas, como así lo hacían enredándose en un bucle constante de horas y horas en medio del que aparecía de nuevo Jorge Herralde custodiando a mi madre enferma, indicándome los aciertos y errores de mi ensayo y observándome fijamente cuando le hablaba del contenido de El jardinero y Ruido. Hasta que a la sexta o séptima vez que las escenas se repetían paso a paso, me despertaba pensando que esa era una de las peores pesadillas que había experimentado últimamente, puesto que además de tener la certeza de que el editor catalán jamás publicaría ni uno solo de los tomos de la trilogía del horror, una molesta voz me susurraba al oído insistentemente, las siguientes palabras: “¿estuviste atento al comportamiento de Jorge Herralde, la profesionalidad con la que repitió sus gestos y palabras una y otra vez frente a ti sin importarle cuantas veces tú se lo exigieras o lo necesitaras en tu sueño? Pues que se te meta en la cabeza que eso es el capitalismo. Esa es la dinámica del capitalismo. La dinámica del dinero y los negocios”. Shalam

إِذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ

 El agua del río no fluye en el agua del pozo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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