Run

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Ignoro cuál es la etimología del verbo to run. Y no me interesa tampoco saberla. Prefiero imaginarla. Acostumbro, por ejemplo, a establecer una simetría entre to run y las míticas runas de sabiduría y adivinación procedentes de las culturas nórdicas. Aunque, normalmente, esta forzada analogía se cae de mi mente cuando pienso que Odín alcanzó el conocimiento intuitivo y absoluto tras colgarse durante varios días de un árbol. Es decir, por hacer absolutamente lo contrario que quienes corren: descansar, reposar y convertirse en un agente pasivo.

No obstante, me gustaría pensar que debe existir cierta relación entre el correr y la sabiduría o con cualquier actividad que realicemos regularmente sin caer en obsesiones. Casi como un rito sagrado.

En mi caso, correr es un sustituto muy eficaz de la droga y probablemente, mucho más efectivo. Posee un efecto vigorizante muy parecido al que provoca el sexo y tan embriagante como la primera copa de alcohol. Normalmente, cuando enfrento problemas que parecen irresolubles, intento aguantar corriendo más de lo que habitualmente suelo hacerlo como si cuanto mayor fuera el grado de dolor sentido, más cerca estuviera de encontrar una solución. En esas circunstancias, es habitual que fuerce mi cuerpo hasta nuevos límites y, o bien corra más distancia de lo habitual o aumente mi velocidad, como un recordatorio de que aún puedo dar más de mí. Resulta, en verdad, alentador realizar esta actividad porque cuanto más tiendo a esforzarme, más pequeños suelo encontrar mis problemas. A veces parece, de hecho, que me he transformado en el gigante Gulliver y mis dolores han ido desapareciendo a medida que aumentaba mi estatura.

La idea es la siguiente: en vez de abandonarme y dejarme caer por un pozo de melancolía y dolor, estoy corriendo. Estoy luchando y fortaleciéndome. Y, de esta forma, si bien no me aseguro poder superar el problema que me atormenta y en ocasiones me hace desfallecer, sí que consigo algo realmente importante: encontrarme en la mejor de las disposiciones de mi parte para afrontarlo. Si he de morir, me digo, que no sea concediendo facilidades al enemigo. Tal vez pueda, sí despistarme, tropezarme o caer derrotado sin oposición pero mi conciencia estará tranquila. Al menos, luché. Hice lo que estaba en mi mano dentro de mis limitaciones.

Creo que esta es la razón por la que suelo correr: para estar mejor preparado en la vida y que si el cáncer traspasa finalmente mis arterias no sea sino tras una larga batalla. Habiéndose encontrado con un bravo enemigo.

Lo cierto es que me siento muy atraído por la autodestrucción. Ser poseído por buitres. Sentir cómo mi piel se agrieta y reblandece conforme contemplo los reflejos de lienzos de brujas en mi rostro. Pero correr es sumamente importante para mí porque me permite atravesar precipicios y, aun así, estar en contacto con la realidad. Mantener cierta distancia de seguridad con la locura.

Lo que para mi generación ha sido la cocaína, para mí ha sido correr. No profesionalmente, claro. Detesto ser profesional incluso al escribir. Necesito descubrir de tanto en tanto faltas ortográficas y erratas. Adoro la imperfección. El acento mal puesto. De hecho, entiendo que la literatura nunca desaparecerá no tanto por sus clásicos incontestables edificios sino porque es una manifestación muy lograda de los errores divinos. Los libros son gusanos que revolotean en torno a la barba de dios. No son tanto lo inservible sino lo equivocado. Un pastel podrido del que emergen decenas de lombrices sonrientes que generan rechazo pero, precisamente, gracias a la indiferencia y el enojo que provocan, consiguen resaltar. Abrirse paso.

La escritura es, en cierto modo, un virus. No aporta nada tangible a la sociedad y se empeña en mantenerse viva. Y correr es un auténtico delirio, ya que en un mundo lleno de enfermedades, accidentes e innumerables peligros, lo más sensato sería dejarse morir. Correr y escribir son, al fin y al cabo, intentos de negar la muerte. Imponerse al destino. Dos amplias metáforas de la tremenda inseguridad de toda existencia. De esa fragilidad consustancial a la vida que justifica el que para convertirse en sabios los grandes eremitas guardaran silencio y no realizaran movimiento alguno durante largo tiempo. Y que cuando corrieran lo hicieran sin el objetivo de ser los primeros o llegar a un sitio en concreto y cuando escribieran, lo hicieran en la arena con una ira casi proverbial. Shalam

 حِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

 Nadie ha sido nunca ahorcado con dinero en el bolsillo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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